Cafecito
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José Pablo López

Escritura y literatura
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El último silencio

Hacía ya varias horas que se había alejado del camino principal. Lo que al principio le había parecido una decisión acertada se revelaba ahora como la certeza de un error irremediable. Sin embargo, no se arrepentía: de nada le servía hacerlo. Más le valía concentrarse en dar un paso tras otro y avanzar a través de aquel pedregal estéril que parecía engullirlo con su quietud implacable. El sol, impiadoso, vigilaba el páramo desde el cenit. Ni una brisa se animaba a desobedecer el mandato de la canícula, y un silencio espeso parecía anunciar un único desenlace posible. El hombre se pasó el antebrazo por la frente sudorosa y, entrecerrando los ojos, recorrió el horizonte en busca de algún indicio de esperanza. De un espejismo, siquiera. Pensó: «No debe haber nada peor que una vida inauténtica, una vida de suma cero. Un torrente inabarcable de pura nada, de absoluto vacío; de apuros y ansiedades por llegar rápido a ninguna parte, para no hacer nada y a un lugar donde nadie nos espera». Consultó una vez más la brújula, más por instinto que en busca de orientación. Hacía rato que había abandonado la razón junto a la caramañola vacía y la había reemplazado por la obstinación, último reducto de lo que le quedaba de conciencia. Regresar no era una opción. Cada paso en dirección contraria lo alejaría del único motivo por el que había emprendido el camino. Con la boca reseca y la sien latiéndole acompasadamente, sentía la piel arder bajo la camisa. Intentaba hilvanar pensamientos racionales, pero casi de inmediato comenzaba a delirar. Murmuraba oraciones rescatadas, incomprensiblemente, de su niñez. A ratos canturreaba y, de pronto, se dejaba llevar por una risa incontrolable. A la decisión momentánea de sobrevivir le seguía la incoherencia persistente de abandonarse en jirones. —No debe haber peor cosa que vivir sin riesgos, sin equivocaciones a la vuelta de la esquina, y descubrir un día cualquiera que ya no disfrutamos de las pequeñas maravillas escondidas, esperando ser encontradas en la noche menos pensada —se decía. Despertó con la noche ya entrada. La cabeza le explotaba y era incapaz de incorporarse. Hasta abrir los ojos estaba más allá de sus fuerzas. Aguzó el oído, aunque tampoco podía confiar en él: le llegaba el sonido fresco y saltarín de un hilo de agua que corría no muy lejos. Hizo un esfuerzo descomunal. Un manantial. Voces arrastradas por el viento Norte parecían acercarse, pero casi de inmediato se alejaban, indiferentes. Intentó recordar algún rezo aprendido en el regazo de su madre y que llevaba siglos olvidando. Con la luna nueva en lo alto del firmamento, por fin llegaron. Lo encontraron aferrado a la vida por el último hilo de aliento. Lo alzaron con cuidado, lo acomodaron en la angarilla y lo trasladaron hasta el fondo de la quebrada. Anduvieron en silencio, como si temieran distraer a la muerte de sus otras obligaciones. Cuando llegaron a la toldería, las miradas de los caminantes se encontraron con los rostros inmóviles de quienes los aguardaban al abrigo de fogatas que flameaban sin crepitar. Uno a uno se volvieron lentamente y siguieron con la vista a la comitiva. Ni una voz, ni un ladrido, ni siquiera un crujido quebraron la inmensidad de la noche mientras atravesaban la estancia común. El silencio los seguía y fue el único testigo de la entrega. La mujer permanecía de pie junto al menhir. Lo descargaron con cuidado y se alejaron sin alzar la vista. Apenas respiraba y, entre destellos de conciencia, presintió una calidez que parecía devolverle el pulso al cuerpo. El dolor cedía cuando ella lo miraba; los sentidos despertaban cuando lo rozaba; un perfume tenue lo envolvía cuando se inclinaba sobre él. Se dejaba hacer, como antes se había dejado cargar y, aunque aún no lo sabía, despertaría de un modo desconocido. Perdió la cuenta de las salidas y puestas del sol que iluminaban la entrada de la caverna. Su única compañía era aquella mujer que le prodigaba cuidados en absoluto silencio. Lo alimentaba, calmaba su sed, lo aseaba y lo cubría con la misma naturalidad con que una madre cuida a un niño. Cuando recuperó algo de fuerza intentó comunicarse. Preguntó, se inquietó e incluso ensayó fugas. Probó con palabras, señas y amenazas; se negó a comer y buscó cualquier resquicio para escapar. Una noche alcanzó la entrada de la caverna y creyó haber encontrado el sendero hacia la quebrada, pero al volver la vista ella seguía allí, inmóvil, observándolo con aquellos ojos claros que no expresaban ni reproche ni compasión. Entonces comprendió que no huía de un lugar, sino de algo que todavía no podía nombrar. Finalmente llegó la noche de la Luna Clara. Ella le tomó la mano y salieron juntos. El firmamento parecía celebrar su aparición: las Pléyades brillaban con una intensidad inusual y el resto de las estrellas titilaba como si participara de una fiesta antigua. Los habitantes de la comarca vestían trajes coloridos y los rostros severos habían sido reemplazados por máscaras festivas. Fogatas altas como cipreses ardían a lo largo del valle, y los niños corrían libres junto al río, que reflejaba la noche de todos los tiempos. Y, sin embargo, algo lo inquietaba. Había un detalle que, como una premonición, lo mantenía desconfiado. Cuando comprendió de qué se trataba, supo que ya no importaba. No oía nada. No era que las fogatas hubieran dejado de crepitar. No era que el río se hubiera detenido ni que el viento hubiese cesado. Todo seguía allí, delante de él. Veía las llamas elevarse hacia el cielo, veía a los niños correr, veía las máscaras danzar bajo las estrellas. Pero no oía nada. El mundo entero se movía detrás de un cristal invisible. Entonces el silencio lo invadió. Se le metió en los huesos, le llenó los ojos y le cerró la boca. Descendía desde el cielo, revoloteaba entre los árboles y se escurría bajo sus pies. Le arrebataba el mundo y lo aislaba. Comenzaron a desdibujarse nombres, amores y caminos; a borrarse triunfos, derrotas y cicatrices; a desprenderse sonrisas y voces. Quiso aferrarse a un último recuerdo: al agua fresca corriendo entre las piedras, al rumor saltarín que había escuchado, a aquel manantial. Y cuando finalmente no quedó nada por olvidar, se dejó caer en él como quien regresa a casa. El silencio sería su mortaja.
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