El contenido a publicar debe seguir las normas de contenido caso contrario se procederá a eliminar y suspender la cuenta.
¿Quiénes pueden ver este post?
Selecciona los planes que van a tener acceso
El manantial de los silencios
Ya hacía más de un par de horas que se había alejado del camino principal. Y lo que entonces le había parecido una idea acertada ahora se revelaba como la certeza de un error irremediable. Sin embargo, no se arrepentía: ya de nada le servía. Más le valía concentrarse en dar un paso tras otro y avanzar a través de aquel pedregal estéril que parecía engullirlo con su lenta y severa quietud.
El sol, impiadoso, inspeccionaba el páramo desde el cenit. Ni una brisa se animaba a desoír el mandato de la canícula, y un silencio denso y abrumador anunciaba un único desenlace posible.
El hombre se pasó el antebrazo por la frente sudorosa y, entrecerrando los ojos, recorrió el horizonte en busca de algún indicio de esperanza. De un espejismo, siquiera.
Pensaba “No debe haber nada peor que una vida inauténtica, una vida de suma cero. Un torrente inabarcable de pura nada, de absoluto vacío; de apuros y ansiedades por llegar rápido a ninguna parte, para no hacer nada y donde nadie nos espera.”
Consultó una vez más la brújula, más por instinto que en busca de orientación. Hacía rato que había abandonado la razón junto a la caramañola vacía y la había reemplazado por la obstinación, último reducto de lo que le quedaba de conciencia.
Regresar no era una opción. Cada paso que diera en dirección contraria lo alejaría del único motivo por el que había emprendido el camino.
—No debe haber peor cosa que transitar este puñado de días enfermos de cotidianeidad, escapando del silencio por miedo a que nos aturda; viviendo en casas sin espejos que nos muestren en qué nos transformamos —mascullaba con la garganta rasposa y la vista nublada, como queriendo convencerse.
Con la boca reseca y la sien latiéndole acompasadamente, sentía la piel arder bajo la camisa. Intentaba hilvanar pensamientos racionales, pero casi de inmediato comenzaba a delirar. Murmuraba oraciones rescatadas, incomprensiblemente, de su niñez. A ratos canturreaba y, de pronto, se dejaba llevar por una risa incontrolable. A la decisión momentánea de sobrevivir le seguía la incoherencia persistente de abandonarse en jirones.
—No debe haber peor cosa que vivir sin riesgos, sin equivocaciones a la vuelta de la esquina, y descubrir un día cualquiera que ya no disfrutamos de las pequeñas maravillas escondidas para ser encontradas la noche menos pensada- se decía.
Despertó con la noche ya entrada. La cabeza le explotaba y era incapaz de incorporarse. Hasta abrir los ojos estaba más allá de sus fuerzas. Aguzó el oído, aunque tampoco podía confiar en él: le llegaba el sonido fresco y saltarín de un hilo de agua que corría no muy lejos.
Hizo un esfuerzo descomunal.
Un manantial.
Voces desparramadas por el viento Norte parecían acercarse, pero casi de inmediato se alejaban, indiferentes. Intentó recordar algún rezo aprendido en el regazo de su madre y que llevaba siglos olvidando.
Con la luna nueva en lo alto del firmamento, por fin llegaron. Lo encontraron asido a la vida por el último hilo de aliento. Lo alzaron con cuidado, lo acomodaron en la angarilla y lo trasladaron hasta el fondo de la quebrada. Anduvieron en silencio, para no distraer a la Muerte de sus otras obligaciones.
Cuando llegaron a la toldería, las miradas severas de los caminantes encontraron los rostros adustos de quienes los recibieron al abrigo de fogatas que flameaban sin crepitar. Uno a uno se volvieron pausadamente y siguieron con la vista cansada a la comitiva.
Ni una voz, ni un ladrido, ni siquiera un crujido quebraron la inmensidad profunda de la noche mientras atravesaban la estancia común. El silencio, pesado como una maldición, los seguía y fue el único testigo de la entrega.
La Doncella permanecía de pie. Los esperaba desde siempre.
Lo descargaron con cuidado al pie del Menhir y se alejaron sin alzar la vista.
Apenas respiraba y, entre destellos de conciencia, presintió la calidez de la Vida. Ella lo miraba y el dolor cedía; le acariciaba y los sentidos despertaban; le susurraba al oído y un perfume dulce lo envolvía. Se dejaba hacer, como antes se había dejado cargar y, aunque aún no lo sabía, despertaría como nunca antes había despertado.
Había perdido la cuenta de las salidas y puestas del sol que animaban la entrada de la caverna. Su única compañía era aquella mujer que le prodigaba cuidados con un amor infinito y en absoluto silencio. Lo alimentaba, saciaba su sed, lo aseaba y acicalaba como a un niño, como a un rey.
Apenas recuperó las fuerzas intentó comunicarse. Preguntó, se inquietó e incluso ensayó fugas y rebeldías; probó con palabras, señas y amenazas; inició huelgas de hambre e intentó lo imposible. Pero cada iniciativa culminaba en fracaso ante aquellos ojos claros de mirada transparente y aquella desnudez intangible que lo seducía en las penumbras.
Finalmente llegó la noche de la Luna Clara. Ella le tomó la mano y salieron juntos.
El firmamento, de fiesta, los recibió anhelante, con las Pléyades alborozadas y el resto de las estrellas titilando con más intensidad para no quedarse afuera. Los habitantes de la comarca vestían trajes coloridos y los rostros adustos habían sido reemplazados por máscaras festivas. Todo era alborozo en aquel rincón del valle, al fondo de la quebrada: fogatas resplandecientes, altas como cipreses, y niños correteando libres y despreocupados. El viento recorría el paisaje, incansable y atento, y el río reflejaba la noche de todos los tiempos.
Y, sin embargo, algo lo inquietaba. Había un detalle que, como una premonición, lo mantenía desconfiado.
Pero cuando comprendió de qué se trataba, supo que ya no importaba.
No oía nada.
No era que las fogatas hubieran dejado de crepitar. No era que el río hubiera detenido ni que el viento hubiese cesado. Todo seguía allí, delante de él. Veía las llamas elevarse hacia el cielo, veía a los niños correr, veía las máscaras danzar bajo las estrellas.
Pero no oía nada.
El mundo entero se movía detrás de un cristal invisible.
Lo invadió el silencio.
Se le coló por los huesos, le llenó los ojos y le cerró la boca. Descendía desde el cielo, revoloteaba entre los árboles y se escurría bajo sus pies. Le robaba, lo aislaba.
Comenzaron a desdibujarse nombres, amores y caminos; a borrarse triunfos, derrotas, cicatrices; a desprenderse sonrisas y voces.
Quiso aferrarse a un último recuerdo, al agua fresca corriendo entre las piedras, al rumor saltarín que había escuchado, al manantial aquel.
Y cuando finalmente no quedó nada que olvidar, se dejó caer en él como quien regresa a casa.
El silencio sería su mortaja.
Ver más
Compartir
Creando imagen...
¿Estás seguro que quieres borrar este post?
Debes iniciar sesión o registrarte para comprar un plan