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José Pablo López

Escritura y literatura
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Entre bronces y ausencias (parte 2 de 2)

El secreto

Mientras el general Fonseca pasaba las noches reconstruyendo una y otra vez los últimos momentos de la Campaña de Consolidación, en los salones del Estado Mayor otros hombres habían aprendido a convivir con un secreto que jamás sería escrito en ningún informe oficial.

Degradado y apartado de sus antiguos camaradas, el general Fonseca escondía su vergüenza entre los legajos del Archivo General. Era la última deferencia que el Generalísimo había tenido con su apellido ilustre, un apellido que, a sus ojos, había caído en desgracia por su culpa.

Durante las primeras semanas alternó momentos de abatimiento y autocompasión con otros de furia incontenible, en los que lloraba de rabia y desesperación. Pero con el tiempo, la ira fue apagándose y dejó lugar a una convicción mucho más cruel: quizá nunca había estado a la altura del bronce familiar. Quizá el peso de su apellido había ocultado durante años una verdad que ahora resultaba imposible ignorar. No era el heredero de una estirpe gloriosa, sino un hombre mediocre que se había apropiado de una grandeza que nunca fue suya.

Un día simplemente se encontró clasificando archivos, respondiendo correspondencia y aprobando licencias y dispensas. Las horas comenzaron a transcurrir desapercibidas y, poco a poco, todo parecía quedar relegado a un pasado neblinoso al que nadie quería volver.

Hacia el final de un miércoles gris y tedioso como cualquier otro, cayó en sus manos un viejo mapa que le resultó familiar mientras revisaba el archivo de originales de Topografía para una tarea rutinaria de reclasificación.

Instintivamente, colocó el mapa sobre la mesa bajo una luz rasante y notó unas tenues marcas de presión de un lápiz sobre el papel. Alguien había escrito una hoja que estaba encima y la huella quedó grabada en la de abajo.

Años de instrucción lo llevaron a pasar suavemente un carboncillo. No podía creerlo. No podía significar lo que estaba pensando.

Justo entonces sonaron los dos golpecitos en la puerta con que su asistente le anunciaba el final de la jornada. Fonseca no respondió. Permanecía inmóvil, sosteniendo entre los dedos temblorosos aquella hoja amarillenta, como si necesitara varios segundos para comprender qué estaba viendo.

Era el mapa en el que había trabajado el general Fernández para definir la ruta de la ofensiva. Sobre el trazado original del "Sendero NW" se le superponía la anotación "Única opción segura".

Como un fogonazo recordó la tensa espera por aquel informe. Recordó también a Mansilla planificando el avance sobre los mapas con toda la información que, al menos entonces, creían disponible. ¿Había llegado ese mensaje a sus manos? ¿Lo había ignorado? ¿Había sido reemplazado por otro? ¿Nunca había salido de aquella oficina?

No podía saberlo.

Aquel documento no demostraba nada. Sin embargo, bastaba para quebrar una convicción que había permanecido intacta durante años. Por primera vez desde el final de la campaña dejó de preguntarse qué había hecho mal. Empezó a preguntarse qué era lo que nunca había llegado a saber.

Como todas las noches desde el regreso de la selva, permaneció largo rato acostado, proyectando sobre el cielorraso apenas iluminado por la luz blanquecina de la luna una película de mala calidad que nunca conseguía detener. Volvieron el calor, la humedad, la primera ráfaga de metralla proveniente de un lugar imposible. La sorpresa. Los mapas inútiles. Los pertrechos que se habían retrasado inexplicablemente. Los códigos incorrectos y los mensajeros que nunca llegaron a destino.

Pero aquella noche la memoria no se detuvo en la batalla. Siguió retrocediendo.

Regresó a la oficina del generalato. Los mapas desplegados sobre el enorme escritorio. Mansilla analizando informes y cuchicheando con Fernández en un extremo del salón. Las apariciones esporádicas del Generalísimo, recorriendo la sala como quien inspecciona a su tropa sin involucrarse jamás en una decisión.

Entonces recordó aquella extraña sensación de relajamiento que lo había asaltado en más de una ocasión. Se vio a sí mismo supervisando inquieto, preguntando, sugiriendo y convenciéndose de que todo marchaba según lo previsto. Cuando por fin todos se retiraban, con un bourbon en la mano contemplaba satisfecho su presente. No podía dejar de pensar en lo orgullosos que estarían su abuelo y su padre.

Miguelito había prevalecido sobre los hijos de las familias fundadoras. Le correspondería a él cerrar la Revolución. No Fernández. No Mansilla. Fonseca. Un Fonseca destinado a los libros de historia.

El alba, tantas veces piadosa, interrumpió una vez más el rosario de recuerdos que, por momentos, parecía ofrecer respuestas para luego enredarlo todo de nuevo. Pero aquella mañana Fonseca se levantó del camastro con otros bríos. La oficina ya no era un purgatorio. Era un centro de operaciones.

En ese nuevo amanecer había encontrado un propósito. Ya no quería reconstruir la derrota. Quería entenderla.

Sin embargo, fue otra noche de insomnio la que le devolvió una conversación trivial con el sargento Zelaya.

—Me acuerdo de ese mapa.

—¿Cuál?

—El del reconocimiento del sendero del noroeste.
Fonseca sintió un vuelco en el pecho.

—¿Qué recuerda?

—Muy poco. Solo que me hicieron llevarlo personalmente al despacho del general Fernández.

—¿Y después?

—Nada. Ni siquiera levantó la vista cuando se lo dejé sobre el escritorio.

No era mucho. En realidad, no era nada. Pero bastaba para que el documento encontrado en el archivero dejara de parecer una simple anomalía.

Así, entre recuerdos nocturnos y búsquedas diurnas, transcurrieron los años. Los veranos cálidos y húmedos dieron paso a inviernos destemplados, mientras el camastro y la oficina terminaban por convertirse en un universo donde solo existían Fonseca y su obsesión. Los dos golpes de su asistente, cada mañana y cada tarde, marcaban apenas el tránsito entre una vigilia y otra.

Durante semanas revisó una por una las actas del Estado Mayor. Allí estaban las reuniones preparatorias: la del 12 de marzo, la del 18, la del 22, la del 27... Faltaba una. Precisamente la que él recordaba con absoluta nitidez.

Aquella discusión con Fernández sobre la fecha del inicio de las hostilidades. Él insistía en esperar la luna nueva para avanzar protegido por la oscuridad. Fernández sostenía que el efecto sorpresa justificaba adelantar la ofensiva antes de que el enemigo pudiera reforzarse. Mansilla escuchaba en silencio. Los demás oficiales evitaban intervenir. Recordaba haber golpeado la mesa con la palma de la mano y ordenar:

—Dejen por escrito todo lo que se decida hoy.

Después pidió quedarse a solas. Cerró el archivador y permaneció largo rato inmóvil.

¿Y si nunca había existido esa acta? La duda lo acompañó varios días. Quizá su memoria comenzaba a traicionarlo. Quizá aquella reunión había ocurrido otro día. Quizá mezclaba recuerdos de jornadas distintas.

Hasta que una tarde, casi por azar, encontró una vieja agenda de su esposa entre unas cajas que llevaban años sin abrir. En la página correspondiente al Domingo de Pascua apenas había una línea escrita con su letra apurada: "Miguel otra vez no vino al almuerzo."

Fonseca cerró lentamente la agenda. No era una prueba. Solo confirmaba que aquel día él no había estado en casa. Regresó entonces a los archivos con otra mirada.

Las actas conservadas mencionaban reiteradamente anexos cartográficos."Se adjuntan mapas A, B y C". Pero en el sobre correspondiente solo encontró los mapas A y B.

El mapa C era, precisamente, el que correspondía al reconocimiento del sendero del noroeste. No podía demostrar que alguien lo hubiera retirado. Tampoco podía creer que fuera una simple casualidad.

Por primera vez desde el final de la campaña comprendió que la verdad no se escondía en un gran secreto, sino en una sucesión de pequeñas ausencias.

Las ausencias

El escritorio había dejado de ser un escritorio. Era un campo de batalla. Sobre la madera convivían el enorme mapa rescatado del depósito de rezagos con las marcas de carboncillo; la agenda de su esposa, abierta sobre una página marcada con resaltador amarillo; el libro de actas; copias de memorias militares; el despacho encontrado en el archivero y una hoja de papel celeste donde había escrito, con letras grandes, 29 de marzo. A un costado, un cuaderno reunía fechas, horarios, nombres y flechas que intentaban enlazar recuerdos con documentos.

Cada día permanecía horas contemplando aquel desorden como si, de tanto observarlo, las piezas terminaran por acomodarse solas. Estaba convencido de que faltaba un único eslabón. Uno solo. El suficiente para que aquella sucesión de indicios revelara, por fin, otra versión de los hechos.

Las noches eran otra cosa.

Mientras el sueño se negaba a llegar, repasaba una y otra vez cada instante de la campaña, intentando llenar los vacíos que la memoria había dejado abiertos durante años. Había noches en que todo parecía adquirir una lógica inesperada; otras, en cambio, en que los recuerdos volvían a dispersarse hasta convertirse en un murmullo incomprensible.

Era eso o la locura.

Con el tiempo dejó de buscar culpables para intentar comprender los intereses que se ocultaban detrás de cada decisión. Entonces contempló una posibilidad que durante años le había parecido absurda.

Fonseca no era solamente un general. Era un apellido.

Uno capaz de reunir voluntades en un ejército que comenzaba a mostrar signos de fatiga después de los años más brutales de la Revolución. Él mismo había escuchado, en más de una ocasión, elogios pronunciados en voz baja, insinuaciones cuidadosamente medidas, comentarios que lo invitaban a imaginar un tiempo distinto. Nunca les había concedido importancia. Ahora regresaban cargados de otro significado.

Pensó también en el comercio negro que prosperaba al amparo de la guerra, en los oficiales que amasaban fortunas silenciosas y en quienes utilizaban ese poder para alimentar ambiciones políticas.

La sola idea de sacrificar una campaña militar para preservar aquellos intereses le resultaba monstruosa. Pero cuanto más examinaba los documentos, menos necesaria le parecía una conspiración perfecta.

Bastaba un sistema.

Un sistema donde las ambiciones personales, las rivalidades, los silencios oportunos y las verdades incompletas terminaban confluyendo en una misma dirección. Después de la derrota, la Revolución necesitaba preservar una imagen de fortaleza. El relato oficial necesitaba una explicación sencilla. Un responsable. Un nombre.

Comprendió entonces que su caída había servido para mucho más que explicar un fracaso militar. Había protegido prestigios, preservado equilibrios y permitido que otros continuaran sus carreras sin cargar con el peso de la derrota.

Por primera vez dejó de preguntarse quién lo había traicionado. La pregunta ya era otra.

¿Cuánta sangre fue necesaria para imponer aquella versión?

Nunca sabría si su destino había comenzado a escribirse antes del primer disparo o si la derrota simplemente ofreció la oportunidad perfecta para quienes necesitaban reordenar los hechos.

Ya no importaba.

Comprendió que el verdadero castigo nunca había sido el Archivo.

El infierno real había consistido en convivir durante años con una culpa que tal vez nunca le perteneció por completo; en descubrir que las derrotas más profundas nacen de la decepción, de las lealtades quebradas y de esos silencios dolorosos pero convenientes.

Dejó de buscar respuestas. Ya no necesitaba comprender motivos ni reclamar una justicia que jamás llegaría.

Cerró lentamente el último expediente. Guardó el mapa. Dobló la hoja celeste. Apagó la lámpara. Solo entonces reparó en el campo que se extendía entre el cuartel y el muro exterior. Era el mismo de siempre, la misma llanura inmóvil, el mismo horizonte vacío que había contemplado el primer día de su destierro.

Entonces sonaron los dos suaves golpes en la puerta. Fonseca levantó la vista. La jornada había terminado.
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Entre bronces y ausencias (parte 1 de 2)

La culpa

Los días del general Miguel Andrés Fonseca transcurrían lánguidos y morosos aquel verano; horas calcadas, unas de otras, se descolgaban despreocupadas del viejo reloj de pared, bajo la silenciosa bandera raída y del inevitable retrato del Generalísimo Ovidio Lizárraga, líder de la Revolución.

Sus ojos, fatigados por atender tantas papeletas inútiles, buscaban refugio del otro lado de la ventana, a la espera de que algún absurdo rasgara la monotonía del extenso campo de tierra reseca y arbustos ralos que se extendía entre el cuartel y el muro exterior.
Pronto vendría su asistente, otrora orgulloso edecán, devenido enla involuntario compañero de destino, a avisarle que la cena estaba servida. Apenas un par de suaves golpes en la puerta bastaban para poner fin a su tediosa labor de oficinista, que lo narcotizaba unas horas solo para devolverlo al laberinto de interminables noches en vela, donde repasaba cada giro del destino.

Con la vista fija en el cielorraso, los sonidos apagados de la noche lo condujeron otra vez hacia aquella estirpe militar enraizada en el bronce desde los días del General Eusebio Fonseca, su abuelo, y engrandecida con su padre y sus tíos, cuyos nombres aún convocan al toque de clarín cada aniversario de sus caídas.

El sudor, como una segunda piel, lo adhiere al camastro donde la vigilia se hace eterna. Sin una brisa que alivie el calor, bajo la pálida luz de la luna, que lo contempla con desdén, soporta estoico el lento asedio de los recuerdos.

Se ve a sí mismo, no tantos años atrás, marchando orgulloso, con paso firme, el uniforme impecable y el pecho cubierto de medallas y condecoraciones. Al frente de su compañía, avanzaba hacia la Campaña de la Consolidación. Le habían confiado el honor de asestar el golpe final. Su apellido, cargado con el peso de una estirpe militar heredera de una tradición centenaria había inclinado la decisión por encima de otros generales más antiguos y experimentados. Nada podía interponerse entre él y la gloria. El legado familiar estaba en buenas manos. Para algunos, aquello había sido una afrenta difícil de olvidar.

La noche no le brindaba sosiego alguno. La humedad de la selva brotaba de cada poro de la pared, la oscuridad densa y hostil le oprimía el pecho, y el estruendo del río al precipitarse por la cascada le robaba el aire. Hubiera querido gritar, pedir auxilio, liberarse de la maldición que, con saña, consumía lo poco que le quedaba de cordura. Pero no le estaba permitido huir de su destino. Debía padecer, como un Sísifo moderno, reviviendo cada noche aquel infierno que había sellado su destino.
Intentaba comprender cómo podía haberse extraviado el despacho militar que le advertía de la presencia del enemigo agazapado en aquella quebrada. No entendía cómo podía un ejército irregular y en desbandada haber sido capaz de una ofensiva tan audaz y precisa. Mucho menos podía explicarse que nunca hubieran llegado los refuerzos solicitados, no una sino cinco veces esa noche, cuando ya toda resistencia parecía inútil.

Por fin, el alba se asomaba, lenta y tímidamente por el horizonte, rescatándolo, una vez más, del delirio interminable de la memoria. Dos cortos golpes del asistente, y otra vez, la rutina lo rescataría de perpetua letanía de lamentos y súplicas que provenían de las trincheras y lo encadenaban a la culpa que jamás expiaría. Pero esos mismos golpes lo devolverían, inevitablemente, al purgatorio de una oficina donde se ocultaría, entre documentos intrascendentes y firmas innecesarias, lejos de la ominosa verdad que lo retenía.

La quebrada

Apenas se cerraron las puertas del fuerte tras la partida de la Compañía del Monte, la vida del cuartel pareció olvidarlos de inmediato. Una campaña relámpago destinada a aniquilar el último foco rebelde despertó apenas algún comentario casual entre la oficialidad. El entusiasmo de Fonseca, convencido de que aquella victoria reverdecería los viejos laureles de su estirpe, contrastaba con la apatía generalizada.

El ritmo marcial de los primeros kilómetros dio paso muy pronto a la marcha relajada de la soldadesca, como si se dirigiera a una maniobra más. Solo Fonseca mantenía el rictus severo y la mirada fija en el camino mientras avanzaba, orgulloso, al frente de la columna. Mientras marchaba, no pudo evitar recordar la ausencia de Mansilla y Fernández en la formación de despedida. Le extrañó, aunque terminó por atribuirla a las viejas rivalidades del Estado Mayor. El silencio que había seguido al anuncio del Generalísimo tampoco le pareció entonces más que una muestra de la habitual frialdad del alto mando.

La preparación había comenzado un par de meses antes, en absoluto secreto. Con el objetivo definido, el Estado Mayor había compartimentado la planificación entre las distintas áreas. Inteligencia recopilaba información sobre los movimientos enemigos; Topografía reconocía el terreno y levantaba mapas de las densas áreas selváticas; Logística organizaba el abastecimiento, las comunicaciones y el desplazamiento de las tropas. Solo un reducido grupo conocía el verdadero alcance de la operación.

La prudencia era indispensable. El intenso comercio clandestino entre el territorio anexado por el Ejército Libertador y los dominios que comenzaban más allá de la selva y las altas cumbres del oeste convertía cualquier indiscreción en un riesgo potencial. Para el resto de la guarnición, ingenieros y topógrafos trabajaban, oficialmente, en el reconocimiento de futuras rutas destinadas a impulsar el comercio de la región.
El Generalísimo entregó personalmente a Fonseca la orden de operaciones. A partir de ese momento, toda solicitud de información o apoyo debía canalizarse por los conductos establecidos: Inteligencia, a cargo del general Mansilla; Topografía, bajo la responsabilidad del teniente coronel Fernández; y Logística y Comunicaciones, dirigida por el alférez Martínez. Era el procedimiento habitual y Fonseca no encontró motivo alguno para desconfiar.

Poco antes del atardecer, la compañía llegó al punto establecido para el último descanso antes de internarse en la selva. La última noche en el llano transcurrió entre guitarras, fogatas, conversaciones intrascendentes y chanzas propias de una tropa relajada y confiada. Solo en la tienda del general Fonseca se respiraba una tensión ajena al resto del campamento. Mientras los soldados se entregaban al descanso, él repasaba una y otra vez los mapas junto a los suboficiales Zelaya y Pereyra, revisando rutas, tiempos de marcha y posibles contingencias.

El sendero que se dirigía hacia el noroeste seguía pareciéndole la alternativa más conveniente. Era el itinerario más corto y, además, atravesaba un terreno de menor pendiente y con una cobertura vegetal menos densa. Incluso para sus limitados conocimientos de topografía, ofrecía mejores condiciones para mantener la cohesión de la columna y reducir el riesgo de una emboscada.

Fernández había coincidido inicialmente con esa apreciación. Sin embargo, cuando el plan definitivo llegó desde el Estado Mayor, el itinerario había sido modificado. El nuevo recorrido obligaba a internarse por una quebrada más estrecha y cubierta, una decisión que el jefe de Topografía justificó escuetamente aludiendo a información reciente suministrada por Inteligencia. Fonseca no insistió. Era razonable suponer que aquellos informes contenían datos a los que él no tenía acceso y que las decisiones adoptadas por el Estado Mayor respondían a una evaluación más amplia que la suya. Aceptó la modificación y continuó con los preparativos.
Ahora, bajo el intenso fuego enemigo que desde el mediodía los diezmaba sin misericordia, apenas protegidos por precarios parapetos naturales y con el barro aferrándose a sus botas, Fonseca intentaba comprender qué había fallado. Zelaya había sido de los primeros en caer bajo la metralla enemiga y Pereyra había desaparecido hacía horas entre el humo y el estruendo de la batalla.

Había seguido, sin hesitar, la estrategia convenida. No había dudado siquiera cuando, con las primeras luces del alba, el propio Fernández se acercó al campamento para entregarle la última versión del mapa y un cuaderno con anotaciones que, según sus palabras, contenían información vital. Bajo las balas que silbaban a su alrededor recordó aquel último abrazo, demasiado breve y vacío de convicción, y sintió por primera vez que algo no encajaba.

Desde las precarias trincheras, órdenes contradictorias se mezclaban con rezos y maldiciones. Los oficiales arengaban a la tropa, con la voz quebrada por el cansancio, asegurando que los refuerzos estaban por llegar. Tal vez ellos mismos necesitaban creerlo. El operador de radio insistía una y otra vez en la solicitud de apoyo. La respuesta era siempre la misma:

—No logro establecer contacto.

En los breves momentos en que el fuego enemigo concedía una pausa, el general Fonseca evaluaba la situación casi por reflejo. Reforzaba posiciones, reorganizaba hombres, retiraba heridos del frente y enviaba nuevos mensajeros hacia el puesto de comunicaciones. Pero una parte de su conciencia regresaba una y otra vez al compromiso asumido por Mansilla: los refuerzos estarían disponibles ante cualquier eventualidad. Recordaba también el informe confidencial que describía al último reducto rebelde como en estado de “extrema precariedad”.

Nada de aquello coincidía con lo que estaba ocurriendo.
La lluvia comenzó a caer nuevamente sobre la quebrada. La tarde se apagaba entre el barro, los gritos y el estruendo de los disparos.

Con las últimas luces del día, Fonseca comprendió que ya no esperaban una victoria. Apenas esperaban sobrevivir a la noche.
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La pérgola

Iván caminaba cabizbajo por la alameda, ajena a sus preocupaciones. Sus pasos lentos no lograban disimular el desasosiego que lo acompañaba desde hacía semanas, y su mirada ausente pasaba por alto los pequeños milagros que ocurrían a su alrededor: el temblor de las hojas bajo la brisa, el destello de un gorrión entre las ramas, la luz pálida del invierno filtrándose entre el follaje.

Demasiado hundido en sus pensamientos, avanzaba mientras el viento intentaba colarse por debajo de la bufanda. Su rostro, inmóvil, recibía sin resistencia los escasos rayos de sol. En sus ojos claros se adivinaba un cansancio más antiguo que el cuerpo, una fatiga que no provenía de los años sino de algo más difícil de nombrar.

Al fin, la realidad lo había alcanzado. Aquella mañana había recibido la noticia que venía temiendo desde hacía tiempo, y comprendió que ya no podía seguir refugiándose en la rutina.

Llegó hasta la pérgola y se dejó caer en el primer banco que encontró. Cerró los ojos y dejó escapar un largo suspiro, como si quisiera vaciarse de toda pena. A su alrededor el parque seguía viviendo: voces lejanas, risas dispersas, trinos intermitentes y, de vez en cuando, alguna bocina que llegaba amortiguada desde la avenida. Pero nada de eso conseguía atravesar el muro de sus pensamientos.

Con las manos apoyadas sobre el bastón que descansaba entre sus piernas, intentó rezar. Escarbó entre los recuerdos de la infancia en busca de alguna oración aprendida en el regazo de su madre, cuando la esperanza todavía parecía una fuerza natural. No encontró palabras. Finalmente se aferró a una súplica más simple, la única que le quedaba a un corazón cansado.

Entonces una lágrima comenzó a deslizarse por su mejilla.

En ella viajaba una certeza dolorosa: la de haber vivido demasiado tiempo corriendo hacia ninguna parte, atrapado en un torbellino de obligaciones, apuros y expectativas que lo habían alejado de sí mismo. Comprendió, con una claridad que lo estremeció, que tal vez no hay nada peor que transitar los días huyendo del silencio por miedo a escuchar lo que realmente somos.

Abrió los ojos de golpe.

Frente a él, una niña intentaba atrapar hojas secas que el viento levantaba como mariposas amarillas. Reía cada vez que una se le escapaba de las manos. Más allá, un hombre mayor compartía migas de pan con las palomas, y una pareja discutía en voz baja mientras se tomaba de la mano.

Iván observó la escena durante un largo rato.

Había pasado años esperando grandes acontecimientos, sin advertir la cantidad de pequeñas maravillas que ocurrían todos los días. Tal vez el arte de vivir no consistiera en alcanzar una meta definitiva, sino en aprender a mirar: en detenerse a tiempo, en abrazar sin apuro, en agradecer la presencia de quienes todavía permanecen a nuestro lado.

La lágrima terminó de caer.

Por primera vez en mucho tiempo, no intentó secarla.

Se quedó allí, bajo la pérgola, escuchando el viento entre los árboles y aceptando que quizá aún no era demasiado tarde para reconciliarse con la vida.
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El último silencio

Hacía ya varias horas que se había alejado del camino principal. Lo que al principio le había parecido una decisión acertada se revelaba ahora como la certeza de un error irremediable. Sin embargo, no se arrepentía: de nada le servía hacerlo. Más le valía concentrarse en dar un paso tras otro y avanzar a través de aquel pedregal estéril que parecía engullirlo con su quietud implacable.

El sol, impiadoso, vigilaba el páramo desde el cenit. Ni una brisa se animaba a desobedecer el mandato de la canícula, y un silencio espeso parecía anunciar un único desenlace posible.

El hombre se pasó el antebrazo por la frente sudorosa y, entrecerrando los ojos, recorrió el horizonte en busca de algún indicio de esperanza. De un espejismo, siquiera.

Pensó: «No debe haber nada peor que una vida inauténtica, una vida de suma cero. Un torrente inabarcable de pura nada, de absoluto vacío; de apuros y ansiedades por llegar rápido a ninguna parte, para no hacer nada y a un lugar donde nadie nos espera».

Consultó una vez más la brújula, más por instinto que en busca de orientación. Hacía rato que había abandonado la razón junto a la caramañola vacía y la había reemplazado por la obstinación, último reducto de lo que le quedaba de conciencia.

Regresar no era una opción. Cada paso en dirección contraria lo alejaría del único motivo por el que había emprendido el camino.

Con la boca reseca y la sien latiéndole acompasadamente, sentía la piel arder bajo la camisa. Intentaba hilvanar pensamientos racionales, pero casi de inmediato comenzaba a delirar. Murmuraba oraciones rescatadas, incomprensiblemente, de su niñez. A ratos canturreaba y, de pronto, se dejaba llevar por una risa incontrolable. A la decisión momentánea de sobrevivir le seguía la incoherencia persistente de abandonarse en jirones.

—No debe haber peor cosa que vivir sin riesgos, sin equivocaciones a la vuelta de la esquina, y descubrir un día cualquiera que ya no disfrutamos de las pequeñas maravillas escondidas, esperando ser encontradas en la noche menos pensada —se decía.

Despertó con la noche ya entrada. La cabeza le explotaba y era incapaz de incorporarse. Hasta abrir los ojos estaba más allá de sus fuerzas. Aguzó el oído, aunque tampoco podía confiar en él: le llegaba el sonido fresco y saltarín de un hilo de agua que corría no muy lejos.

Hizo un esfuerzo descomunal.

Un manantial.

Voces arrastradas por el viento Norte parecían acercarse, pero casi de inmediato se alejaban, indiferentes. Intentó recordar algún rezo aprendido en el regazo de su madre y que llevaba siglos olvidando.

Con la luna nueva en lo alto del firmamento, por fin llegaron. Lo encontraron aferrado a la vida por el último hilo de aliento. Lo alzaron con cuidado, lo acomodaron en la angarilla y lo trasladaron hasta el fondo de la quebrada. Anduvieron en silencio, como si temieran distraer a la muerte de sus otras obligaciones.

Cuando llegaron a la toldería, las miradas de los caminantes se encontraron con los rostros inmóviles de quienes los aguardaban al abrigo de fogatas que flameaban sin crepitar. Uno a uno se volvieron lentamente y siguieron con la vista a la comitiva.

Ni una voz, ni un ladrido, ni siquiera un crujido quebraron la inmensidad de la noche mientras atravesaban la estancia común. El silencio los seguía y fue el único testigo de la entrega.

La mujer permanecía de pie junto al menhir.

Lo descargaron con cuidado y se alejaron sin alzar la vista.

Apenas respiraba y, entre destellos de conciencia, presintió una calidez que parecía devolverle el pulso al cuerpo. El dolor cedía cuando ella lo miraba; los sentidos despertaban cuando lo rozaba; un perfume tenue lo envolvía cuando se inclinaba sobre él. Se dejaba hacer, como antes se había dejado cargar y, aunque aún no lo sabía, despertaría de un modo desconocido.

Perdió la cuenta de las salidas y puestas del sol que iluminaban la entrada de la caverna. Su única compañía era aquella mujer que le prodigaba cuidados en absoluto silencio. Lo alimentaba, calmaba su sed, lo aseaba y lo cubría con la misma naturalidad con que una madre cuida a un niño.

Cuando recuperó algo de fuerza intentó comunicarse. Preguntó, se inquietó e incluso ensayó fugas. Probó con palabras, señas y amenazas; se negó a comer y buscó cualquier resquicio para escapar. Una noche alcanzó la entrada de la caverna y creyó haber encontrado el sendero hacia la quebrada, pero al volver la vista ella seguía allí, inmóvil, observándolo con aquellos ojos claros que no expresaban ni reproche ni compasión. Entonces comprendió que no huía de un lugar, sino de algo que todavía no podía nombrar.

Finalmente llegó la noche de la Luna Clara. Ella le tomó la mano y salieron juntos.

El firmamento parecía celebrar su aparición: las Pléyades brillaban con una intensidad inusual y el resto de las estrellas titilaba como si participara de una fiesta antigua. Los habitantes de la comarca vestían trajes coloridos y los rostros severos habían sido reemplazados por máscaras festivas. Fogatas altas como cipreses ardían a lo largo del valle, y los niños corrían libres junto al río, que reflejaba la noche de todos los tiempos.

Y, sin embargo, algo lo inquietaba.

Había un detalle que, como una premonición, lo mantenía desconfiado.

Cuando comprendió de qué se trataba, supo que ya no importaba.

No oía nada.

No era que las fogatas hubieran dejado de crepitar. No era que el río se hubiera detenido ni que el viento hubiese cesado. Todo seguía allí, delante de él. Veía las llamas elevarse hacia el cielo, veía a los niños correr, veía las máscaras danzar bajo las estrellas.

Pero no oía nada.

El mundo entero se movía detrás de un cristal invisible.

Entonces el silencio lo invadió.

Se le metió en los huesos, le llenó los ojos y le cerró la boca. Descendía desde el cielo, revoloteaba entre los árboles y se escurría bajo sus pies. Le arrebataba el mundo y lo aislaba.

Comenzaron a desdibujarse nombres, amores y caminos; a borrarse triunfos, derrotas y cicatrices; a desprenderse sonrisas y voces.

Quiso aferrarse a un último recuerdo: al agua fresca corriendo entre las piedras, al rumor saltarín que había escuchado, a aquel manantial.

Y cuando finalmente no quedó nada por olvidar, se dejó caer en él como quien regresa a casa.

El silencio sería su mortaja.
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El Jardín de los Ecos

Anoche soñé que soñaba.

Y en el fondo más hondo de aquel sueño, mientras la noche respiraba como un animal dormido, sentí que despertaba.

Caminaba por un sendero que se perdía más allá del horizonte, un camino sinuoso entre bosques donde los árboles murmuraban secretos antiguos y las luciérnagas quedaban suspendidas en el aire como pequeñas almas encendidas. A veces me envolvían trinos de pájaros invisibles y una brisa fresca me rozaba la frente con la delicadeza de una mano conocida. Otras veces el silencio se volvía tan espeso que podía escuchar el roce de mi propia sombra sobre la tierra.

Mientras avanzaba, sumido en pensamientos que no eran del todo míos, me crucé con hombres y mujeres vestidos con ropas demasiado limpias para un camino de herradura. Caminaban en fila, mirando siempre hacia donde miraban todos. Cuando uno se detenía, todos se detenían; cuando uno reía, los otros repetían la risa, como un eco obediente. Ninguno parecía preguntarse adónde iba. Y, sin embargo, avanzaban con la seguridad de quien confunde costumbre con verdad. Al pasar junto a ellos, los árboles dejaron de murmurar y el bosque pareció contener la respiración.

Más adelante, en un claro donde el viento apenas se atrevía a entrar, encontré a personas sentadas alrededor de un estanque inmóvil. El agua era tan quieta que reflejaba el cielo sin una sola arruga. Algunos llevaban pequeños espejos colgados del cuello, pero los mantenían vueltos hacia el pecho, como si temieran su reflejo. Hablaban en voz baja y evitaban mirarse a los ojos. Permanecían allí desde hacía tanto tiempo que sus huellas se habían convertido en raíces. Sentí una tristeza difícil de explicar, la tristeza de las cosas que nunca llegan a suceder.

Seguí caminando y la senda comenzó a cubrirse de bruma. Entonces escuché lamentos que parecían venir de debajo de la tierra. Al borde del camino descubrí un pozo angosto. Del interior subía un olor agrio, mezcla de agua estancada y flores marchitas. No pude distinguir los rostros de quienes estaban allí abajo; solo veía bocas que se movían sin descanso. Cuanto más hablaban, más se hundían en la oscuridad, como si las palabras pesaran. Intenté tenderles la mano, pero el pozo era más profundo de lo que parecía y comprendí que algunas voces terminan convirtiéndose en su propia celda.

La noche continuó abriéndose ante mí como un libro escrito en una lengua olvidada. Caminé durante un tiempo imposible de medir, hasta que el cielo comenzó a desteñirse como una acuarela mojada y el primer resplandor del alba se filtró entre las ramas.

Fue entonces cuando encontré a un grupo reunido junto a una fogata. Me invitaron a compartir su pan y su vino. Apenas me senté entre ellos, tuve la extraña sensación de reconocerlos desde siempre. Sus ropas eran distintas unas de otras y sus manos llevaban cicatrices de trabajos y derrotas, pero hablaban con una franqueza que desarmaba cualquier desconfianza. Reían sin estridencias, como quien todavía conserva intacta una parte de la infancia, y cuando uno contaba una pena los demás hacían lugar para escucharla.

Nadie parecía tener demasiado, y sin embargo el pan alcanzaba para todos.

Permanecí con ellos hasta que el cielo se volvió completamente azul. Entonces alguien apoyó una mano sobre mi hombro y el bosque entero comenzó a inclinarse lentamente, como si el mundo fuese apenas un barco dormido sobre un mar inmenso.

Desperté.

Todavía abrazado a la almohada, sentí en la espalda el roce áspero de las ramas y en la respiración el perfume húmedo de la tierra después de la lluvia. La habitación estaba en silencio, pero un eco lejano persistía dentro de mí, como si una parte del sueño se negara a despertar.

Y aún hoy no sé si soñé que soñaba o si, durante unas pocas horas, los elfos traviesos que se esconden entre las grietas de la madrugada me llevaron de paseo al Jardín de los Ecos.
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Mundo Rufus (novela corta)

Lo que sigue es la historia de un héroe, cuyo nombre sobrevivió al impiadoso paso de los tiempos y aún se menciona, entre murmullos esperanzados, con la vista en el firmamento y los puños cerrados con fuerza, como quien atesora una medalla o lo que queda de esperanza. Lo que sigue fue rescatado de los manuscritos que sobrevivieron al fuego, al odio ya los designios de dioses extraviados entre los muros de las ruinas de Anvahar:

PARTE I. LA PROMESA
El tesoro del sembrador
Las fecundas praderas de Monser, en el límite occidental del condado de las Tierras Bajas eran las principales productoras de grano de todo el hemisferio boreal, generando las riquezas genuinas que hacían de Rizmuz el más poderoso reino del continente. Miles de parcelas se extendían armónicamente desordenadas desde las Montañas Doradas, cuna de soles y dioses hasta el Mar Exterior, devorador de estrellas y fecundo engendrador de piratas que asolaban la región esporádicamente en busca de alimento y esclavos, lo que obligaba a los colonos a huir a las montañas o al fuerte que se alzaba en la ensenada. En uno de aquellos terrenos vivían Rufus y Naleeh, una pareja de jóvenes y fuertes trabajadores que sembraban incansablemente cebada y trigo en los campos de día e hilaban sueños en la tibieza de su lecho cada noche. Vivían ensimismados en su labor y miraban cada uno por los ojos del otro. Rufus, un gigante con músculos fuertes delineados por horas de férrea labor en el sembradío había sido tentado en varias ocasiones por el ejército que estaba siempre al pendiente de incorporar reclutas que prefirieran un empleo mejor pagado y reconocido, pero más solitario y gris como soldado de frontera. El sembrador tenía otros planes para sus días presentes y futuros, los primeros olían a hogar donde se confundían los aromas de caldo caliente, pan amasado y cera consumida con el perfume a lavanda que parecía nacer de la fresca piel de su mujer: nada en el mundo valía más que la hermosa desnudez que recompensaba con creces su pobre salario; los días futuros, por otro lado, estaba habitado por risas de niños, que a horcajadas de juegos y saltos se convertirían, con el paso de los años, en personas de bien y felices que hincharían de orgullo el corazón ya avejentado de sus padres. Naleeh era la mujer más hermosa que hubieran visto los hombres del lugar; sus ojos claros y sus largos cabellos rubios adornaban una figura contorneada que, sin ser delgada, armonizaba en movimientos delicados y etéreos; su voz era dulce y cantarina y su corazón amable y afectuoso hacían de ella la más popular de las campesinas. Enamorada de su esposo, compartía anhelos y desvelos: necesitaba casi nada para levantarse feliz cada mañana y acostarse satisfecha, cada noche.
Aquella felicidad no estaba hecha únicamente de armonía. Rufus olvidaba cerrar el gallinero y Naleeh se negaba a fingir que el pan quemado era comestible; discutían por el precio de la sal, por las horas que él regalaba a un vecino y por la costumbre de ella de prometer parte de la cosecha antes de contar los sacos. A veces se acostaban de espaldas. A la mañana siguiente uno encendía el fuego y el otro acercaba la olla, sin convertir la reconciliación en ceremonia.
Naleeh llevaba las cuentas de la parcela. Sabía qué familia necesitaría grano antes del invierno, cuánto podía exigir el recaudador y qué soldado del fuerte aceptaba una gallina para mirar hacia otro lado. Rufus confiaba en la tierra; ella, en los nombres y en las deudas. Entre ambos sostenían una vida pequeña, trabajosa y suficiente.
Las horas marcaban el ritmo laborioso de las cosechas y los días recortaban incansablemente el almanaque. Las constelaciones transitaban en el firmamento señalando la alternancia de las estaciones y las bendiciones de cada Año Nuevo renovaban las esperanzas y sepultaban las disputas. Nada parecía poder alterar el orden y la tranquilidad con que la amable cotidianeidad discurría en la comarca. Y sin embargo, nada es para siempre y la felicidad concreta de hoy alimenta, indefectiblemente, padecimientos de un mañana incierto: bastaba solamente con que algún dios menor, arbitrario como todos los dioses e intolerante como todo segundón, mirara en esta dirección y decidiera, caprichosamente que debía compensar con dolor tanta felicidad a cuenta. Así, un día nefasto, que se recordaría para siempre como el Día del sol negro, ese futuro amigable y cálido se hizo añicos al son de los cuernos de guerra que los piratas hicieron sonar al despuntar el alba y solo callaron cuando los campos estuvieron teñidos de sangre, arrasados y quemados de raíz, cuando los hombres fueron asesinados o esclavizados y las mujeres ultrajadas y abandonadas como desperdicio. Al grito de ¡Melquíades vive! llegaron y, embriagados de alcohol y locura, regresaron, al cabo de tres días, a sus barcos que los esperaban para cargar trigo y esclavos que les aseguraba un invierno acomodado en una de las Islas Prohibidas, al abrigo del frío y de la justicia. De nada sirvieron los soldados del fuerte que, superados en número, decisión y ferocidad, apenas consiguieron ofrendar su vida por su rey y sus familias, vidas que fueron segadas con la velocidad de un rayo y la violencia del trueno.
Rufus fue su prisionero más valioso, con su contextura y fortaleza sería vendido a un precio varias veces superior a la media y aunque se llevó la vida de varios piratas, finalmente fue reducido y alejado de su hermosa y tan amada esposa, su único tesoro. Naleeh, cuya belleza la preservó de las violaciones masivas, fue reclamada por el jefe de los bárbaros, quien reconoció el gran valor de aquella mujer, “una perla en medio del estiércol” fueron sus palabras.
Aquella mañana Rufus y Naleeh compartían el que sería su último desayuno, ajeno al destino aciago que les esperaba en apenas unas pocas horas conversaban despreocupados acerca de la espesa niebla que se había instalado sobre el mar: no sería un buen día para los pescadores de suram, definitivamente. Ese diálogo se repetía, sin dudas, en cada una de las cabañas de la aldea: una mala temporada de pesca solía compensarse con una cosecha abundante y les tocaría a los campesinos compensar a los marineros: hoy por ti, mañana por mí, era el lema comunitario. Hasta ese momento nada más grave parecía cernirse en la apacible campiña y sin embargo…
De pronto Rufus y Naleeh, como el resto de los aldeanos, interrumpieron su desayuno por el estrépito funesto de acero contra acero. En el fuerte, en la cabecera de la playa, se estaba librando una desigual batalla decidida de antemano por aquel dios que, seguramente, estaría aplaudiendo entusiasmado. Cuando los soldados quisieron reaccionar fue demasiado tarde: la niebla había impedido alertar su llegada a los vigías de las torretas y el resto del ejército fue masacrado prácticamente sin las botas puestas. Y luego, la aldea entera siguió la misma e infausta suerte. Rufus y Naleeh fueron subidos a distintas naos, con destinos diferentes y con el paso de los días les fue ganando la certeza que ya no volverían a verse en esta vida. La certeza se fue transformando en resignación a medida que los días pasaban y las tormentosas leguas marinas se convirtieron en interminables caminos en el interior de algún continente desconocido y hostil.
Rufus fue esclavizado durante cinco años en una hacienda de musmus, cuyos amos pertenecían a una extraña raza de hombres platinados y correosos que hablaban en un idioma sin vocales, inentendible para el sembrador, que no pasaba un solo día sin recibir un duro castigo, tal vez por no aprender su nuevo oficio o quizás por pura diversión de sus amos; tampoco pasaba ni una sola noche sin soñar con Naleeh, consumiéndose en el agrio veneno de la impotencia y sujetando fuertemente su medalla de compromiso: último cabo que lo mantenía unido a la cordura. Luego, aparentemente al agotar su suerte como divertimento de los hacendados fue vendido como galeote, nuevo destino en el que no cesaron los castigos ni los insomnios durante tres largos y duros años, bronceando y curtiendo su piel bajo los soles salados e impenitentes mientras su corazón se endurecía al ritmo del tam-tam que marcaba el movimiento de los desdichados. Finalmente fue subastado en un puerto que se alzaba en algún lugar de un mundo que ya carecía de sentido para quien había perdido toda esperanza y se balanceaba peligrosamente en la delgada línea que separaba la cordura de la locura. Comenzaron los años más difíciles en la vida de Rufus, los azotes mutaron a más horas de pico y pala en los inhóspitos campos de sal y el cansancio extremo transformaba las noches volviéndolas más cortas y menos reparadoras, pero lo peor era que le robaban sus horas con Naleeh, con el recuerdo de Naleeh, con el recuerdo de su único tesoro; cada vez tenía menos fuerzas para aferrarse a la medalla y a la misma vida.
Sin embargo, la misma vida suele desenredar inesperadamente y de una manera increíblemente simple los nudos que fue trenzando paciente e indolentemente durante años: una revuelta de esclavos de los campos de sal, una huida con algo de suerte y la determinación de volver a creer dieron finalmente sus frutos y Rufus terminó su décimo año de esclavitud en la lejana y majestuosa Aretha. La llamaban la ciudad de los minaretes de oro y era, realmente una obra de arte en cuyas callejuelas angostas y coloridas pululaban una extraña raza de seres bajos, de tez blanquecina y gestos amables, que le abrieron sus puertas sin preguntas. Rufus, con su gran porte, resultaba un gigante para los citadinos y gracias a su predisposición al trabajo duro, rápidamente progresó y encontró algo de calma y sosiego. Así el exesclavo recuperó sus noches, sus sueños y sus fuerzas para volver a creer en la tibieza de una piel que continuaba percibiendo pegada a la suya; poco a poco volvía a sentir la involuntaria pero pertinaz certeza de que volvería a disfrutar de su tesoro, que le fuera arrebatado violentamente hacía tanto tiempo y cuyo recuerdo se tornaba cada vez más vívido y cercano.
En algún otro rincón del mundo Naleeh había recalado y, ajena a las desventuras de su esposo, tejía las suyas propias y si bien se mantuvo lejos del látigo y maltrato físico, fueron otras sus penurias y los colores de su dolor. La misma cara de la moneda había caído para ambos, aunque los tahúres y la geografía hayan sido tan diferentes. Naleeh fue expuesta por su bárbaro captor en cada puerto y en noches donde el licor y el desenfreno corrían sin medida, la Joya del Oeste era sometida a una sórdida puja en la que príncipes de los más diversos rincones del mundo conocido ofrecían fortunas en joyas y monedas de oro para yacer con ella. Y precisamente esas celebraciones llegaron a oídos de TurJan, el mayor jefe del temido clan de los Rei-Mel, quien excitado por las inquietantes noticias que llegaron a su corte no demoró en convocar a su palacio al pirata y su joya exquisita. La noche del encuentro pactado, TurJan quedó tan fuertemente impresionado por la belleza de Naleeh que decidió que ella era la elegida.
“Llegará de tierras lejanas
bella y mancillada
la llave de la Era Dorada”
Así recitaba el salmo escrito en el granito de la piedra fundacional de su reino y que databa de épocas anteriores al abuelo de su abuelo, cuando una tribu nómade y maldita se había asentado en estas tierras bajas e inhóspitas. El tirano TurJan, opacado por la crueldad y salvajismo de sus ancestros anhelaba en secreto ser amado y respetado por sus súbditos, a quienes, sin embargo, asolaba y esquilmaba. En su mente, devastada por la codicia y obnubilada por la inseguridad de los mediocres soñaba con ser quien nunca podría ser, por destino y elección. En la llegada de Naleeh creyó advertir un guiño del destino y quizás lo fuera, pero en un sentido que no podía adivinar.
TurJan, como todo reyezuelo de gran poder pero escasa visión se apoyaba en la guía férrea y desalmada de Melquíades, el Mago Mayor del reino, quien le había sembrado la simiente de tal sueño descabellado. Y el pequeño tirano se dejó tentar, creyó en todos los vaticinios y ejecutó, a sus instancias, a todos los piratas a quienes había convidado en aquella noche de epifanía. Antes del alba salieron generales en todas direcciones para segar la vida de todos aquellos que habían yacido con su prometida y dictó la pena de muerte para todo aquel que siquiera mencionara una palabra sobre el pasado de su prometida.
Así se diluirían todos los caminos que hubieran conducido a los orígenes de Naleeh y esperaba Melquíades poder burlar los designios de los dioses que, seguramente estarían conspirando contra él.
Sobre Melquíades circulaban orígenes contradictorios: unos lo llamaban dios expulsado; otros, primer sacerdote de Ur-Bel. Lo comprobable era más sencillo. Había enseñado a los antepasados de TurJan a extraer Kardur, convirtió el mineral en riqueza y la riqueza en dependencia. Desde entonces cada rey heredó un reino más próspero y menos capaz de gobernarse sin él. Su poder no provenía únicamente de la piedra, sino de haber logrado que nadie imaginara un futuro fuera de su tutela.
Con el paso de los años, Melquíades comenzó a mostrarse cada vez menos en público. Las audiencias se celebraban detrás de celosías, luego detrás de cortinas y finalmente en cámaras subterráneas a las que solo accedían unos pocos iniciados. En Ur-Bel se decía que el Mago Mayor ya no podía permanecer mucho tiempo lejos del Kardur y que, cuando se apartaba de las galerías profundas, su cuerpo envejecía con una rapidez alarmante.
La vida de Naleeh cambió bruscamente: a partir de su primer día fue colmada por presentes dignos de una diosa; cada nuevo día TurJan la sorprendía con variedades infinitas de joyas, costosos vestidos con encajes de oro y plata y la renovada promesa de darle el tiempo necesario para que aceptara su destino de amante y esposa: no la tomaría contra su voluntad a pesar de su poder; no necesitaba una cortesana más, quería que lo amara, lo respetara y olvidara su pasado. Sabía lo que quería y el tiempo era su aliado. Naleeh se negaba sistemáticamente a aceptar cada muestra de afecto de su pretendiente, rechazaba cada regalo y hacía oídos sordos a las promesas de su poderoso enamorado. Naleeh seguía soñando con su amado Rufus y en lo más profundo de su corazón esperaba ansiosamente el reencuentro; aún conservaba la medalla de la promesa marital y no estaba dispuesta a renunciar a aquel hombre que siempre la buscaría. Sin embargo, además de su belleza, también era una mujer inteligente y pragmática; pronto comprendió que de nada serviría comportarse como una tigresa arisca que, tarde o temprano, se ganaría el desprecio de un amante despechado. Así decidió que podría aparentar una promesa, mitigar el rechazo con la ilusión de una esperanza, intercambiar gestos de convivencia con su poderoso galán mientras ganaba tiempo para planificar una huida o esperar a Rufus. Entonces cambió de táctica y, cual Penélope o Sherezade, se hizo diestra en manipular a TurJan, aflojando y tensando intermitentemente la tensión entre ellos; cedía lo menos y evitaba lo más, esquivando diestramente vehementes arremetidas y castigaba el exceso con frías temporadas de indiferencia. Los días se hicieron meses y los años se sucedieron unos tras otros, con TurJan cada vez más ansioso e impaciente pero fiel a su promesa y Naleeh seguía aferrada a su medalla y a la promesa de un amor ausente que retornaba eternamente.
Naleeh empezó por la cocina. Rechazó un collar y pidió, a cambio, que se duplicara la ración de las criadas durante el invierno. Aceptó acompañar a TurJan en un desfile si liberaba a un carretero castigado por perder parte del tributo. El rey interpretaba cada trato como una señal de cercanía; ella anotaba mentalmente cuánto valía su presencia y quién podía beneficiarse de ella.
Pronto conoció los nombres de los capataces, el recorrido de los guardias y el número de familias que dependían de las minas de Kardur. No hablaba de libertad cuando todavía no podía ofrecerla. Hablaba de turnos más cortos, de agua limpia y de prisioneros concretos. Así convirtió la espera en una forma de gobierno mucho antes de recibir una corona.
En algún lugar del mundo, Rufus tuvo la misma certeza y simplemente tomó sus pocas pertenencias, entre ellas una espada que compró en una feria y por la que pagó un buen dinero, convencido por un vendedor lenguaraz sobre el origen divino del metal que le daba forma y se marchó sin despedirse. Había despertado en medio de la noche con un sueño tan vívido que no pudiendo volver a conciliar el sueño, se puso en camino justo cuando el amanecer rompía el horizonte y aun la niebla nocturna reptaba por las callejuelas desoladas.
“Marcha al oeste y no te detengas hasta que escuches tu nombre” le había susurrado Naleeh y le inundó un aroma a caldo caliente, a pan amasado y a cera consumida que viraban, bajo la complicidad de las sombras, al imperecedero perfume de lavanda sobre aquella piel cálida, ansiosa y desnuda de su único tesoro.
El bosque de RuiDan
Llegó la mañana en la posada del Fin del Mundo y otro día, generoso de promesas y bendiciones entra por la ventana, pero para Rufus es solo un día más en el que se lanzará por caminos polvorientos, devorando afanosamente leguas y dejando atrás poblados tristes y desesperanzados. Aún persisten en su cabeza aún soñolienta rémoras dulces que lo acompañaron mientras las horas oscuras transcurrían allá afuera de su habitación y de su vida, aún persisten entre aquellas sábanas ajenas la tibieza de una piel que aún siente tan propia como la suya propia. Pero también tiene la certeza, como cada mañana, de que será un día diferente; cree sentir, en cada pulgada de su piel, que cuando haya transcurrido la jornada estará tan cerca de su amada que ya no necesitará imaginarla, que le bastará con estirar su brazo, para acariciarla. Y eso es suficiente.
Se levantó del camastro, testigo mudo de sus secretos y tomó, ritualmente, entre sus manos la medalla que lo acompañaba desde que Naleeh había sido arrancada de su lado y sobre la cual había jurado amor y pertenencia hasta el último aliento; se vistió y calzó con parsimonia mientras terminaba de despabilarse, se ajustó la espada a la cintura y escondió su cuchillo en su bota haciendo un automático malabar. Bajó a desayunar un café tibio y un pedazo de pan caliente y se marchó sin siquiera dirigir su mirada a la posadera ni a los escasos parroquianos que pretendieron ignorarlo también.
Comenzó a andar, rumbo al bosque que se levantaba espeso y umbrío al norte del pueblo, pero a poco de entrar en él, una voz suave y vibrante lo llamó por su nombre a sus espaldas.
-¡No sigas, Rufus! Estás ingresando en terrenos sagrados. Ningún mortal puede mancillar su suelo sin pagar un tributo.
Rufus se volvió azorado, sorprendido al escuchar su nombre en esas tierras extrañas. Llevó su mano hacia su espada, aunque no estaba seguro de ser capaz de usarla. No vio a nadie y su corazón se precipitó en una carrera desacompasada.
-¡Estás advertido! -se escuchó ahora, al frente del camino.
Rufus volteó su cabeza bruscamente y tampoco encontró a nadie. El silencio opresivo que siguió a continuación, lejos de calmarlo apenas le infundió más resignación que coraje y siguió su camino adentrándose en el bosque, ignorando la extraña advertencia. No lo sabría hasta mucho más tarde, pero en ese momento estaba siendo observado por YanKar, a quien conocería pronto y su decisión de continuar marcaría el inicio de un destino que cambiaría su vida.
Un poco más adelante, un ancho y caudaloso río, que parecía desproporcionado para el tamaño del bosque, cortaba el camino de Rufus, quien luego de meditar unos momentos y al comprobar que no tenía más remedio que atravesarlo, avanzó cautelosamente, recordando las advertencias con que había sido recibido en ese misterioso lugar. Tuvo que emplear todas sus fuerzas para vencer la corriente fría y violenta que por momentos se arremolinaba, como si recién se desperta
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Lo que dejamos

Desde la muerte de la tía Clara nadie volvió a dormir en esa habitación. Todos evitaban mirarla cuando pasaba frente a la puerta. Mi madre decía que era por respeto. Mi abuela, en cambio, si se tocaba el tema, callaba y escondía la mirada. Nunca dijo que allí ocurriera nada. No hacía falta. Solo repetía que, después de las dos y media de la madrugada, era mejor permanecer en la cama. Ya entonces me llamaba la atención que la llave de esa habitación nunca se separaba de ella, la llevaba colgada al cuello día y noche, como si temiera perderla. O como si temiera que alguien pudiera encontrarla.

Con los años comenzaron a circular pequeñas historias que nadie asumía como propias. Unos decían haber oído el roce de una silla arrastrándose. Otros recordaban un golpe seco en mitad de la noche o una luz que, por unos segundos, se filtraba bajo la puerta. Nadie afirmaba haber visto nada con sus propios ojos. Eran apenas relatos repetidos en voz baja, fragmentos de conversaciones que se interrumpían cuando aparecía mi abuela. Nadie recordaba quién había sido el primero en contarlas.

A la mañana siguiente todo parecía desmentir aquellas historias. La puerta volvía a estar cerrada. El ropero seguía en su sitio. La cómoda permanecía inmóvil. Las ventanas continuaban aseguradas desde hacía años. No había una sola huella que justificara los rumores. Solo un detalle resistía cualquier explicación: allí dentro nunca se acumulaba el polvo. Mientras el resto de la casa envejecía, el dormitorio de Clara parecía suspendido en otro tiempo.

Cuando era niño, le tenía miedo a aquella habitación. Para ir desde el dormitorio donde dormía hasta la cocina, o para salir al patio, prefería dar un largo rodeo antes que pasar frente a su puerta. Nadie me obligaba y todos evitábamos ese pasillo después de cierta hora.

Le había pertenecido a la tía Clara. Murió una madrugada, a las 2:35. Yo nunca la conocí ni tampoco su historia. Crecí rodeado de un silencio denso y añejo. En mi familia nadie volvió a mencionar su nombre. Si alguna vez pregunté por ella, las conversaciones cambiaban de rumbo con una naturalidad incómoda.

Con el tiempo dejé de visitar la casa de mis abuelos. Cuando ellos murieron, siguieron viviendo allí mis otras dos tías, que nunca se casaron. Después de la muerte de Clara continuaron viviendo en aquella casa como si formaran parte del mobiliario. Las recuerdo siempre vestidas de negro. Hablaban poco y en voz baja, incluso cuando estaban solas. Con los años empezaron a caminar despacio, casi sin hacer ruido. Era como si procuraran no molestar a la casa.

Poco a poco dejaron de recibir visitas y se fueron cerrando junto con la casa.
No recuerdo haberlas visto reír a carcajadas. Tampoco discutir. Me las imaginé siempre cumpliendo cada día los mismos rituales: preparar el té, regar las plantas, pasar el plumero a los muebles que ya nadie usaba, acompañar la caída del sol desde la ventana mientras los grillos iniciaban su serenata.

No parecían tristes. Era algo diferente. Como si una parte de ellas hubiera quedado para siempre en aquella habitación y el resto de la vida se hubiera consumido lentamente. No vivían, apenas persistían.

Ahora, casi treinta años después, he vuelto. La casa está vacía. Mis dos tías fallecieron con pocos meses de diferencia y mañana comenzará la mudanza definitiva. Los muebles serán vendidos, las paredes pintadas y, probablemente, alguien convierta esa habitación en un estudio o en un cuarto de juegos.

Mientras recorría los cuartos vacíos, una duda casi infantil empezó a repetirse en mi cabeza con una insistencia incómoda. Siempre había supuesto que los muertos permanecían donde habían muerto. Nunca se me había ocurrido preguntarme qué sucede con ellos cuando la casa deja de ser su casa. ¿También ellos deben marcharse?

Encontré la habitación de tía Clara exactamente igual que la recordaba. La cama tendida. La cómoda junto a la ventana. El reloj seguía detenido. Ni siquiera el olor parecía haber cambiado. El tiempo había seguido avanzando en el resto de la casa, pero allí dentro permanecía inmóvil, como si hubiera olvidado el paso del tiempo.

Con la muerte de mis tías desaparecieron los últimos testigos de lo que había ocurrido aquella madrugada. Si existía un secreto, se lo llevaron a la tumba.
Por eso he tomado una decisión. Dentro de unos minutos entraré en esa habitación.

Cerraré la puerta. Apagaré la luz. Esperaré.
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Los que aún me habitan

No supe cuánto lo necesitaba hasta tiempo después.

Caminaba por las calles semivacías de mi barrio, camino hacia la plaza del Centenario, bajo la generosa tibieza de una mañana invernal que parecía ralentizar las manecillas del reloj.

Sábado ligero y sin agenda, mis pasos despreocupados me llevaban alternando entre aceras en un fútil intento de cobijarme bajo los raquíticos rayos de sol que apenas conseguían filtrarse entre edificios desvencijados y tristes. Con cada paso sentía que comenzaba a desdibujarme, a fundirme en ese paisaje urbano que tantas veces había transitado ajeno y que, sin embargo, aquella mañana me reclamaba con una voz diferente.

Cavilando con la mirada fija en un punto lejano, entrecerraba los ojos cada tanto cuando una ventisca iracunda me despabilaba a empellones. Avanzaba con simpleza y estiraba ese mínimo instante en el que no había objetivos, ni destino, ni motivo. De a poco, paso a paso, entre baldosas flojas y algún bocinazo lejano, la realidad dejaba lugar a ese otro universo que me reclamaba. Los impredecibles bordes entre lo infinito y lo fugaz se volvían difusos, indescifrables, inevitables. Empezaba a sospechar que ya no caminaba en solitario; que memorias oxidadas reemplazaban las geografías y que voces de otros tiempos me convocaban en silencio.

Entraba en ese terreno incierto donde los actos cotidianos recuperan su condición de milagro, donde los recuerdos saben a caramelos Media Hora y el tiempo deja de avanzar para empezar a superponerse. Allí se entrelazaban añejas alegrías con presentes de apuros y de agobios.

El reloj, definitivamente detenido, había renunciado a ordenar el tiempo. Ahora se limitaba a reunirlo.

Un niño me tiró del saco. Lo miré y nos reconocimos al mismo tiempo con la familiaridad de quienes nunca dejaron de verse. Sus ojos no me preguntaban quién era; parecían esperar que, por fin, lo reconociera. Me pidió, casi con desesperación, que me detuviera un instante, que compartiéramos juntos el silencio de la noche hasta que despuntara la alborada. Intenté alejarme, ponerme a resguardo de su voz —que era la mía— y de su llanto —que era de ambos—.

Un ventarrón oscuro, doblando desde la esquina, me zamarreó impiadoso para abandonarme en la pérgola que, de pura aburrida, hacía malabares con la luna y un par de estrellas distraídas. Había dejado atrás al niño, pero tuve la certeza de que seguía caminando unos pasos detrás de mí.

Recostado en un farol, un joven apenas se sobresaltó y me ignoró con mirada ausente. Escondía su tristeza detrás de plantines achaparrados y una angustia que venía de lejos se encaramaba en la tipa solitaria. Fingí no verlo y disimulé cuanto pude, pero ambos sabíamos que conocía su pena y sus sueños rotos, porque aunque desteñidos, también eran los míos.

Fruncí el ceño en un vano intento por retener una lágrima rebelde que comenzó a rodar desde el lado izquierdo del pecho, pero antes de darme cuenta un perfume dulzón, como de azahares encendidos, me devolvió a aquellas ferias donde perdí la inocencia.

Ráfagas como parpadeos. Multitud de voces agolpándose alocadas. Luego, el silencio denso, infinito y pesado. Noches de tormenta sucediendo a días ambiguos, con el tedio de lo cotidiano.

Sentí que se me desgajaba el alma por haber llamado, tantas veces, esencial a lo contingente y por haber postergado lo necesario tras la pila de lo urgente. Tuve la certeza entonces que el pasado no venía a saldar cuentas, sino a devolver la perspectiva; que el tiempo no reprocha: apenas ofrece, de vez en cuando, la posibilidad de volver a mirarlos.

Tal vez por eso salí a caminar aquella mañana. No para llegar a ningún sitio, sino para encontrar el único lugar del que llevaba demasiado tiempo ausente.

Regresé a casa con la sospecha de que nunca había caminado solo. Metí la mano en el bolsillo buscando las llaves. Antes de abrir la puerta miré hacia atrás. La calle estaba vacía. Sonreí. Entré.
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El carretel vacío

Llegando a mis 63 años, ya con el carretel casi vacío y, como dice un amigo, “viviendo ya horas extras y con la garantía vencida” me encuentro sin querer haciendo un balance y caigo en cuenta que desde que el ser humano tomó conciencia de su propia finitud, uno de sus anhelos más profundos ha sido trascender: dejar algo de sí que permanezca cuando ya no esté. Esa búsqueda de trascendencia puede adoptar muchas formas: los hijos, algún legado relevante o simplemente el recuerdo que dejamos en quienes nos sobreviven. En todos los casos, subyace un mismo deseo: que nuestra existencia no se desvanezca por completo cuando llegue la muerte.
Sin embargo, también creo que la trascendencia no es el punto de partida sino que llega por añadidura. Más lógico me parece, antes de preguntarnos qué dejaremos al mundo, preguntarnos quiénes somos. Y es allí donde aparece uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo, que normalmente preferimos barrer bajo la alfombra.
Está claro, al menos para mí, que vivimos en una época que parece valorar más la pertenencia que la autenticidad. La inautenticidad de Heidegger es moneda corriente. Y ojo, que entiendo que los seres humanos necesitamos vínculos, comunidades y afectos: pertenecer es algo positivo e imprescindible. El problema surge cuando la aceptación exige la renuncia silenciosa a nuestra identidad. Cuando dejamos de preguntarnos quiénes somos para preguntarnos únicamente qué esperan los demás de nosotros. Y lo más peligroso: comenzamos a mentirnos para poder mirarnos al espejo.
Muchos no eligen quién quieren ser; eligen aquello que les permitirá ser aceptados.
La presión puede provenir de la familia, de las relaciones sociales o de la cultura en la que vivimos. A veces se presenta de formas más sutiles: la necesidad de éxito, de reconocimiento, de prestigio o de bienestar económico. Ninguna de estas aspiraciones es mala en sí misma. El problema aparece cuando se convierten en fines absolutos y desplazan preguntas más esenciales como ¿qué sentido tiene mi vida?, ¿cuáles son mis valores?, ¿cómo deseo ser recordado?. Como Ulises, todos escuchamos los cantos de sirena. La diferencia está en si permitimos que nos desvíen del camino hacia la vida que realmente queremos vivir.
Quizá la forma más extendida de inautenticidad es la aceptación gradual de una existencia dictada por otros. Una vida en la que las decisiones importantes no nacen de convicciones profundas, sino de la necesidad de encajar, una vida donde la comodidad sustituye a la reflexión y donde el mayor peligro es terminar creyendo nuestra propia fantasía. Viene a mi mente la cita de Calderón:
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.
Ahora llega la conclusión más difícil: vivir auténticamente exige coraje. Exige aceptar que no siempre seremos comprendidos, que algunas decisiones nos garantizarán soledad, que defender una convicción puede tener costos. Está claro que es más fácil seguir caminos ya marcados que abrir nuestra propia senda. Es más sencillo perseguir el reconocimiento que buscar el sentido de nuestras acciones. Tal vez por eso la autenticidad sea una virtud escasa. No porque las personas no la valoren, sino porque su precio suele ser elevado.
Sin embargo, y volviendo a la cuestión inicial, solo una vida auténtica puede aspirar a una trascendencia auténtica. Si nuestra existencia ha sido apenas una sucesión de concesiones destinadas a satisfacer expectativas ajenas, si optamos por colocarnos las máscaras adecuadas de acuerdo a las circunstancias y si nunca tuvimos el coraje de enfrentarnos al espejo, de cuestionarnos, de mirar el precipicio, como diría Nietzsche, ¿qué es exactamente lo que permanecerá cuando ya no estemos? ¿Qué huella puede dejar alguien que nunca llegó a ser plenamente él mismo?
Un detalle importante: la trascendencia no consiste necesariamente en alcanzar la fama ni en ocupar un lugar destacado en la historia. La inmensa mayoría de las personas que han dado forma al mundo permanecen anónimas. Un maestro que despierta vocaciones, un científico que comparte conocimiento, un padre o una madre que educan con amor, un amigo que transforma una vida con su ejemplo: todos ellos pueden trascender sin que sus nombres figuren en ningún libro.
Quizá la verdadera trascendencia no consista en ser recordados, sino en la influencia que podemos tener cuando ya no estamos, por nuestro modo de vida, por nuestras convicciones, nuestras luchas y nuestros ejemplos.
La muerte nos iguala a todos. Nadie puede escapar a ella. Pero ser conscientes de nuestra finitud nos ofrece una oportunidad tan incómoda como extraordinaria: elegir cómo vivir mientras andemos por aquí.
Quizás podamos concluir que la finitud nos plantea un problema. El coraje nos anima a buscar una respuesta. La autenticidad nos ayuda a construir una vida propia. Y la trascendencia aparece, finalmente, como la consecuencia natural de haber vivido de acuerdo con aquello que consideramos verdadero.
Porque, al final, no elegimos cuánto tiempo permaneceremos en el mundo. Lo que sí podemos elegir es cómo vivimos.
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Punto de Encuentro - Análisis personal de resultados

Ahora que ha transcurrido un tiempo prudencial desde las elecciones a Decano de la Facultad, creo que es oportuno realizar un análisis que permita comprender, aclarar y reflexionar sobre todo el proceso. Más allá de las interpretaciones que puedan hacerse, los números muestran que la elección estuvo menos definida de lo que el resultado final podría sugerir. Precisamente sobre esa aparente contradicción —entre la amplitud del resultado y la estrechez de algunas diferencias decisivas— gira el análisis que sigue.
Dejar pasar estas semanas fue una decisión deliberada. Necesitaba tomar distancia de emociones tan humanas como inevitables; evitar que estas líneas surgieran de un corazón herido, con la frustración todavía abierta y el ánimo aún en proceso de recuperación.
Pero ahora ya es tiempo de expresar en palabras aquello que desde hace tiempo ronda el mundo de las ideas. Al mismo tiempo, mi inclinación analítica me empuja a buscar en los números algunas respuestas para esas inquietudes. De esa dualidad en la que me reconozco nace el análisis que sigue.

Los números fríos
Recordemos que esta elección, de carácter indirecto, requiere seis votos de consejeros electos para consagrar un Decano. Participan seis consejeros docentes —dos por profesores titulares, dos por asociados/adjuntos y dos por auxiliares—, además de tres estudiantes, un no docente y un egresado.
Analicemos cada caso a partir de los resultados concretos y de las alternativas que estuvieron en juego durante el período previo a la elección.
Docentes auxiliares. Sobre un padrón de 156 auxiliares, la diferencia fue de apenas 30 votos. Dicho de otro modo, bastaba con que 15 personas que votaron por la fórmula vencedora lo hicieran por la nuestra para obtener, al menos, un elector
Profesores asociados y adjuntos. En este estamento ocurrió algo similar. Sobre un total de 75 docentes, la diferencia fue de 15 votos. Es decir, con apenas ocho colegas cambiando su elección habríamos conseguido un elector adicional.
Profesores titulares. Aquí la situación siempre fue más compleja. Sin embargo, aplicando el mismo razonamiento, si dos de los catorce docentes hubieran acompañado a nuestra candidata, al menos habríamos estado en condiciones de disputar el resultado.
Y para concluir este repaso numérico, puede afirmarse, sin forzar los datos, que sobre un total de 245 docentes distribuidos en los tres estamentos, si apenas 25 personas hubieran votado de otro modo, la historia habría sido muy distinta.
Tomando el escenario más conservador y suponiendo únicamente la obtención de un elector adicional entre asociados/adjuntos y otro entre auxiliares, el resultado inicial habría sido de 2 a 4. Y eso, como veremos, podía resultar suficiente para cambiar el desenlace.
Hasta aquí hablamos de hechos verificables. A partir de este punto ingresamos necesariamente en el terreno de las hipótesis políticas, aunque basadas en conversaciones, compromisos y señales concretas que tuvieron lugar durante el proceso electoral.
¿Por qué considero que ese escenario podía haber sido suficiente para cambiar el desenlace?
Porque, de los tres estudiantes, la agrupación que resultó vencedora se había comprometido con nuestro espacio acordando acompañarnos con los votos que obtuvieran. A la postre fueron dos, ya que ganaron su elección. Con aquel pequeño corrimiento de apenas 25 votos docentes, la diferencia se habría reducido a un estrecho 4 a 5. Que los estudiantes hayan decidido, con la contienda prácticamente resuelta, entregar sus votos al oficialismo fue una estrategia que solo maquilla el resultado final.
Todavía restaban las elecciones de no docentes y egresados. Los primeros habían decidido esperar el resultado de los demás estamentos antes de definir su posición. En conversaciones previas no asumieron ningún compromiso, pero sí dejaron en claro que considerarían nuestras propuestas. Aún hoy creo que nos habrían acompañado si llegábamos con posibilidades concretas al día de la elección de Decano.
Respecto de los egresados, debo reconocer que, para entonces, el escenario ya aparecía prácticamente definido. En esas circunstancias no desplegamos toda la energía que la campaña habría requerido. La intensidad de los esfuerzos fue considerablemente menor que la que hubiéramos puesto en juego si aquella instancia hubiera resultado decisiva.
Conviene hacer aquí una breve digresión.
Visto de esta manera, la elección no se decidió por una diferencia abrumadora, sino por un puñado de decisiones individuales que, sumadas, terminaron inclinando el resultado final.

¿Dónde fallamos?
Antes de analizar las razones de la derrota, creo que es importante reconocer aquello que sí logramos construir durante la campaña.
Presentamos una plataforma de gobierno seria, con objetivos concretos, metas alcanzables y mecanismos de seguimiento basados en la transparencia. No fue una enumeración de promesas grandilocuentes ni un catálogo de deseos difíciles de materializar. Por el contrario, procuramos elaborar propuestas realistas, orientadas a mejorar las condiciones de trabajo, formación, investigación y desarrollo profesional de toda la comunidad de la Facultad.
A la par de ello, impulsamos una intensa tarea de difusión. Utilizamos todos los canales disponibles para comunicar nuestras ideas, exponer nuestras diferencias con la gestión en ejercicio y recoger los aportes de colegas de distintos sectores. También buscamos fortalecer vínculos con actores externos a la Facultad, convencidos de que la Universidad debe proyectarse hacia la sociedad y generar nuevas oportunidades para estudiantes, docentes y graduados.
Del mismo modo, contamos con candidatos de sólida trayectoria académica, profesional e institucional, comprometidos con la Facultad y con una clara vocación de servicio.
Sin embargo, nada de ello resultó suficiente para alcanzar la mayoría necesaria.
También debemos preguntarnos si fuimos capaces de interpretar adecuadamente las preocupaciones, expectativas y temores de quienes finalmente optaron por otra alternativa. Es posible que, aun contando con propuestas que considerábamos sólidas y necesarias para la Facultad, no siempre hayamos logrado transmitirlas de una manera capaz de generar la confianza suficiente para acompañar una propuesta de cambio.
¿Por qué?
Al mirar hacia adentro, debemos reconocer un error de cálculo estratégico: priorizamos el perfeccionamiento de las ideas por sobre la construcción de la presencia territorial. Aunque nos sobraba entusiasmo y convicción, nos faltó ese volumen político que solo se construye con el tiempo. Mientras el oficialismo operaba con una red consolidada por años, nosotros intentábamos transformar adhesiones silenciosas en una presencia activa en apenas unos meses
Mientras tanto, el oficialismo disponía de una ventaja evidente: una estructura consolidada después de muchos años de gestión. No sólo contaba con candidatos, sino también con una red de apoyos distribuida en las distintas áreas de la Facultad y construida a lo largo del tiempo.
Para no caer en el uso de eufemismos que tiendan a desmerecer al adversario circunstancial no voy a considerar en este análisis aquellas dinámicas habituales de toda contienda electoral: circulación de rumores, comentarios malintencionados, operaciones de desgaste y promesas cuya credibilidad se refuerzan por el hecho de provenir de quienes ya ejercían el poder institucional.
Existe además un factor adicional que considero relevante. Debemos interpretar con respeto la lógica preferencia de nuestra comunidad por la continuidad y la estabilidad. En un ámbito académico se tiende a valorar la previsibilidad y a percibir los cambios profundos como escenarios de incertidumbre. Creo que gran parte del electorado no eligió al cambio por temor, sino porque cualquier propuesta de transformación debe superar una barrera adicional: convencer no sólo de que el cambio es deseable, sino también de que es seguro. En este sentido, entiendo que nuestra propuesta fue valorada, pero no logramos que fuera percibida como segura frente a la estructura ya consolidada del oficialismo.
Y, sin embargo, los números analizados anteriormente muestran que esa inercia no era infranqueable. Si bien no alcanzamos el objetivo, estuvimos mucho más cerca de lograrlo de lo que el resultado final podría sugerir. Estuvimos cerca y eso es motivo de orgullo por el trabajo realizado, pero también de reflexión sobre aquello que aún debemos mejorar.

Lo que construimos:
Ahora, hacia el final de este espacio de análisis, creo que sería un error reducir este proceso al resultado de una elección. Las elecciones cierran una etapa pero en este caso no son la finalidad de la vida institucional de una Facultad ni miden el valor de los espacios que participan en ella.
Más allá de los votos obtenidos y de las diferencias que finalmente inclinaron la balanza, este proceso permitió construir algo que no existía con la misma fuerza tiempo atrás. Se consolidó un espacio con integrantes que comparten una visión sobre el presente y el futuro de nuestra Facultad. Un espacio diverso, con matices y miradas distintas, pero unido por la convicción de que siempre es posible aspirar a una institución mejor.
También surgieron nuevos referentes. Colegas que decidieron involucrarse, asumir responsabilidades, expresar públicamente sus ideas y comprometerse con asuntos institucionales. En tiempos donde muchas veces prevalece la comodidad del status quo no es un dato menor.
Del mismo modo, se instalaron temas de discusión que no deberían desaparecer de la agenda institucional. La necesidad de fortalecer la formación y el desarrollo profesional, la vinculación con la sociedad, la inserción laboral de nuestros graduados, la transparencia en la gestión, el acompañamiento a las actividades de docencia e investigación y la construcción de una Facultad más cercana a quienes la integran son cuestiones que no deberían abandonar el debate público de nuestra comunidad.
Quizás uno de los logros menos visibles, pero más importantes, haya sido la creación de nuevos vínculos. Durante estos meses conversamos con colegas de distintas cátedras, institutos y áreas de trabajo; escuchamos inquietudes, compartimos diagnósticos y construimos relaciones que solo fueron posibles gracias a este proceso. Espero que muchas de esas conversaciones continúen más allá de cualquier calendario electoral.
Y, sobre todo, quedó demostrado que existe una porción significativa de nuestra comunidad que considera necesario discutir nuevos caminos para la Facultad. Los números así lo muestran. Aunque no alcanzaron para alcanzar el objetivo final, sí fueron suficientes para poner en evidencia que las ideas de cambio encontraron tierra fértil en muchos colegas.
Tal vez la principal enseñanza que me deja esta elección sea que las buenas ideas, por sí solas, no alcanzan. También es necesario construir los espacios, los vínculos y la confianza que permitan transformarlas en una mayoría capaz de llevarlas adelante.
Por eso, más que un punto final, prefiero pensar este proceso como un punto de partida, un Punto de Encuentro real. El desafío, a futuro, será conservar ese capital colectivo, fortalecerlo y seguir trabajando para que las propuestas que lo inspiraron continúen enriqueciendo el debate sobre el futuro de nuestra Facultad.
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