El contenido a publicar debe seguir las normas de contenido caso contrario se procederá a eliminar y suspender la cuenta.
¿Quiénes pueden ver este post?
Para crear un post para suscriptores primero debes crear un plan
SE BUSCA
—Olivia —dijo Almílcar a la comisaria, pero esta seguía con los ojos clavados al celular. Amílcar apoyó el chop con fuerza delante de ella. Olivia lo miró—. ¿Vas a querer? —Señaló la jarra.
Olivia levantó el pulgar y volvió a bajar la mirada, sin notar al hombre que se acercaba a la barra.
—Disculpá.
Él también la ignoró a ella. El extraño le hablaba a Amílcar. Este levantó las cejas a modo de pregunta.
—Veo que tenés un escenario sin artista —El extraño levantó un estuche de guitarra.
—Hoy no puedo pagarte, pero podés volver el…
—Está bien —interrumpió el hombre—. Es más por amor al arte que por el dinero.
Amílcar lo observó secando un vaso con su repasador blanco. Se lo colgó al hombro y deslizó su mano en dirección al escenario.
—Todo tuyo.
El hombre le sonrió y fue al fondo del bar. Se colgó su guitarra, se paró frente al micrófono y lo encendió.
—Buenas noches. —El lugar no estaba lleno, pero lo importante no era la cantidad, sino la calidad. Y estos parecían de la mejor. Interrumpieron sus conversaciones y se concentraron en él. Era todo lo que necesitaba—. Mi nombre es Ertekin y quería compartirles mi música. Algo de mi propia autoría. Espero que les guste.
Ertekin sonrió, rasgó las cuerdas y cerró los ojos. La música y su voz se esparcieron por el espacio, llenando cada centímetro libre que encontraban. Debajo de las sillas, arriba de las mesas, en los espacios entre los muebles y la pared. Se le subía al público por la piel como miles de arañitas invisibles, entrando en cada oído, nariz y boca que encontrase mínimamente abierta.
Cuando Ertekin terminó de tocar, no se hizo ningún ruido. Ningún aplauso, comentario, ni siquiera un parpadeo, pero la sensación permanecía en el aire.
Era tal como tenía que ser.
Ertekin volvió a guardar su guitarra en el estuche y se lo colgó al hombro.
La primera mesa a la que fue estaba en una esquina oscura. El hombre, lleno de transpiración, tenía su mano en lo alto del muslo de la mujer. Esta se veía tensa más allá de su estado catatónico.
Parecía estar lidiando con bastante como para, encima, perder lo poco que debía tener en esa diminuta cartera.
Lo del hombre le parecía más atractivo. La billetera abultaba el bolsillo del abrigo. Algo raro de ver desde que volvió a las andanzas. Las billeteras se habían vuelto portatarjetas en esta época.
Llevarla así seguro era un mensaje de poder.
La vació.
La siguiente mesa tenía un hombre solo, con unas ojeras tan largas como su cara flaca. Se sentían las jornadas largas de trabajo en el aire que le salía de la nariz. A él le sacó su reloj.
Vació la caja registradora por costumbre nada más, pero los ojos se le iluminaron al ver una botella transparente con un líquido verdoso en la pared de atrás.
La sacó del estante y la sostuvo como quien ve a su bebé por primera vez. La abrió esperando sentir el aroma herbáceo y volver al monasterio donde… La desilusión fue como una bola de plomo en los pies. Al sacar la tapa no sintió perfume alguno. No era un Chartreuse real.
¿Que estas personas no tenían respeto por lo sagrado?
Rellenar una botella vacía con agua y colorante…
La tiró a la basura. Un lugar así no se merecía ni siquiera conocer el nombre de esa bebida de dioses.
Se sintió aún con más derecho de quedarse con los cigarrillos del hombre grandote del bar. Sacó uno del paquete y usó el que tenía Amílcar entre los dedos para encenderlo.
Inhaló y dio una vuelta para ver si había algo más que agregar a su colección cuando notó a Olivia.
Esa mujer tenía algo diferente.
No miraba al escenario como todos los demás. Sus ojos estaban fijos en la pantalla de ese aparato. Uno de los caros, parecía.
Se acercó despacio.
Era la primera vez que se encontraba con esta situación. Tal vez no hacía falta la mirada para paralizarlos. Nunca se lo había planteado porque, incluso cuando alguno no le prestara atención inmediatamente, su música nunca fallaba en atraerlos ni bien empezaba.
Levantó el brazo. Llevó la mano hacia el celular. Estaba ya a punto de pasar entre la cara de Olivia y el teléfono.
Olivia deslizó el dedo.
Ertekin le golpeó la cara al sobresaltarse.
Ella lo vio primero a él y, después, a toda la situación alrededor.
—¿Qué está pasando?
—Tranquila —Ertekin dio un paso atrás, empezando a descolgarse la guitarra del hombro—. Va a estar todo bien.
Olivia se llevó la mano a la oreja y tocó su aparato auditivo.
—Amílcar —ignoró lo que Ertekin le iba diciendo.
Pasó por encima de la barra y se acercó a él. No se movía. Miraba hacia el fondo del bar. Las personas en las mesas también. Solo ella y el extraño estaban bien.
—¿Qué les hiciste? —dijo, pero no esperó una respuesta—. Amílcar —repitió y chasqueó los dedos delante de su rostro.
Eso no era bueno para Ertekin.
Amílcar pestañeó varias veces.
—Olivia… —dijo desorientado, como si recién se despertara. Se tambaleó. Olivia lo agarró, pero él se apoyó en la barra para no caerle encima. Se tomó un momento y la miró de vuelta.
—¿Qué hacés de este lado? ¿Qué dijimos de…?
—Vos… —Olivia se giró para hablar al desconocido, pero ya no estaba y su teléfono tampoco.
Salió de atrás de la barra. Estaba a punto de llegar a la puerta cuando el sonido de la caja abriéndose y el “no” suave de Amílcar la hicieron detenerse.
—¿Vos hiciste esto? —preguntó a Olivia.
—¿De verdad me crees capaz? No digas pelotudeces. —Volvió a mirar a los clientes del bar y a la puerta. Resopló y fue a las mesas—. Ayudame acá.
Tocó con suavidad al primer comensal.
—¿Qué pasó? —preguntó Amílcar.
—No estoy segura —dijo, antes de empezar a hablar despacio a la persona que volvía en sí.
Nadie recordaba al músico. Hasta existió la sugerencia de que este era parte de la mente de la Olivia. Tal vez una mentira para encubrir al verdadero ladrón de la noche: ella.
Pero no podían probarlo y tampoco se animaban a poner una denuncia contra la comisaria.
Amílcar solo le creyó después de ver las grabaciones de las cámaras de seguridad de la calle y él mismo se encargó de solicitar las de su bar.
Tomó un par de días, pero pudo dar el alerta al resto de la provincia.
A 200 kilómetros de ahí, Ertekin despegó el cartel de un patrullero. No le preocupaba el “SE BUSCA” en letras gruesas sobre una foto de mala calidad de su cuerpo desde arriba, junto a un dibujo de su cara. Por el contrario. Se le formó una sonrisa pícara en el rostro. Despertar después de casi 400 años había valido la pena.
Se guardó el cartel en el bolsillo y siguió hasta la esquina. Tomó el picaporte, pero antes de entrar al nuevo bar, miró hacia arriba.
Ah, sí. Seguramente con una de esas sacaron esa foto pixelada.
Miró a la cámara. Sospechaba que esa muchachita iba a recibir esa nueva foto.
Sonrió y entró.
Ver más
Compartir
Creando imagen...
¿Estás seguro que quieres borrar este post?
Debes iniciar sesión o registrarte para comprar un plan