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José Pablo López

Escritura y literatura
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Entre bronces y ausencias (parte 1 de 2)

La culpa Los días del general Miguel Andrés Fonseca transcurrían lánguidos y morosos aquel verano; horas calcadas, unas de otras, se descolgaban despreocupadas del viejo reloj de pared, bajo la silenciosa bandera raída y del inevitable retrato del Generalísimo Ovidio Lizárraga, líder de la Revolución. Sus ojos, fatigados por atender tantas papeletas inútiles, buscaban refugio del otro lado de la ventana, a la espera de que algún absurdo rasgara la monotonía del extenso campo de tierra reseca y arbustos ralos que se extendía entre el cuartel y el muro exterior. Pronto vendría su asistente, otrora orgulloso edecán, devenido enla involuntario compañero de destino, a avisarle que la cena estaba servida. Apenas un par de suaves golpes en la puerta bastaban para poner fin a su tediosa labor de oficinista, que lo narcotizaba unas horas solo para devolverlo al laberinto de interminables noches en vela, donde repasaba cada giro del destino. Con la vista fija en el cielorraso, los sonidos apagados de la noche lo condujeron otra vez hacia aquella estirpe militar enraizada en el bronce desde los días del General Eusebio Fonseca, su abuelo, y engrandecida con su padre y sus tíos, cuyos nombres aún convocan al toque de clarín cada aniversario de sus caídas. El sudor, como una segunda piel, lo adhiere al camastro donde la vigilia se hace eterna. Sin una brisa que alivie el calor, bajo la pálida luz de la luna, que lo contempla con desdén, soporta estoico el lento asedio de los recuerdos. Se ve a sí mismo, no tantos años atrás, marchando orgulloso, con paso firme, el uniforme impecable y el pecho cubierto de medallas y condecoraciones. Al frente de su compañía, avanzaba hacia la Campaña de la Consolidación. Le habían confiado el honor de asestar el golpe final. Su apellido, cargado con el peso de una estirpe militar heredera de una tradición centenaria había inclinado la decisión por encima de otros generales más antiguos y experimentados. Nada podía interponerse entre él y la gloria. El legado familiar estaba en buenas manos. Para algunos, aquello había sido una afrenta difícil de olvidar. La noche no le brindaba sosiego alguno. La humedad de la selva brotaba de cada poro de la pared, la oscuridad densa y hostil le oprimía el pecho, y el estruendo del río al precipitarse por la cascada le robaba el aire. Hubiera querido gritar, pedir auxilio, liberarse de la maldición que, con saña, consumía lo poco que le quedaba de cordura. Pero no le estaba permitido huir de su destino. Debía padecer, como un Sísifo moderno, reviviendo cada noche aquel infierno que había sellado su destino. Intentaba comprender cómo podía haberse extraviado el despacho militar que le advertía de la presencia del enemigo agazapado en aquella quebrada. No entendía cómo podía un ejército irregular y en desbandada haber sido capaz de una ofensiva tan audaz y precisa. Mucho menos podía explicarse que nunca hubieran llegado los refuerzos solicitados, no una sino cinco veces esa noche, cuando ya toda resistencia parecía inútil. Por fin, el alba se asomaba, lenta y tímidamente por el horizonte, rescatándolo, una vez más, del delirio interminable de la memoria. Dos cortos golpes del asistente, y otra vez, la rutina lo rescataría de perpetua letanía de lamentos y súplicas que provenían de las trincheras y lo encadenaban a la culpa que jamás expiaría. Pero esos mismos golpes lo devolverían, inevitablemente, al purgatorio de una oficina donde se ocultaría, entre documentos intrascendentes y firmas innecesarias, lejos de la ominosa verdad que lo retenía. La quebrada Apenas se cerraron las puertas del fuerte tras la partida de la Compañía del Monte, la vida del cuartel pareció olvidarlos de inmediato. Una campaña relámpago destinada a aniquilar el último foco rebelde despertó apenas algún comentario casual entre la oficialidad. El entusiasmo de Fonseca, convencido de que aquella victoria reverdecería los viejos laureles de su estirpe, contrastaba con la apatía generalizada. El ritmo marcial de los primeros kilómetros dio paso muy pronto a la marcha relajada de la soldadesca, como si se dirigiera a una maniobra más. Solo Fonseca mantenía el rictus severo y la mirada fija en el camino mientras avanzaba, orgulloso, al frente de la columna. Mientras marchaba, no pudo evitar recordar la ausencia de Mansilla y Fernández en la formación de despedida. Le extrañó, aunque terminó por atribuirla a las viejas rivalidades del Estado Mayor. El silencio que había seguido al anuncio del Generalísimo tampoco le pareció entonces más que una muestra de la habitual frialdad del alto mando. La preparación había comenzado un par de meses antes, en absoluto secreto. Con el objetivo definido, el Estado Mayor había compartimentado la planificación entre las distintas áreas. Inteligencia recopilaba información sobre los movimientos enemigos; Topografía reconocía el terreno y levantaba mapas de las densas áreas selváticas; Logística organizaba el abastecimiento, las comunicaciones y el desplazamiento de las tropas. Solo un reducido grupo conocía el verdadero alcance de la operación. La prudencia era indispensable. El intenso comercio clandestino entre el territorio anexado por el Ejército Libertador y los dominios que comenzaban más allá de la selva y las altas cumbres del oeste convertía cualquier indiscreción en un riesgo potencial. Para el resto de la guarnición, ingenieros y topógrafos trabajaban, oficialmente, en el reconocimiento de futuras rutas destinadas a impulsar el comercio de la región. El Generalísimo entregó personalmente a Fonseca la orden de operaciones. A partir de ese momento, toda solicitud de información o apoyo debía canalizarse por los conductos establecidos: Inteligencia, a cargo del general Mansilla; Topografía, bajo la responsabilidad del teniente coronel Fernández; y Logística y Comunicaciones, dirigida por el alférez Martínez. Era el procedimiento habitual y Fonseca no encontró motivo alguno para desconfiar. Poco antes del atardecer, la compañía llegó al punto establecido para el último descanso antes de internarse en la selva. La última noche en el llano transcurrió entre guitarras, fogatas, conversaciones intrascendentes y chanzas propias de una tropa relajada y confiada. Solo en la tienda del general Fonseca se respiraba una tensión ajena al resto del campamento. Mientras los soldados se entregaban al descanso, él repasaba una y otra vez los mapas junto a los suboficiales Zelaya y Pereyra, revisando rutas, tiempos de marcha y posibles contingencias. El sendero que se dirigía hacia el noroeste seguía pareciéndole la alternativa más conveniente. Era el itinerario más corto y, además, atravesaba un terreno de menor pendiente y con una cobertura vegetal menos densa. Incluso para sus limitados conocimientos de topografía, ofrecía mejores condiciones para mantener la cohesión de la columna y reducir el riesgo de una emboscada. Fernández había coincidido inicialmente con esa apreciación. Sin embargo, cuando el plan definitivo llegó desde el Estado Mayor, el itinerario había sido modificado. El nuevo recorrido obligaba a internarse por una quebrada más estrecha y cubierta, una decisión que el jefe de Topografía justificó escuetamente aludiendo a información reciente suministrada por Inteligencia. Fonseca no insistió. Era razonable suponer que aquellos informes contenían datos a los que él no tenía acceso y que las decisiones adoptadas por el Estado Mayor respondían a una evaluación más amplia que la suya. Aceptó la modificación y continuó con los preparativos. Ahora, bajo el intenso fuego enemigo que desde el mediodía los diezmaba sin misericordia, apenas protegidos por precarios parapetos naturales y con el barro aferrándose a sus botas, Fonseca intentaba comprender qué había fallado. Zelaya había sido de los primeros en caer bajo la metralla enemiga y Pereyra había desaparecido hacía horas entre el humo y el estruendo de la batalla. Había seguido, sin hesitar, la estrategia convenida. No había dudado siquiera cuando, con las primeras luces del alba, el propio Fernández se acercó al campamento para entregarle la última versión del mapa y un cuaderno con anotaciones que, según sus palabras, contenían información vital. Bajo las balas que silbaban a su alrededor recordó aquel último abrazo, demasiado breve y vacío de convicción, y sintió por primera vez que algo no encajaba. Desde las precarias trincheras, órdenes contradictorias se mezclaban con rezos y maldiciones. Los oficiales arengaban a la tropa, con la voz quebrada por el cansancio, asegurando que los refuerzos estaban por llegar. Tal vez ellos mismos necesitaban creerlo. El operador de radio insistía una y otra vez en la solicitud de apoyo. La respuesta era siempre la misma: —No logro establecer contacto. En los breves momentos en que el fuego enemigo concedía una pausa, el general Fonseca evaluaba la situación casi por reflejo. Reforzaba posiciones, reorganizaba hombres, retiraba heridos del frente y enviaba nuevos mensajeros hacia el puesto de comunicaciones. Pero una parte de su conciencia regresaba una y otra vez al compromiso asumido por Mansilla: los refuerzos estarían disponibles ante cualquier eventualidad. Recordaba también el informe confidencial que describía al último reducto rebelde como en estado de “extrema precariedad”. Nada de aquello coincidía con lo que estaba ocurriendo. La lluvia comenzó a caer nuevamente sobre la quebrada. La tarde se apagaba entre el barro, los gritos y el estruendo de los disparos. Con las últimas luces del día, Fonseca comprendió que ya no esperaban una victoria. Apenas esperaban sobrevivir a la noche.
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