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José Pablo López

Escritura y literatura
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Loma Colorada

El invierno que se avecina se hace sentir esa mañana. El viento frío y húmedo se confabula con el cielo plomizo para componer un paisaje desanimado, lleno de ausencias y olor a tierra seca. La vieja estación abandonada, con sus paredes descascaradas de un amarillo pálido y raído, parece una invitación permanente a remembranzas dolorosas de aquello que alguna vez pudo ser. Y sin embargo, él espera. Con gesto adusto, de pie sobre el andén y la mirada perdida en el horizonte —allí donde las vías hacen una curva y desaparecen detrás de la Loma Colorada—, Rogelio aguarda. El cartel en el que todavía puede leerse el nombre de la estación resiste, intrépido, las ráfagas insolentes del sur. Los escasos arbustos que sobreviven en el descampado permanecen indiferentes ante la ansiedad del hombre que, sosteniendo un ramo de flores raquíticas, mira y espera. A veces revisa el reloj aunque hace años dejó de funcionar. Lo hace por costumbre, como quien consulta un oráculo roto. Un ladrido lejano recorta el silencio inhóspito y ni siquiera el sol parece decidirse a bendecir ese páramo olvidado por Dios y por la Ferroviaria Nacional. Si alguien quisiera retratar la soledad, el olvido y, al mismo tiempo, la vocación irreductible de la esperanza, bastaría con mirar ese andén. Un campo vasto de tierra reseca, atravesado por rieles que corren de norte a sur y conectan aquel paraje con kilómetros de desierto, más allá incluso de donde alcanzan los anhelos. En medio de la nada, entre ventiscas terrosas y olor a hierro viejo, se levanta la antigua construcción como un eco lastimero de tiempos de promesas y futuros; ahora, apenas una postal de desidia. Las ventanas vacías parecen observarlo. A cierta hora de la tarde, cuando el viento sopla desde las salinas, las bisagras oxidadas murmuran, con voces cansadas, fragmentos de conversaciones antiguas. Rogelio las escucha, aunque necesita ignorarlas. Al fondo se dibujan, desde siempre, los límites de los sueños en los ásperos contornos de la montaña inmutable. Y al frente, el terreno ferroviario se prolonga hacia el propio infinito, convertido en un desierto de arena fina y dunas de indiferencia. A un universo de distancia, bajo un cielo matizado por estrellas que apenas logran adivinarse detrás del velo enrarecido de la Gran Ciudad, Natalia enciende el único cigarrillo que se permite al día. Una agradable brisa otoñal entra por el balcón y le desordena el cabello. Apoyada sobre la baranda, con la mirada llenándose de noche y de luces, se deja llevar. Por un momento no existen la cena a medio preparar, la pila de ropa acumulándose en el lavadero, los horarios de entrada y salida del colegio de Carlitos, las puntadas pendientes ni las cuentas por pagar. Por un instante existe solamente ella y un pasado que se le cuela por cada costura del alma y que intenta retener con cada pitada. Cada noche sale al balcón y regresa a aquella estación. Al silbato del tren que la alejaba para siempre de su infancia, de su adolescencia y de su primer beso. Hace tiempo que ya no llora. Se me secaron las lágrimas, piensa. Apenas una mueca le arruga el ceño de vez en cuando y recuerda. Recuerda su llanto mezclándose con el traqueteo de las vías. Recuerda a Rogelio, inmóvil sobre el andén, como si todavía no pudiera creerlo. Recuerda la promesa que no cumpliría. Y recuerda, también, que incluso entonces ya sabía que jamás volvería. O eso creyó. Apaga el cigarrillo, se distrae un instante con las begonias y apaga la luz. Abandona el balcón y regresa a su vida mundana, colocándose la máscara con la que miente y se miente. Y entonces escucha el silbato. Desde hace algunas semanas ocurre algo extraño. Cada noche, exactamente a las once y diecisiete, el departamento entero vibra apenas, como si un tren invisible pasara debajo de los edificios. Las cucharitas tintinean solas dentro de la alacena. El agua del florero dibuja círculos concéntricos. Y desde la calle asciende, imposible, un silbato lejano. Natalia nunca le contó a nadie. La primera vez pensó que era cansancio. La segunda, casualidad. Pero ahora espera ese sonido con el mismo miedo con que se espera una verdad. Desde hace tiempo, un perfume extraño invade el balcón, cada vez más intenso. Natalia se inclina, dudosa, sobre la lavanda, pero el aroma es otro, más dulzón, más lejano… Esta noche el silbato vuelve. Más cercano. Más nítido. El perfume es más intenso que nunca y la mesita del balcón aparece cubierta de un polvo rojo. Tierra de la Loma Colorada. Y en la estación abandonada, a cientos de kilómetros, Rogelio levanta lentamente la cabeza. El viento cesa de golpe. Los arbustos se inmovilizan. Hasta las chapas oxidadas contienen el aliento. Entonces, desde detrás de la Loma Colorada, aparece una luz. No debería haber trenes en esa vía desde hace treinta años.
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