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Jardín de los Ecos
Anoche soñé que soñaba. Y en el fondo más hondo de aquel sueño sereno, mientras la noche respiraba como un animal dormido, aprendía...
En mi sueño caminaba por un sendero que se perdía más allá del horizonte; un camino sinuoso, entre bosques donde los árboles murmuraban secretos antiguos y las luciérnagas quedaban suspendidas en el aire como pequeñas almas encendidas. A veces me abrazaban trinos de pájaros invisibles y alguna brisa fresca me reconfortaba, como caricia de mi madre. Otras veces, en cambio, el silencio se volvía espeso y solo mi sombra me chistaba desde el suelo.
Mientras avanzaba, sumido en pensamientos que no eran del todo míos, me crucé con toda clase de gentes. Algunas rumiaban a mi paso y me miraban con desdén, mascando palabras oscuras como quien profiere maldiciones olvidadas. Eran los conformistas y conservadores, los que medran del poder y engordan en la mesa de los que mandan. Caminaban orondos, convencidos de que la libertad consiste en elegir siempre el bando de los que ganan. Pero cada vez que uno de ellos reía, los árboles se entristecían. Y cuando hablaban de inteligencia, el sol se apagaba un instante, ofendido por tanta medianía.
Más adelante, en un recodo donde hasta el viento pasaba de largo por miedo o por vergüenza, descansaban los hombres tibios, los tímidos y pusilánimes; los que eligen las aguas calmas y los días templados. Eran peces de estanque y pintaban sus vidas con colores pasteles que se borraban a la primera lluvia. Algunos llevaban espejos colgados del cuello, pero no mirarse: sabían de sobra que no tenían el coraje de enfrentar su propio reflejo. Pensé entonces en lo difícil que debe ser mentirse cada mañana mientras el alma golpea por dentro como un pájaro encerrado. Me alejé raudamente pensando que quizá aún no habían descubierto que la vida solo se vive una sola vez. O peor todavía: que tal vez lo sabían y estaban enfermos de cobardía.
En un tramo brumoso de la senda escuché súplicas y lamentos. Vi al costado del camino un pozo profundo y de boca angosta. Me acerqué con cuidado. Hedía a aguas servidas y a flores podridas. En el fondo, donde no llegaba ni la luz ni la esperanza, se retorcían los de sangre negra y alma pálida: los que esparcen rumores maliciosos y sonríen con mirada torva mientras siembran podredumbre en las casas ajenas. Cada mentira que pronunciaban se transformaba en sapos húmedos que les brotaba de la boca. Y aunque rogaban salir, el pozo parecía alimentarse de sus lamentos. Pensé que esa gente desdichada necesitaba empezar a temerle a Dios antes de que Dios termine olvidándose de ellos.
Seguí caminando en mi sueño y, cerca ya del alba, cuando el cielo comenzaba a desteñirse como una acuarela mojada, me crucé con un gentío que me invitó a compartir su vianda. Apenas me senté entre ellos, me reconocí. Eran los inconformistas, los ilusos, los optimistas; los que todavía luchan por causas justas aunque parezcan perdidas y se arriesgan a navegar aguas profundas aun con tormenta. En aquella banda multicolor la esperanza era contagiosa: las heridas cicatrizaban más rápido y el pan alcanzaba para todos. Andaban livianos de equipaje, miraban a los ojos con franqueza y reían con risa limpia de los niño que fueron. Eran sinceros, confiados y confiables; gente que no mide la vida en minutos apurados y que siempre pierde cuando intercambia monedas: gente que todavía cree no tienen precio las cosas de verdad valen.
Entonces alguien apoyó una mano sobre mi hombro y el bosque entero comenzó a inclinarse lentamente, como si el mundo fuese apenas un barco dormido. Me desperté del sueño que soñaba y, aún abrazado a la almohada, sentía en la espalda el rigor de las ramas y el perfume húmedo de la tierra que late y sonríe.
Y todavía hoy no sé si soñé que soñaba… o si los elfos traviesos, esos que viven escondidos entre las grietas de la madrugada, me llevaron de paseo al Jardín de los Ecos.
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