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MARTINCITO
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Nota de la autora: el siguiente cuento está dedicado (y tiene como personaje) a mi hermano menor. El niño que nunca perdió su sonrisa. Un ejemplo de fortaleza. La experiencia que narra la historia es real, la foto que lo acompaña también. Ese es mi hermano hoy... Y está de cumpleaños!
Los ojos inevitablemente se le humedecían cuando su mamá estacionaba el auto y lo hacía bajar. Odiaba ese lugar, por más necesario que fuera ir una vez por semana. El olor, el colorido estridente de las paredes, las caras de la gente, el ritmo frenético que jamás parecía disminuir su velocidad. Los pinchazos, los estudios, las pastillas, el dolor, las náuseas, la sensación de que su cerebro se licuaba, dejándolo en un estado de ebria ensoñación.
Y él era un niño bueno. Sí, era cierto que ya no iba a la guardería. Y que a veces lloraba mucho, cuando el dolor se hacía insoportable. Trataba de controlar su mal humor, pero a veces simplemente explotaba. Los remedios eran feísimos en la boca, y más aún en la panza. Más de una vez, lo hacían vomitar.
Aquel lugar era el bosque oscuro de los cuentos, pero a plena luz del día y en medio de una ciudad.
David recibió a Martincito con grandes aspavientos y una gran sonrisa. Le dio golosinas de regalo que guardaba en su chaqueta morada con el único propósito de borrar el gesto adolorido de antemano de la tierna carita de aquel chiquito de 4 años. Era un hombre grande y bonachón, de barba cana y anteojos. Dónde él estuviera, habían caramelos y sorpresas que salían de sus bolsillos como por arte de magia y que él entregaba a manos llenas. Los niños lo adoraban, los padres le sonreían, era un soplo de aire fresco en aquel lugar tan duro.
Cáncer, le habían dicho a sus padres un año y medio antes. Un linfoma raro con nombre de monstruo se había instalado en sus ganglios y se resistía a marchar. Una enfermedad cruel y dolorosa. Temida. Temible. Que muchas veces parecía invencible y las batallas se volvían interminables. Batallas desiguales, de una bestia oculta contra un niño que apenas comenzaba a leer.
Quimio. Rayos. Pastillas. Sueros. Terapia. Cuidados extremos. La lucha era ardua, las defensas -todas- subían y bajaban. Los ánimos también. Martincito era valiente y soportaba. Muchas veces también pidió a gritos "por favor, no más”.
Pero cuando las fuerzas flaqueaban, lo cual pasaba bastante a menudo, sus héroes sin capa, dejaban de lado sus ceños preocupados, las tristezas y el cansancio y lo ayudaban a sobrellevar su tan tremenda carga. Después de todo, era su único hijo, el príncipe de mamá y el campeón de papá. Juntos los tres, jamás se dejarían vencer.
La sesión duraba cuatro horas, que parecían mil. Al salir del hospital, los restos de la medicación que aun vagaban en su organismo, lo hacían sentir un flan. Sus piernas flacas se bamboleaban a los costados del cuerpo de su mamá que lo cargaba en brazos. La cabecita caía pesada sobre el hombro y los párpados apenas se abrían. El dolor era uno con su cuerpo, el estómago parecía albergar un dragón furioso que expulsaba fuego sin parar. El sol le dio de lleno en la cara y al incorporarse vio las lágrimas silenciosas y las manos apretadas de mamá y papá. Habían hablado con la doctora, y aunque él no había prestado atención y mucho no había entendido, algo en su interior le decía que todo iba a salir bien.
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