Iván caminaba cabizbajo por la alameda, ajena a sus preocupaciones. Sus pasos lentos no lograban disimular el desasosiego que lo acompañaba desde hacía semanas, y su mirada ausente pasaba por alto los pequeños milagros que ocurrían a su alrededor: el temblor de las hojas bajo la brisa, el destello de un gorrión entre las ramas, la luz pálida del invierno filtrándose entre el follaje.
Demasiado hundido en sus pensamientos, avanzaba mientras el viento intentaba colarse por debajo de la bufanda. Su rostro, inmóvil, recibía sin resistencia los escasos rayos de sol. En sus ojos claros se adivinaba un cansancio más antiguo que el cuerpo, una fatiga que no provenía de los años sino de algo más difícil de nombrar.
Al fin, la realidad lo había alcanzado. Aquella mañana había recibido la noticia que venía temiendo desde hacía tiempo, y comprendió que ya no podía seguir refugiándose en la rutina.
Llegó hasta la pérgola y se dejó caer en el primer banco que encontró. Cerró los ojos y dejó escapar un largo suspiro, como si quisiera vaciarse de toda pena. A su alrededor el parque seguía viviendo: voces lejanas, risas dispersas, trinos intermitentes y, de vez en cuando, alguna bocina que llegaba amortiguada desde la avenida. Pero nada de eso conseguía atravesar el muro de sus pensamientos.
Con las manos apoyadas sobre el bastón que descansaba entre sus piernas, intentó rezar. Escarbó entre los recuerdos de la infancia en busca de alguna oración aprendida en el regazo de su madre, cuando la esperanza todavía parecía una fuerza natural. No encontró palabras. Finalmente se aferró a una súplica más simple, la única que le quedaba a un corazón cansado.
Entonces una lágrima comenzó a deslizarse por su mejilla.
En ella viajaba una certeza dolorosa: la de haber vivido demasiado tiempo corriendo hacia ninguna parte, atrapado en un torbellino de obligaciones, apuros y expectativas que lo habían alejado de sí mismo. Comprendió, con una claridad que lo estremeció, que tal vez no hay nada peor que transitar los días huyendo del silencio por miedo a escuchar lo que realmente somos.
Abrió los ojos de golpe.
Frente a él, una niña intentaba atrapar hojas secas que el viento levantaba como mariposas amarillas. Reía cada vez que una se le escapaba de las manos. Más allá, un hombre mayor compartía migas de pan con las palomas, y una pareja discutía en voz baja mientras se tomaba de la mano.
Iván observó la escena durante un largo rato.
Había pasado años esperando grandes acontecimientos, sin advertir la cantidad de pequeñas maravillas que ocurrían todos los días. Tal vez el arte de vivir no consistiera en alcanzar una meta definitiva, sino en aprender a mirar: en detenerse a tiempo, en abrazar sin apuro, en agradecer la presencia de quienes todavía permanecen a nuestro lado.
La lágrima terminó de caer.
Por primera vez en mucho tiempo, no intentó secarla.
Se quedó allí, bajo la pérgola, escuchando el viento entre los árboles y aceptando que quizá aún no era demasiado tarde para reconciliarse con la vida.
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