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Noe Fernandez

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Cumpleaños

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Desde siempre pensé que la popularidad de una persona estaba medida por la fecha en que cumple años. Los de enero en Tucumán, por ejemplo, llevan una vida sometiéndose a la desolación de pasar los aniversarios de sus natalicios apantallándose con el abanico de mimbre - o bajo el soplo del aire acondicionado en los mejores casos-, y rodeados por los familiares poco pudientes que no pudieron irse a chapotear a la Costa. Los de febrero son un caso similar, aunque de vez en cuando ligan algún que otro viaje a Jujuy de regalo para el fin de semana largo de carnaval. Los de abril y marzo como yo, somos arianos bastante encabronados con la vida en general. Es blanco o negro, pero la vida transcurre cíclicamente entre un cumpleaños de campera, otro de malla y así sucesivamente. Mayo pasa sin pena ni gloria. Los de junio y julio siempre celebran con un té con masitas. Sean varones o mujeres, la celebración indefectiblemente es temprano, porque de noche hace frío, e incluye scones o bizcochuelo recién horneado, jugo de naranja y todas esas cosas con crema y frutas que comen las señoras cuando se juntan a tomar el té y a criticar a otras señoras. Agosto es popular, pero no tanto como septiembre. En mi agenda personal, el 70 por ciento de los conocidos, amigos, familiares y/o seres que he cruzado en esta vida cumplen de septiembre a diciembre. Los cumpleaños de estos cuatro meses conforman una curva ascendente de popularidad similar a la curva imaginaria que cada uno proyecta con las ganas de que lleguen los sandwichitos con una coca fresca en Navidad y los quince días de vacaciones anuales que se pagan en seis cuotas con la tarjeta de crédito al borde del abismo.
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