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José Pablo López

Escritura y literatura
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Lo que dejamos

Desde la muerte de la tía Clara nadie volvió a dormir en esa habitación. Todos evitaban mirarla cuando pasaba frente a la puerta. Mi madre decía que era por respeto. Mi abuela, en cambio, si se tocaba el tema, callaba y escondía la mirada. Nunca dijo que allí ocurriera nada. No hacía falta. Solo repetía que, después de las dos y media de la madrugada, era mejor permanecer en la cama. Ya entonces me llamaba la atención que la llave de esa habitación nunca se separaba de ella, la llevaba colgada al cuello día y noche, como si temiera perderla. O como si temiera que alguien pudiera encontrarla. Con los años comenzaron a circular pequeñas historias que nadie asumía como propias. Unos decían haber oído el roce de una silla arrastrándose. Otros recordaban un golpe seco en mitad de la noche o una luz que, por unos segundos, se filtraba bajo la puerta. Nadie afirmaba haber visto nada con sus propios ojos. Eran apenas relatos repetidos en voz baja, fragmentos de conversaciones que se interrumpían cuando aparecía mi abuela. Nadie recordaba quién había sido el primero en contarlas. A la mañana siguiente todo parecía desmentir aquellas historias. La puerta volvía a estar cerrada. El ropero seguía en su sitio. La cómoda permanecía inmóvil. Las ventanas continuaban aseguradas desde hacía años. No había una sola huella que justificara los rumores. Solo un detalle resistía cualquier explicación: allí dentro nunca se acumulaba el polvo. Mientras el resto de la casa envejecía, el dormitorio de Clara parecía suspendido en otro tiempo. Cuando era niño, le tenía miedo a aquella habitación. Para ir desde el dormitorio donde dormía hasta la cocina, o para salir al patio, prefería dar un largo rodeo antes que pasar frente a su puerta. Nadie me obligaba y todos evitábamos ese pasillo después de cierta hora. Le había pertenecido a la tía Clara. Murió una madrugada, a las 2:35. Yo nunca la conocí ni tampoco su historia. Crecí rodeado de un silencio denso y añejo. En mi familia nadie volvió a mencionar su nombre. Si alguna vez pregunté por ella, las conversaciones cambiaban de rumbo con una naturalidad incómoda. Con el tiempo dejé de visitar la casa de mis abuelos. Cuando ellos murieron, siguieron viviendo allí mis otras dos tías, que nunca se casaron. Después de la muerte de Clara continuaron viviendo en aquella casa como si formaran parte del mobiliario. Las recuerdo siempre vestidas de negro. Hablaban poco y en voz baja, incluso cuando estaban solas. Con los años empezaron a caminar despacio, casi sin hacer ruido. Era como si procuraran no molestar a la casa. Poco a poco dejaron de recibir visitas y se fueron cerrando junto con la casa. No recuerdo haberlas visto reír a carcajadas. Tampoco discutir. Me las imaginé siempre cumpliendo cada día los mismos rituales: preparar el té, regar las plantas, pasar el plumero a los muebles que ya nadie usaba, acompañar la caída del sol desde la ventana mientras los grillos iniciaban su serenata. No parecían tristes. Era algo diferente. Como si una parte de ellas hubiera quedado para siempre en aquella habitación y el resto de la vida se hubiera consumido lentamente. No vivían, apenas persistían. Ahora, casi treinta años después, he vuelto. La casa está vacía. Mis dos tías fallecieron con pocos meses de diferencia y mañana comenzará la mudanza definitiva. Los muebles serán vendidos, las paredes pintadas y, probablemente, alguien convierta esa habitación en un estudio o en un cuarto de juegos. Mientras recorría los cuartos vacíos, una duda casi infantil empezó a repetirse en mi cabeza con una insistencia incómoda. Siempre había supuesto que los muertos permanecían donde habían muerto. Nunca se me había ocurrido preguntarme qué sucede con ellos cuando la casa deja de ser su casa. ¿También ellos deben marcharse? Encontré la habitación de tía Clara exactamente igual que la recordaba. La cama tendida. La cómoda junto a la ventana. El reloj seguía detenido. Ni siquiera el olor parecía haber cambiado. El tiempo había seguido avanzando en el resto de la casa, pero allí dentro permanecía inmóvil, como si hubiera olvidado el paso del tiempo. Con la muerte de mis tías desaparecieron los últimos testigos de lo que había ocurrido aquella madrugada. Si existía un secreto, se lo llevaron a la tumba. Por eso he tomado una decisión. Dentro de unos minutos entraré en esa habitación. Cerraré la puerta. Apagaré la luz. Esperaré.
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