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José Pablo López

Escritura y literatura
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El Jardín de los Ecos

Anoche soñé que soñaba. Y en el fondo más hondo de aquel sueño, mientras la noche respiraba como un animal dormido, sentí que despertaba. Caminaba por un sendero que se perdía más allá del horizonte, un camino sinuoso entre bosques donde los árboles murmuraban secretos antiguos y las luciérnagas quedaban suspendidas en el aire como pequeñas almas encendidas. A veces me envolvían trinos de pájaros invisibles y una brisa fresca me rozaba la frente con la delicadeza de una mano conocida. Otras veces el silencio se volvía tan espeso que podía escuchar el roce de mi propia sombra sobre la tierra. Mientras avanzaba, sumido en pensamientos que no eran del todo míos, me crucé con hombres y mujeres vestidos con ropas demasiado limpias para un camino de herradura. Caminaban en fila, mirando siempre hacia donde miraban todos. Cuando uno se detenía, todos se detenían; cuando uno reía, los otros repetían la risa, como un eco obediente. Ninguno parecía preguntarse adónde iba. Y, sin embargo, avanzaban con la seguridad de quien confunde costumbre con verdad. Al pasar junto a ellos, los árboles dejaron de murmurar y el bosque pareció contener la respiración. Más adelante, en un claro donde el viento apenas se atrevía a entrar, encontré a personas sentadas alrededor de un estanque inmóvil. El agua era tan quieta que reflejaba el cielo sin una sola arruga. Algunos llevaban pequeños espejos colgados del cuello, pero los mantenían vueltos hacia el pecho, como si temieran su reflejo. Hablaban en voz baja y evitaban mirarse a los ojos. Permanecían allí desde hacía tanto tiempo que sus huellas se habían convertido en raíces. Sentí una tristeza difícil de explicar, la tristeza de las cosas que nunca llegan a suceder. Seguí caminando y la senda comenzó a cubrirse de bruma. Entonces escuché lamentos que parecían venir de debajo de la tierra. Al borde del camino descubrí un pozo angosto. Del interior subía un olor agrio, mezcla de agua estancada y flores marchitas. No pude distinguir los rostros de quienes estaban allí abajo; solo veía bocas que se movían sin descanso. Cuanto más hablaban, más se hundían en la oscuridad, como si las palabras pesaran. Intenté tenderles la mano, pero el pozo era más profundo de lo que parecía y comprendí que algunas voces terminan convirtiéndose en su propia celda. La noche continuó abriéndose ante mí como un libro escrito en una lengua olvidada. Caminé durante un tiempo imposible de medir, hasta que el cielo comenzó a desteñirse como una acuarela mojada y el primer resplandor del alba se filtró entre las ramas. Fue entonces cuando encontré a un grupo reunido junto a una fogata. Me invitaron a compartir su pan y su vino. Apenas me senté entre ellos, tuve la extraña sensación de reconocerlos desde siempre. Sus ropas eran distintas unas de otras y sus manos llevaban cicatrices de trabajos y derrotas, pero hablaban con una franqueza que desarmaba cualquier desconfianza. Reían sin estridencias, como quien todavía conserva intacta una parte de la infancia, y cuando uno contaba una pena los demás hacían lugar para escucharla. Nadie parecía tener demasiado, y sin embargo el pan alcanzaba para todos. Permanecí con ellos hasta que el cielo se volvió completamente azul. Entonces alguien apoyó una mano sobre mi hombro y el bosque entero comenzó a inclinarse lentamente, como si el mundo fuese apenas un barco dormido sobre un mar inmenso. Desperté. Todavía abrazado a la almohada, sentí en la espalda el roce áspero de las ramas y en la respiración el perfume húmedo de la tierra después de la lluvia. La habitación estaba en silencio, pero un eco lejano persistía dentro de mí, como si una parte del sueño se negara a despertar. Y aún hoy no sé si soñé que soñaba o si, durante unas pocas horas, los elfos traviesos que se esconden entre las grietas de la madrugada me llevaron de paseo al Jardín de los Ecos.
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