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José Pablo López

Escritura y literatura
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Una cosa lleva a la otra

1. Ahi vamos Una cosa lleva a la otra y, casi sin darme cuenta, terminé cocido en mi propia salsa. Acá les comparto una digresión tras otra en la que intento pasar en limpio algunas ideas sueltas que me fueron surgiendo de mis últimas lecturas. Y lo hago solo con el ánimo de ordenar el barullo que tengo en la cabeza. Quizás algún lector con suficiente tiempo libre pueda ayudarme a ver mis errores conceptuales, a conectar y aclarar algunas opiniones (o todas) y tal vez, si los hados me son propicios, darle forma, alguna vez, a un escrito de algún valor; no digo filosófico ni intelectual, sino quizás de esfuerzo por exprimir mi cerebro como quien saca agua de las piedras. Y aclaro, para no dejar lugar a dudas o suspicacias, que además de las lecturas que tanto disfruté y que menciono en lo que sigue, también “conversé” en varias sesiones con mi nueva amiga, la IA de Gemini, quien me acompañó y me dio el espacio y el tiempo para dejar fluir lo que se me atascaba en mi atribulado cerebro. Darme un tiempo para “conversar” significó detenerme, dejar de scrolear, de hacer zapping o simplemente hacer una pausa para repensar mis lecturas. Una pausa, en cierto sentido, similar a la que disfruto tomando un café con un amigo con el que, después de las obviedades típicas del fútbol, las mujeres y el trabajo, terminamos cediendo ante el placer de indagar cuál es nuestro lugar en el mundo. 2.Zizek y Han Acababa de leer a Hipocresía, de Slavoj Zizek y terminé medio bajoneado porque tuve la sensación de que solo alcanzaba a rascar la superficie de su mensaje. Bajoneado porque, por más que estrujaba mi cerebro, se me escapaban las ideas trascendentales que, sin dudas, el filósofo esloveno había volcado en esas páginas. A partir de allí, y sobre todo después de un café con mi amigo F., no tuve más opción que releerlo y prestar más atención. Y, como dije, una cosa lleva a la otra: emparenté lo recién leído con la tesis que plantea Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio. A grandes rasgos, llegué a entender que Zizek sostiene que la hipocresía es la base de la sociedad, que las apariencias sí importan y que si fuéramos completamente espontáneos y sinceros, la sociedad colapsaría en cinco minutos. Para Zizek, la cortesía es una máscara y los rituales (o protocolos) nos permiten mantener la estructura de la civilización. Al mismo tiempo, nos advierte que la sinceridad brutal es una trampa que nos deja expuestos y desprotegidos: la trampa de lo políticamente correcto, donde si piensas diferente serás apartado del rebaño, acusado fieramente y colgado en la plaza pública. Me llamó la atención y me es fácil suscribir lo que Zizek llama el "budismo occidental": una apropiación que hace el capitalismo del budismo original y que funciona como un suplemento ideológico. Te permite desengancharte durante el fin de semana del estrés diario, respirar profundo y encontrar tu "centro" para, precisamente, poder regresar cada lunes a la picadora de carne con renovado ímpetu y energía. Algo así como que, en lugar de cambiar el sistema que te genera ansiedad, cambias tu percepción del mundo para aceptar el sistema. Ahora bien, ¿qué dice Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio? Han explica que pasamos de la sociedad disciplinaria de la que hablaba Michel Foucault (basada en el "no debes" y el control externo) a una sociedad del rendimiento (basada en la positividad del "tú puedes", el optimismo y la autorrealización). Dice que, al eliminar al amo externo que nos obliga a trabajar, creemos que somos libres. Sin embargo, la paradoja es que ahora nos explotamos a nosotros mismos de forma voluntaria, convencidos de que nos estamos realizando. La autoexplotación es mucho más eficiente que la explotación ajena porque va acompañada del sentimiento de libertad. 3.Un poco de mí ¿Es muy loco, no? Y de verdad me interpela profundamente, sobre todo en una época de mi vida en la que puedo mirar para atrás y ver el largo camino recorrido, las autoexigencias y los objetivos que me fui proponiendo y alcanzando, y también lo que fui dejando de lado. Una mirada amigable hacia mí mismo me permite ver que nunca caí en la tentación de apostar a que la productividad me llevaría a la realización personal, ni de creer que las horas de ocio, de placer y disfrute personal eran horas perdidas o robadas al bienestar. Pero por sobre todo siempre tuve la posibilidad —con una gran dosis de fortuna— de combinar trabajo con placer. Siempre trabajé en áreas donde la creatividad, la innovación y el aprendizaje continuo fueron moneda corriente. Eso seguramente ayudó; después de todo, tampoco soy un anacoreta que vive a pan y agua y a quien no le interesa el bienestar económico. Al contrario, valoro la tranquilidad de llegar a fin de mes con dinero en el bolsillo para mantener una vida cómoda y disfruto de los pequeños placeres mundanos: escapadas en pareja, una salida al cine, un paseo por el centro comercial y un buen helado. No reniego de la posibilidad de veranear, del auto propio y de malcriar hijos de modos absolutamente innecesarios. Soy, en el mejor de los casos, un tipo que se conforma con lo que tiene, que aspira a un poco más, pero que no se queja de lo que le falta. De Han tomo la necesidad vital de desacelerar, de bajarse de la rueda del hámster, de entender que una vida que solo persigue objetivos ajenos (el auto nuevo, el estatus, el ascenso, la validación en redes) es una vida vacía, y que el silencio y la pausa son necesidades biológicas y espirituales, no lujos. De Zizek tomo la necesidad de decir: voy a parar, a desacelerar un toque, pero no para rendir más el lunes, sino porque decido soberanamente sobre mi tiempo. No es el sistema el dueño de mi descanso. En este contexto, leerlos me reconforta al hallarme entre quienes encuentran una respuesta en la pausa, en parar la pelota y no dejarme arrastrar de las orejas a una vida que no quiero, no deseo ni persigo. Me gusta sentir que no fui domesticado y que, sin renegar del sistema, me niego a ser un engranaje más en la maquinaria. Por supuesto que no estoy exento de caer en la tentación de correr detrás de una idealización de felicidad que no es la mía; quizás ese sea el corazón del problema moderno. Aunque me doy cuenta de ello, es un trabajo de eje que debo hacer casi cotidianamente. El sistema actual se alimenta de nuestra comparación constante; nos hace desear vidas ajenas para mantenernos consumiendo y produciendo. En ese escenario, creo que la sinceridad con uno mismo es la verdadera clave. No se trata de aislarse del mundo como un ermitaño, sino de convivir en un mundo capitalista con una distancia crítica: entender el entorno y las reglas que nos impone la sociedad, pero elegir conscientemente qué batallas pelear, qué deseos son auténticamente míos y dónde pongo el freno. Tal vez este sea el mayor acto de rebeldía y de salud mental que se puede tener hoy en día. 4.Paul Auster Siguiendo con la premisa de que una cosa trae la otra, estas disquisiciones me llevan a otro libro que leí recientemente: Fantasmas, de Paul Auster. Esta novela viene a cerrar el círculo conceptual, porque la historia de Azul es la metáfora exacta de todo lo que estamos discutiendo. El personaje de Azul encarna perfectamente al sujeto de la sociedad del cansancio de Han. Cree que está cumpliendo con su "deber", que tiene un "objetivo" y que es libre dentro de su departamento. Trabaja de forma obsesiva, sin descanso. Pero, en realidad, está completamente ausente de su propia vida; vive alienado a través del otro, de Negro, atrapado en una vigilancia mutua. Es exactamente lo mismo que nos pasa a nosotros cuando vivimos pendientes de los estándares de éxito de los demás, del estrato social ajeno o de las vidas idealizadas que vemos en las pantallas. Azul vive corriendo detrás de objetivos que no son propios: es un fantasma, un muerto viviente. Nos convertimos en fantasmas porque dejamos de habitar nuestro propio cuerpo y nuestro propio presente. Creo que la decisión de Azul de romper ese contrato de vigilancia, salir a la calle y recuperar su nombre es su búsqueda de la sinceridad consigo mismo. A partir de esa metáfora, si no queremos ser los "muertos vivos" de la sociedad del rendimiento, el primer paso es dejar de espiar la vida condicionada por el sistema, bajarse de las expectativas ajenas impuestas y elegir soberanamente nuestros propios objetivos. Claro que para ello es imprescindible encontrar la necesaria tranquilidad emocional, reconociendo nuestros propios deseos y descartando los mandatos del entorno. 5.Heidegger Esta necesidad de recuperar el propio nombre y salir del letargo me trajo inevitablemente a la mente a Heidegger cuando habla del ser inauténtico. Para él, este es el estado en el que el ser humano vive su vida en piloto automático, dejando que otros —la sociedad— decidan por él. Vivimos prisioneros de lo que se espera de nosotros, de lo que "se dice", y luego responsabilizamos a la sociedad de nuestros fracasos o de nuestro vacío existencial. Es de este suelo, precisamente, de donde nace el existencialismo de Sartre y compañía, ¿no? Hoy hacemos carne la paradoja actual: somos hipercríticos del sistema en el discurso, somos irónicos y severos a la hora de opinar en las redes, pero a nivel de nuestras acciones cotidianas seguimos atrapados en la inautenticidad del engranaje, reproduciendo las mismas lógicas que cuestionamos. 6.Tolstói De pronto me encuentro girando en una espiral infinita y me topo con León Tolstói y La muerte de Iván Ilich. Sin duda ya habrán encontrado el paralelismo entre la vida de Iván y el tema que estamos tratando. Iván Ilich vivía una vida no solo vacía, sino perfectamente estructurada para cumplir las expectativas de los demás. Se pasa los años haciendo lo que "se supone" que debe hacer un hombre exitoso. Lo deseaba porque la sociedad le decía que eso era el éxito. Toda su vida fue un simulacro, una actuación para un público hasta que, al final, cuando se está muriendo, la enfermedad rompe la fantasía en la que vivía. Enlazando con Zizek y el psicoanálisis: el deseo del hombre es el deseo de los otros. Me pareció particularmente conmovedor cuando Iván se pregunta: “¿Y si de verdad toda mi vida, mi vida consciente, no ha sido lo que debía ser?”. Durísimo. A estas alturas, la gran diferencia es que Iván Ilich se explotaba para cumplir con el deber de la sociedad burguesa de su época, mientras que el sujeto actual se explota a sí mismo bajo la bandera de la libertad y la autorrealización. Pero el vacío al poner la cabeza en la almohada es exactamente el mismo. Iván Ilich no tiene un jefe que lo azote para que trabaje hasta tarde; él mismo se impone esa dinámica porque ha internalizado que su valor como ser humano equivale a su estatus profesional. Es lo que leemos en Han: el hombre que se explota a sí mismo voluntariamente, convencido de que lo hace en absoluta libertad. Al final de la fantasía nos damos cuenta de que cuando la vida se reduce puramente a alcanzar metas externas propuestas por otros, no estamos viviendo; simplemente estamos funcionando como máquinas que, tarde o temprano, se terminan rompiendo. 7.Los estoicos Para contrarrestar esta línea de pensamiento, el estoicismo suele salir al rescate como una caja de herramientas práctica. Frente al sufrimiento de enfrentar un sistema que nos convence de que todo depende de nuestro esfuerzo, los estoicos (como Epicteto) desarman la trampa distinguiendo claramente que hay cosas que dependen de cada uno de nosotros (opiniones, decisiones, acciones) y cosas que no (lo que opinen los demás, el costo de la vida, el resultado final de un proyecto). Su propuesta es directa: debemos dejar de gastar energías en lo que no podemos controlar. Frente al ser inauténtico de Heidegger, que huye de la angustia de la muerte refugiándose en la distracción constante, el estoicismo nos ofrece el concepto de Memento Mori ("recuerda que vas a morir"). Este principio funciona como un despertador que nos saca la modorra del piloto automático. Ser conscientes de nuestra propia finitud debería bastar para poner el foco en lo esencial y no en lo accidental. Y, finalmente, frente al cinismo moderno que nos hace ver las fallas del sistema mientras seguimos actuando como si nada, los estoicos nos animan a construir una "ciudadela interior": una fortaleza mental que nos permite habitar un mundo feroz y caótico sin dejar que corrompa nuestros principios ni nuestra paz interior. El estoicismo constituye, así, una ética de resistencia; un mapa para mantener el eje de nuestra propia vida y sobrevivir en un mundo diseñado para controlarnos y absorbernos. 8.Aristóteles Para ordenar definitivamente este mapa, la distinción entre lo esencial (lo que hace que algo sea lo que es) y lo accidental o circunstancial (lo que cambia o rodea a ese algo sin alterar su naturaleza) viene de Aristóteles. En el contexto de estas páginas, resulta muy útil aplicar esta división a cada uno de nuestros compañeros de viaje. Respecto a Heidegger: para él, la esencia del ser humano es que es un ser libre, consciente de su finitud y responsable de construirse a sí mismo. El drama de la inautenticidad ocurre cuando confundimos lo circunstancial con lo esencial. Lo que está de moda, la opinión pública, los mandatos de época y el pensamiento políticamente correcto son elementos puramente accidentales: cambian con el tiempo, la sociedad y las circunstancias. El ser inauténtico vende su esencia eterna (su libertad, su tiempo, su pensamiento libre y su finitud) para encajar en lo accidental (el qué dirán, la envidia ajena, la tendencia). Ser auténtico, es recordar qué es lo verdaderamente esencial de tu existencia cuando eliminas todas las capas de ruido externo. Es tener el coraje de ser lo que eres, sin que importe la mirada ajena, logrando que lo que haces o tienes responda a un deseo y a una decisión soberana, y no al ansia desesperada de impresionar o de ganar el derecho a pertenecer a un tablero donde la sociedad te catalogue. Por otro lado, Byung-Chul Han plantea que la sociedad actual ha convertido lo accidental en el centro de nuestras vidas: cuántos proyectos entregamos, cuántos seguidores tenemos, qué tan productivos fuimos hoy. Vivimos desequilibrados porque tratamos a la productividad (que es una circunstancia del sistema económico) como si fuera la esencia de nuestra realización personal. Nos olvidamos de que lo esencial del ser humano incluye la capacidad de contemplación, el aburrimiento productivo, el descanso real y el vínculo profundo con el otro. Y esto empeora si, como dice Zizek, somos plenamente conscientes de ello y, aun así, lo seguimos haciendo. Son los estoicos, en el fondo, quienes nos enseñan el método para separar lo esencial de lo circunstancial. Lo esencial —lo único que te pertenece y define tu carácter— son tus juicios, tus decisiones, tus valores y tu integridad moral. Lo circunstancial o accidental es la riqueza, la reputación, la salud, las crisis económicas y la opinión de los demás. Para los estoicos, estos últimos pueden estar o no estar, pueden cambiar de un día para el otro, pero no determinan tu valor como ser humano ni tu paz mental a menos que vos se lo permitas. En definitiva, vemos cómo el mundo contemporáneo está diseñado para que gastemos nuestra vida persiguiendo y sufriendo por lo accidental (el rendimiento, la aprobación del algoritmo, el consumo, el ruido de la masa), mientras olvidamos y descuidamos lo que es verdaderamente esencial para una existencia auténtica y libre. 9.La ciudadela en construcción Al final, una cosa lleva a la otra y el círculo se cierra, pero la pregunta queda abierta. ¿Somos dueños de nuestra vida o simples fantasmas vigilando la vida de otros? ¿Trabajamos para realizarnos o nos sobreexplotamos bajo el espejismo de la libertad? No busco clausurar este escrito con una verdad absoluta, porque la existencia misma es un borrador constante. Escribir estas líneas fue mi manera de resistir, de levantar los cimientos de mi propia ciudadela interior en medio del ruido de la maquinaria actual. La propuesta que dejo flotando aquí no es una respuesta, sino una posta. El diagnóstico de Han, Zizek, Auster o Heidegger puede ser asfixiante, pero el estoicismo nos recuerda que la última palabra siempre es nuestra. Las páginas que siguen no me pertenecen a mí, le pertenecen a quien decida leerlas y, sobre todo, vivirlas. La resistencia contra lo accidental empieza cada mañana, en el instante en que elegimos qué batallas pelear y qué deseos son auténticamente nuestros. Queda en manos de cada lector decidir cómo continúa su propio guion.
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