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El candidato
No es tristeza, ni siquiera el ardor de la bronca; es más bien el sedimento amargo de la decepción, el naufragio silencioso de la ilusión. Ha llegado la hora de bajar la guardia, de la resignación. La autocrítica y los balances solo tendrían sentido si hubiera un horizonte de revancha, pero hoy, solo existe un muro.
La puerta permanece cerrada. En la penumbra del cuarto, el tiempo se mide en las lentas volutas del cigarrillo, únicas criaturas capaces de romper la quietud. Afuera, el mundo sobrevive con sus voces remotas y la vehemencia de los neumáticos contra el asfalto ante el semáforo de la esquina; adentro, un silencio de plomo le oprime el pecho con la fuerza de una sentencia.
En su mente libran una batalla desigual el instinto de buscar porqués y la frágil tentación de rendirse al olvido. Sombras de culpables y mariscales de la derrota desfilan como espectros, pero se disipan pronto, temerosas de sostenerle la mirada a ese coronel que hoy habita su propio exilio.
Imagina, casi a su pesar, aquel otro salón: el resplandor de las luces, el estrépito de los brindis y la euforia que se descorcha entre burbujas de triunfo. Intenta apartar ese cáliz de su mente, pero las imágenes regresan como astillas que buscan perforarle el corazón.
Juega con una moneda, buscando un ancla en lo tangible, pero sus pensamientos tienen alas propias y huyen hacia el vacío. Busca refugio en la biblioteca, toma un volumen al azar y, tras sentir el peso inútil de las páginas, lo abandona en una esquina del escritorio, olvidándolo de inmediato.
Entonces, surge el impulso del papel. Se incorpora, enfrenta la frialdad de la pantalla y el cursor parpadea como un latido. Borra una palabra, escribe otra. De pronto, el cauce lo atrapa; un párrafo imperfecto pero voraz lo arrastra lejos de la derrota.
Escribe una carta a su madre. No sabe en qué rincón del alma nació aquel impulso, pero bajo el hechizo de las palabras, el universo se repliega. Las horas transcurren, la calle enmudece y las penumbras ya no albergan fantasmas entre las volutas. El mundo entero se condensa en el monitor, y letra tras letra, la rígida máscara del coronel comienza a desmoronarse.
Una lágrima se abre paso, recorre el surco de la mejilla y muere en una sonrisa que nace a contramano de la realidad. Sus dedos, transformados en una máquina del tiempo, lo devuelven a una infancia que huele a azahares. Siente, con una nitidez casi dolorosa, aquella mano que le desordenaba el pelo en un gesto de ternura que él siempre recibía con un refunfuño feliz.
Un punto y aparte lo devuelve al primer día de escuela, al guardapolvo blanco, a la mirada de la seño Betty y al primer izamiento de una bandera que entonces parecía infinita. Regresan las travesuras, los castigos que se curaban con un helado de lo de Don Luis, y el coronel recorre, sin brújula pero con paz, los instantes sagrados que lo trajeron hasta este aquí y a este ahora.
Sin razón aparente, frente a las ruinas de su ambición, se descubre dichoso. Todo encaja. El rompecabezas de su vida, tantas veces desarmado, por fin tiene sentido.
«Mañana será otro día», piensa, recuperando la gravedad del hombre que ha regresado de un largo viaje. La idea de las segundas oportunidades comienza a latir con una fuerza nueva. De reojo, alcanza a ver el libro que dejó olvidado en el borde de la mesa: El amor en los tiempos del cólera.
Sonríe, y termina su propio texto con aquel diálogo que guarda el secreto de la persistencia, su fragmento preferido de la historia de Florentino y Fermina:
—¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo? —le preguntó el capitán.
Y es entonces cuando el hombre que ha esperado toda una vida, el que sabe que el amor no conoce calendarios, le responde con la serenidad de los que ya no tienen nada que perder:
—Toda la vida.
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