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José Pablo López

Escritura y literatura
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Martes feriado

Martes feriado. El silencio de las calles contrasta con los martes anónimos de siempre y el sol, apenas tibio, promete reemplazar los días grises y escuálidos que tiñeron el fin de semana largo. Hoy amanecí enredado entre las sábanas e hice pereza un rato con la esperanza de que la luz, que se filtraba descaradamente por la celosía, ahuyentara los malos sueños. Me vino a la mente, mientras me cepillaba los dientes, el verbo confluir. Y por alguna razón misteriosa, me acompañó mientras me preparaba el café y las tostadas se quemaban, como cada mañana, en el tostador que prometo -una vez más- reemplazar esta misma semana. Confluir. Ni siquiera el diario, que recuerda como cada año esta fecha tan dolorosa para el país puede alejar esa palabra que el espejo me susurró más temprano. Confluyen los ríos, mezclando sus aguas y haciéndose más caudalosos; confluyen las ideas para dar luz a otra más completa, más compleja; confluyen las personas para unirse y avanzar; confluye la diversidad para multiplicarse. Y mientras camino hacia la plaza, con el silencio aislándome de la fresca brisa, comienzo a sospechar que hay algo más en esa palabra que me acompaña persistentemente. Confluyen los esfuerzos para alcanzar metas distantes, las voluntades para transformar realidades, las voces de un coro para crear maravillas; confluyen los sueños para construir eternidades a partir de pequeños instantes. Sentado en el banco de siempre, se acercan las palomas más valientes o quizás, las más hambrientas. Tal vez desilusionadas porque no reciben su ración de pan, revolotean alrededor, displicentes, ignorando al viejo que masculla una única palabra con la mirada perdida en algún rincón del pasado. Confluir es algo más que juntarse en muchedumbres alborotadas, es algo diferente a vocinglerías con consignas color sepia. Confluir no es amontonar: un montón de piedras no hacen una montaña; confluir no es sumar sin sentido sino construir con un propósito; no es coincidir sino encontrarse. Mientras rehogo la cebolla con la cuchara de madera heredada de un antiguo matrimonio y agrego el tomate y los condimentos, la casa se llena de aromas a aquellos mejores tiempos. Intento una sonrisa pero se queda a mitad de camino y en mi rostro se eterniza una mueca triste. Esta vez, mi palabra del día, que ya comienza a atormentarme acude, sin embargo a rescatarme. Confluyen los ingredientes de mi salsa para combinar sabores: no se mezclan al azar, no se revuelven sin motivos, no se agregan sin criterio. La magia, que tiene forma y aroma de fideos con salsa, transforma un martes feriado y soleado en el mejor día de la semana. Y es que es el momento insustituible en que confluye mi familia, con sus risas, sus disputas y los rituales habituales. Y es entonces cuando entiendo lo que me dijo el espejo esta mañana.
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