Pozo de Vargas
Quizás muchos, como yo inclusive hace apenas un mes atrás, no sabía que allí funciona un ascensor que permite descender hasta una profundidad de algo más de 30 metros y que, diariamente utilizan las personas que allí trabajan, haciendo lo para mí es una gesta bastante heroica y mostrándonos cuál es la real lucha por los derechos Humanos.
La cuestión es que, y nada quizás sea casual, se decidió que fuera yo, junto a un ingeniero, en el primer descenso. Todo bien hasta los 26 m hasta que… sí! El ascensor se atascó y nos quedamos allí atrapados un buen rato, quizás 15 minutos, quizás una eternidad…
La historia, si quieren, termina con un ascenso por la escalera de seguridad, con el corazón a mil y unas largas letanías sobre el valor y el coraje… Arriba otra vez, bromas, risas nerviosas y fin.
Pero lo que realmente quiero contarles es acerca de esos 15 minutos eternos allá abajo. Allí estaba yo, a la misma profundidad a la que, 40 años atrás, quedaron sepultados tantos sueños. En la oscuridad casi total, que en nada se parece a aquella otra, al negro total de las almas que pergeñaron semejante… (no tengo el valor de pensar siquiera en la una palabra que describe semejante barbarie).
No me bastó, sólo con cerrar los ojos, para imaginarme cuerpos en caída libre (me convenzo que ya sin vida) y peor aún, la caída irredenta al peor de los infiernos de quienes lo decidieron. Pero mira que hay que ser monstruos para dejar a madres sin sus hijos y de esta manera… mira que hay que ser porquería para hacer germinar la idea de tamaño despropósito.
Con esta experiencia, casi fortuita (gracias, Alejandra) pude rascar tan sólo la superficie de un drama que, para gente tan común como vos y yo, es tan eterno como doloroso. Ya nunca más será gente común como vos y como yo…
Aún hoy, escribiendo estas líneas, me recorre un hormigueo por la espalda y se me pone la piel de gallina… Y siento que no es justo que lo haga sin, al menos, intentar una autocrítica.
Hoy, sentado frente al teclado, tomando un café y esperando que llegue la Nochebuena bajo este tórrido clima provinciano, caigo en cuenta que no puedo protestar sin avergonzarme, de puro lleno nomás; que no es decente brindar feliz, abrazar a mis hijos y besar a mi esposa sin dedicar, siquiera un segundo, a recordar que existe el Pozo, un hueco sin luz y sin alegría, que duele con un dolor que no cede.
Quince minutos no bastan y una eternidad no es suficiente. Madres a las que sólo les queda clamar por justicia y, en un acto de fe increíble cuelgan un cartel con el nombre del hijo que ya no verán; familias que no dejarán nunca de llorar, pero que tienen la fortaleza infinita de quien aún espera.
Aquel día estuve a la misma profundidad que estuvieron ellos. Yo, quince minutos, ellos una eternidad; yo volví a ver el sol, ellos, no. Ellos son, desde ese momento, mis hermanos, aunque suene sacrílego y atroz. En realidad, lo fueron siempre, como lo fueron de cada uno de nosotros, sólo que aquel día, desperté. Por fin, desperté.
Nunca más nuestras risas sonarán igual, nunca más serán iguales los colores de la vida ni los sonidos de las noches. Nunca más deberíamos dejar de asomarnos al Pozo, es una buena ventana a nuestra propia conciencia.
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