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José Pablo López

Escritura y literatura
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El carretel vacío

Llegando a mis 63 años, ya con el carretel casi vacío y, como dice un amigo, “viviendo ya horas extras y con la garantía vencida” me encuentro sin querer haciendo un balance y caigo en cuenta que desde que el ser humano tomó conciencia de su propia finitud, uno de sus anhelos más profundos ha sido trascender: dejar algo de sí que permanezca cuando ya no esté. Esa búsqueda de trascendencia puede adoptar muchas formas: los hijos, algún legado relevante o simplemente el recuerdo que dejamos en quienes nos sobreviven. En todos los casos, subyace un mismo deseo: que nuestra existencia no se desvanezca por completo cuando llegue la muerte. Sin embargo, también creo que la trascendencia no es el punto de partida sino que llega por añadidura. Más lógico me parece, antes de preguntarnos qué dejaremos al mundo, preguntarnos quiénes somos. Y es allí donde aparece uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo, que normalmente preferimos barrer bajo la alfombra. Está claro, al menos para mí, que vivimos en una época que parece valorar más la pertenencia que la autenticidad. La inautenticidad de Heidegger es moneda corriente. Y ojo, que entiendo que los seres humanos necesitamos vínculos, comunidades y afectos: pertenecer es algo positivo e imprescindible. El problema surge cuando la aceptación exige la renuncia silenciosa a nuestra identidad. Cuando dejamos de preguntarnos quiénes somos para preguntarnos únicamente qué esperan los demás de nosotros. Y lo más peligroso: comenzamos a mentirnos para poder mirarnos al espejo. Muchos no eligen quién quieren ser; eligen aquello que les permitirá ser aceptados. La presión puede provenir de la familia, de las relaciones sociales o de la cultura en la que vivimos. A veces se presenta de formas más sutiles: la necesidad de éxito, de reconocimiento, de prestigio o de bienestar económico. Ninguna de estas aspiraciones es mala en sí misma. El problema aparece cuando se convierten en fines absolutos y desplazan preguntas más esenciales como ¿qué sentido tiene mi vida?, ¿cuáles son mis valores?, ¿cómo deseo ser recordado?. Como Ulises, todos escuchamos los cantos de sirena. La diferencia está en si permitimos que nos desvíen del camino hacia la vida que realmente queremos vivir. Quizá la forma más extendida de inautenticidad es la aceptación gradual de una existencia dictada por otros. Una vida en la que las decisiones importantes no nacen de convicciones profundas, sino de la necesidad de encajar, una vida donde la comodidad sustituye a la reflexión y donde el mayor peligro es terminar creyendo nuestra propia fantasía. Viene a mi mente la cita de Calderón: ¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son. Ahora llega la conclusión más difícil: vivir auténticamente exige coraje. Exige aceptar que no siempre seremos comprendidos, que algunas decisiones nos garantizarán soledad, que defender una convicción puede tener costos. Está claro que es más fácil seguir caminos ya marcados que abrir nuestra propia senda. Es más sencillo perseguir el reconocimiento que buscar el sentido de nuestras acciones. Tal vez por eso la autenticidad sea una virtud escasa. No porque las personas no la valoren, sino porque su precio suele ser elevado. Sin embargo, y volviendo a la cuestión inicial, solo una vida auténtica puede aspirar a una trascendencia auténtica. Si nuestra existencia ha sido apenas una sucesión de concesiones destinadas a satisfacer expectativas ajenas, si optamos por colocarnos las máscaras adecuadas de acuerdo a las circunstancias y si nunca tuvimos el coraje de enfrentarnos al espejo, de cuestionarnos, de mirar el precipicio, como diría Nietzsche, ¿qué es exactamente lo que permanecerá cuando ya no estemos? ¿Qué huella puede dejar alguien que nunca llegó a ser plenamente él mismo? Un detalle importante: la trascendencia no consiste necesariamente en alcanzar la fama ni en ocupar un lugar destacado en la historia. La inmensa mayoría de las personas que han dado forma al mundo permanecen anónimas. Un maestro que despierta vocaciones, un científico que comparte conocimiento, un padre o una madre que educan con amor, un amigo que transforma una vida con su ejemplo: todos ellos pueden trascender sin que sus nombres figuren en ningún libro. Quizá la verdadera trascendencia no consista en ser recordados, sino en la influencia que podemos tener cuando ya no estamos, por nuestro modo de vida, por nuestras convicciones, nuestras luchas y nuestros ejemplos. La muerte nos iguala a todos. Nadie puede escapar a ella. Pero ser conscientes de nuestra finitud nos ofrece una oportunidad tan incómoda como extraordinaria: elegir cómo vivir mientras andemos por aquí. Quizás podamos concluir que la finitud nos plantea un problema. El coraje nos anima a buscar una respuesta. La autenticidad nos ayuda a construir una vida propia. Y la trascendencia aparece, finalmente, como la consecuencia natural de haber vivido de acuerdo con aquello que consideramos verdadero. Porque, al final, no elegimos cuánto tiempo permaneceremos en el mundo. Lo que sí podemos elegir es cómo vivimos.
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