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La inmensidad de pensarte
El hombre camina perdido en la inmensidad de la Puna.
El sol cae impiadoso sobre su espalda, la sed, infinita, le raspa la garganta y el aire se adelgaza a cada paso. Las esperanzas de sobrevivir son pocas, casi ninguna.
Pero piensa en ella.
Camina con las últimas fuerzas que le quedan. Cada paso es más torpe que el anterior. Trastabilla. Cae. La tierra áspera le abre la piel de las manos cuando intenta sostenerse. Permanece un momento inmóvil, respirando como si el mundo entero pesara sobre su pecho.
Entonces, sin saber muy bien por qué, levanta un par de piedrecitas de basalto. No las elige. Solo toma dos que parecen haber saltado a su mano ensangrentada.
Las mira. Son oscuras, simples, insignificantes. Pero piensa en ella.
Y en regalárselas. En entregarle ese par de casquillos negros que, en su mente afiebrada, tienen el valor de una promesa.
Cierra los ojos. En un instante infinito, siente la calidez de su piel rozando la suya cuando le alcanza las piedrecitas. Ella sonríe apenas. Él dice algo torpe, alguna tontería que ni siquiera escucha del todo. Pero aprovecha la cercanía. Se inclina un poco, como si fuera a besarla.
No se animará. No corresponde, no debe ni puede siquiera pensarlo. Pero confía, eso sí, en que ella sienta el latir desbocado de su corazón.
Tal vez haya sido ese instante. Esa esperanza irreverente. Ese amor que nunca despertará del todo.
Tal vez haya sido un milagro. O una prosaica casualidad.
Pero cuando abrió los ojos nuevamente, estaba en el campamento minero de Cortaderas. Tenía el par de piedrecitas de basalto en la mano. Y una vez más, pensó en ella.
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