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Sonó la alarma y Rosana hizo un enorme esfuerzo para abrir sus ojos. Tomó el teléfono. Lo vio cambiar de 6:00 a 6:01 y apagó el sonido de la muerte. No lo volvió a dejar en la mesa de luz. Se quedó mirando la pantalla, debatiéndose entre abrir la red social o dormir cinco minutos más. Volver a cerrar los ojos, dejar que el sueño haga lo suyo y olvidarse de que tenía que ser un adulto funcional durante los próximos cinco días de la semana, parecía tentador, pero la notificación de mensaje en dicha red social le ganó. Hizo clic y abrió el reel. Era uno bueno. Uno que le sacó una sonrisa y le puso los dientes azulados por el reflejo. Pasó otro video y otro más, siguiendo en ese estado automático hasta que la publicidad de una app para bloquear aplicaciones distractoras le recordó que era buena idea mirar la hora. El 6:45 se le metió como polvo en el ojo. Ya no iba a tener tiempo de desayunar, darse un baño, nada. Se vistió rápido, agarró el estuche donde solía poner su maquillaje y salió corriendo. Llegó para tomar la lata de sardinas que usaba de transporte justo cuando el último en la cola se subía. Pasó su tarjeta y se hizo paso hasta el fondo, se agarró al pasamanos del techo, sacó su teléfono móvil y volvió al feed. La molestia comenzó cuando el colectivo pasó por un bache. Era un cosquilleo en su dedo gordo del pie. Justo en la punta. Era la misma sensación de agarrar arena y dejarla caer lento por entre los dedos. Asumió que era un tema de circulación y no le dio mayor importancia. La sensación no se fue mientras estaba en el trabajo. Le fue subiendo por el pie, las piernas y, para el mediodía, no sentía que fuese capaz de levantarse, así que, cuando todos se fueron a almorzar, Rosana le pidió a su compañero de oficina que, al volver, le trajera un paquete de galletas. Este cerro la puerta y, ya sola, volvió a sacar su celular. Al menos la distracción barata le hacía olvidarse de sentir que tenía el cuerpo de un reloj de arena disolviéndose hacia abajo. Pasó esos 40 minutos mirando videos, dando corazones, compartiendo, desgranándose. Para cuando la hora del almuerzo terminó, de Rosana solo quedaba un montículo de arena y, coronando la montaña, la mano sosteniendo el teléfono, deslizando video tras video, hasta enterrarlo, activando el corazón de la aplicación.
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