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Primera Noche
Empezó a leer Noches blancas sin saber que esa primera página iba a desarmarlo. No fue el silencio ni el cansancio sino por una pregunta que apareció de pronto, como si lo hubiera estado esperando desde siempre: ¿por qué, en un mundo con tanta belleza existe tanto enojo, tanto desvarío?
Dostoievski hablaba del cielo pero a él le parecía una gran paradoja que le resultaba cruel y había intentado domesticar por años domesticarla con respuestas prestadas —el Paraíso perdido, la culpa original, la caída— pero todas le sonaban ingenuas, demasiado limpias para un dolor tan persistente: le atormentaba pensar en la belleza gratuita, excesiva conviviendo con la furia sin explicación.
Siguió leyendo, aunque la pregunta ya no lo dejaba en paz. Podía mirarla desde el nihilismo, podía refugiarse en el existencialismo —esa forma elegante de aceptar el absurdo sin llorar—, pero nada alcanzaba. El corazón seguía inquieto y la idea del Paraíso perdido, siempre le resultó ingenua, simplista, incluso naïf.
Antes de avanzar, volvió atrás. Releyó el epígrafe que recordaba de otra edición, ausente en esa copia gastada que tenía entre manos. Lo buscó de memoria, como quien palpa una cicatriz conocida: ¿O fue creado para estar siquiera un momento en las cercanías de tu corazón?
Entonces ocurrió algo mínimo y decisivo. No una revelación, no una respuesta definitiva, sino una calma breve. Como si algo encajara, apenas, en su lugar.
Pensó en que debía tener un alma simple, de placeres sencillos. Que tal vez la respuesta no fuera una explicación, sino un instante. Y quiso guardarlo. Porque vivir —lo supo entonces— era eso: reunir momentos para cuando llegara el invierno.
Esta idea le prendió en el doblez del alma: todo lo que existe, con sus sombras y bellezas, con lo bueno y lo malo, con todas las lágrimas y todas las sonrisas mezcladas en un collage multicolor está ahí solo para ocultar lo esencial entre capas de complejidad y confusión. Sospechó que basta un momento de calma espiritual para que eso esencial nos alcance “como un rayo en medio del patio, en palabras de Cortázar”. Y todo, de pronto, tuvo un nuevo.
A partir de esa noche, el libro empezó a llevarlo a lugares conocidos. A esas épocas en las que la soledad había sido su única compañía fiel. Caminatas largas por calles silenciosas, pasos sin destino, pensamientos liberados de toda corrección. Momentos íntimos, en los que solía dejarse llevar y en el que mundos extraños se filtraban por su piel anidando en algún recoveco del alma. Tal vez destellos de un universo vibrando paralelo; quizá señales intermitentes de un futuro incierto, pero bello y bueno.
A veces, sin embargo, hacía trampa. A veces no caminaba solo. A veces no caminaba solo ni en silencio. Hay ocasiones en que, por esas mismas callejuelas —o en atardeceres dorados junto al mar, jugando con olas traviesas que intentan mojarme los pies— lo acompañaba una mujer. Caminando despacio, como si el mundo pudiera romperse con un movimiento brusco. Ella se aferraba a su mano, casi con desesperación, refugiándose de los últimos rayos del sol en su mi pecho cálido y lo rodeaba con su brazo. En esos pocos pasos compartidos que los separan del barracón, sentían que eran uno solo.
La soledad entonces se retiraba un poco, le concedía la ilusión. Le dejaba creer que esta vez sería distinto. Le permitía creer que la dejaría atrás, olvidada en algún rincón de trastos viejos y marcharse sin mirar atrás. Lo he sentido en la piel, todavía tibia, mientras la brisa fresca comienza a levantarse, presagiando una llovizna impertinente que nos obliga a apurar el paso.
Una de esas tardes se detuvieron frente al mar. El horizonte siempre inacabado, parecía más impreciso aún, respiró hondo y gritó. Un único grito que lo abarcó todo, no como desafío, sino como celebración.
Ella rió, sorprendida, a mi lado. Una risa amplia, luminosa, presente. No comprendía —no podía hacerlo— que en ese grito él estaba librando una batalla desigual, que en ese gesto heroico se jugaba la última contienda, y que ella, a su lado, era su última esperanza. En esa risa él encontró fuerzas para creer, para arriar viejas banderas y levantar otras nuevas, más frágiles pero más verdaderas. Pensó —con una fe casi infantil— que ese futuro compartido sería el definitivo.
La soledad— apenas musitó algo con una mueca de desdén. Paciente. Confiada. Lo conocía demasiado bien. Le había visto llorar, acompañado en sus duelos y curado de mil resacas.
Y aun así, por primera vez, no tuvo la última palabra.
En la risa y la tibieza invulnerable de la mujer descubrió algo nuevo: que tal vez no se trate de vencer a la soledad, sino de aprender a caminar con ella sin miedo.
Tal vez, pensó, el cielo no fue creado para explicar el mundo, sino para ese único, breve y luminoso roce con su corazón.
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