No supe cuánto lo necesitaba hasta tiempo después.
Caminaba por las calles semivacías de mi barrio, camino hacia la plaza del Centenario, bajo la generosa tibieza de una mañana invernal que parecía ralentizar las manecillas del reloj.
Sábado ligero y sin agenda, mis pasos despreocupados me llevaban alternando entre aceras en un fútil intento de cobijarme bajo los raquíticos rayos de sol que apenas conseguían filtrarse entre edificios desvencijados y tristes. Con cada paso sentía que comenzaba a desdibujarme, a fundirme en ese paisaje urbano que tantas veces había transitado ajeno y que, sin embargo, aquella mañana me reclamaba con una voz diferente.
Cavilando con la mirada fija en un punto lejano, entrecerraba los ojos cada tanto cuando una ventisca iracunda me despabilaba a empellones. Avanzaba con simpleza y estiraba ese mínimo instante en el que no había objetivos, ni destino, ni motivo. De a poco, paso a paso, entre baldosas flojas y algún bocinazo lejano, la realidad dejaba lugar a ese otro universo que me reclamaba. Los impredecibles bordes entre lo infinito y lo fugaz se volvían difusos, indescifrables, inevitables. Empezaba a sospechar que ya no caminaba en solitario; que memorias oxidadas reemplazaban las geografías y que voces de otros tiempos me convocaban en silencio.
Entraba en ese terreno incierto donde los actos cotidianos recuperan su condición de milagro, donde los recuerdos saben a caramelos Media Hora y el tiempo deja de avanzar para empezar a superponerse. Allí se entrelazaban añejas alegrías con presentes de apuros y de agobios.
El reloj, definitivamente detenido, había renunciado a ordenar el tiempo. Ahora se limitaba a reunirlo.
Un niño me tiró del saco. Lo miré y nos reconocimos al mismo tiempo con la familiaridad de quienes nunca dejaron de verse. Sus ojos no me preguntaban quién era; parecían esperar que, por fin, lo reconociera. Me pidió, casi con desesperación, que me detuviera un instante, que compartiéramos juntos el silencio de la noche hasta que despuntara la alborada. Intenté alejarme, ponerme a resguardo de su voz —que era la mía— y de su llanto —que era de ambos—.
Un ventarrón oscuro, doblando desde la esquina, me zamarreó impiadoso para abandonarme en la pérgola que, de pura aburrida, hacía malabares con la luna y un par de estrellas distraídas. Había dejado atrás al niño, pero tuve la certeza de que seguía caminando unos pasos detrás de mí.
Recostado en un farol, un joven apenas se sobresaltó y me ignoró con mirada ausente. Escondía su tristeza detrás de plantines achaparrados y una angustia que venía de lejos se encaramaba en la tipa solitaria. Fingí no verlo y disimulé cuanto pude, pero ambos sabíamos que conocía su pena y sus sueños rotos, porque aunque desteñidos, también eran los míos.
Fruncí el ceño en un vano intento por retener una lágrima rebelde que comenzó a rodar desde el lado izquierdo del pecho, pero antes de darme cuenta un perfume dulzón, como de azahares encendidos, me devolvió a aquellas ferias donde perdí la inocencia.
Ráfagas como parpadeos. Multitud de voces agolpándose alocadas. Luego, el silencio denso, infinito y pesado. Noches de tormenta sucediendo a días ambiguos, con el tedio de lo cotidiano.
Sentí que se me desgajaba el alma por haber llamado, tantas veces, esencial a lo contingente y por haber postergado lo necesario tras la pila de lo urgente. Tuve la certeza entonces que el pasado no venía a saldar cuentas, sino a devolver la perspectiva; que el tiempo no reprocha: apenas ofrece, de vez en cuando, la posibilidad de volver a mirarlos.
Tal vez por eso salí a caminar aquella mañana. No para llegar a ningún sitio, sino para encontrar el único lugar del que llevaba demasiado tiempo ausente.
Regresé a casa con la sospecha de que nunca había caminado solo. Metí la mano en el bolsillo buscando las llaves. Antes de abrir la puerta miré hacia atrás. La calle estaba vacía. Sonreí. Entré.
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