📖 RELATO 👬 Hermanos de distintos padres 😈💦 PARTE 1 DE 2
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👬 Hermanos de distintos padres 😈💦
Toda la vida juntos.
Él casado, machazo,
jamás tocó a un tipo.
Hasta esa noche de invierno.
SINOPSIS: Diego y Franco se conocen desde chicos: hermanos de distintos padres, amigos de toda la vida. Él es el machazo casado que nunca estuvo con un hombre. Hasta que un finde de invierno, solos en Mar del Plata, una charla los lleva más lejos de lo que fueron en muchos años.
👬 Hermanos de distintos padres 😈💦
Hola a todos, acá de nuevo Alfred Jeropa. Hoy les traigo una historia distinta. Después de aquella clase de yoga con un miembro del grupo empezó una amistad pajera que sigue hasta hoy. Él me presentó, virtualmente, a un amigo suyo. Pongamos... Diego. Y Diego me contó su historia, una hermosa amistad pajera de más de 40 años, con el pedido expreso de que se la cuente a ustedes. Así que a partir de acá me corro del centro, y mi voz pasa a ser la de Diego y Franco. Con ustedes...Diego.
Hola a todos, soy Diego, tengo 46 años. Vivo en Congreso desde hace 28, desde que llegué a estudiar desde una ciudad de la pampa bonaerense. Una de esas ciudades que crecen pero mantienen la esencia de pueblo: en los horarios, en las costumbres, en que nos conocemos todos. Donde todos sabemos todo de todos. O al menos todos suponemos todo de todos.
A mediados de los 80 conocí a Franco. Empezamos juntos la primaria y la casualidad nos sentó en el mismo banco. Y sí. Nos hicimos amigos. Fuerte. Hermanos de distintos padres.
Todo lo compartíamos y nos apoyábamos.
Cuando llegamos a la adolescencia aparecieron ingredientes nuevos, pero lo importante no cambió en lo más mínimo. Una tarde de verano, Franco me empezó a contar que le gustaba una chica del barrio, que la veía en la plaza, que pensaba hablarle. Y esa misma tarde me preguntó:
—¿Y a vos? ¿No te gusta ninguna? —No.
—¿Alguno?
—¿Qué?
—Si hay alguno que te guste.
Esa fue la primera vez que alguien me puso de frente a una realidad que ya era innegable.
Me gustaban los hombres. Las mujeres también, pero de otra forma. Algo que todavía no sabía nombrar, pero que ya estaba ahí, claro como el agua. Ese día me hizo saber que éramos amigos y que íbamos a poder compartir todo. Todo, todo. Nunca me juzgó. Al contrario: me proponía planes para conocer gente, viajes a pueblos vecinos, a Buenos Aires.
Hasta me consiguió un par de números de la vieja revista NX, con su sección de contactos donde uno conocía gente por carta. Sí. Carta. No juzguen.
Siempre me preguntó todo lo que quiso saber y me contó todo lo que necesitaba. Sus novias, sus garches, sus "problemas". Absolutamente de todo, con total sinceridad.
A los 17 me vine a la ciudad y por dos años nos vimos mucho menos: una vez al mes, cuando volvía al pueblo a visitar a mi familia, y a él. A los 19 empezó la facultad y, por supuesto, se vino a vivir conmigo. Compartimos habitación tres años en un dos ambientes de Rodríguez Peña y Corrientes, hasta que nos mudamos a un tres ambientes para tener una pieza cada uno. No es que nos molestara compartir, pero los líos empezaban cuando alguno quería invitar a alguien.
Él salía con una correntina hermosa, un poco más grande que nosotros, compañera de trabajo. Una noche se fueron a la fiesta de fin de año de la empresa y yo me quedé solo, estudiando para el último final. De esa noche me acuerdo todo. Detalle a detalle.
Cerca de las cinco de la mañana llegó Franco, solo. Completamente borracho y sucio de vómito. Me asusté, pensé que le había pasado algo grave, hasta que entendí que era una borrachera.
—Me dejó... me dejó en la fiesta —me dice. Y otra vez las ganas de vomitar.
Lo llevo al baño, lo asisto, le saco como puedo la ropa y lo meto en la ducha con el slip puesto, mientras lleno la bañera. Que el agua lo lave y lo baje de la borrachera, que la tristeza se diluya un poco. Me empieza a contar y al hacerlo me toma la mano y me la aprieta fuerte. Enjuagate un poco, le digo. Voy a estar para lo que necesite, pero no puedo dejar de mirarlo. Lo vi mil veces sin remera, en slip, hasta desnudo, pero verlo así es distinto.
El pecho firme, la tela mojada, todo a la vista. Es mi amigo, no quiero nada con él, pero no deja de ser hermoso.
Le traigo ropa interior limpia y la remera de dormir, y lo ayudo a acostarse. "Quedate", me dice. Me recuesto a su lado, me abraza y se duerme. Al día siguiente vuelvo tarde, pasadas las once, muerto: hacía dos días que no pegaba un ojo. Cuando abro la puerta estaba Franco esperándome. Mate listo y una picadita a lo pueblerino: chorizo seco, quesito, unas rodajas de pan. Se acerca, me abraza y me dice: "gracias, sos un amigo de fierro".
Esa fue siempre nuestra dinámica. Estar siempre... incondicionalmente.
A los 24 me puse de novio y me fui a vivir con él, Ignacio. Franco se casó con su novia de la adolescencia, con la que se había reencontrado. Fui padrino de la boda y de su primer hijo, que hoy tiene 22 años. Nuestra amistad siguió igual. Compartiendo todo. La intimidad. La complicidad.
A los 35 se separó y conoció a Claudia, unos diez años más grande, una mujer que la tenía muy clara. En todo. No se iba a perder de nada con tal de disfrutar del sexo, y llevó a Franco a experimentar y abrir la cabeza. Nudismo. Juguetes. Sexo en lugares públicos. Filmarse. Y mucho más.
Hacia fines del año pasado nos fuimos los dos solos un fin de semana a Mar del Plata. De invierno. A charlar, tomar algo, recuperar esos momentos de intimidad y confianza que mantenemos hace años. Franco llevaba varios años con Claudia, y yo 22 con Ignacio. Nos venía bien un cambio de aire.
La última noche nos servimos un licor y nos sentamos en el balcón cerrado, con vista al mar.
Frío afuera, el departamento cálido. Y ahí Franco se largó.
—Tengo algo que contarte, y no sé por qué me cuesta tanto —dice.
—Contame, boludo. No pasa nada.
—Claudia quiere que sumemos un tercero. Pero un hombre. Y que estemos los tres, sin
límites. No un hombre para ella. Un hombre para los dos.
—¿Y no te gusta la idea?
—Me tienta. Pero no sé. El tema es que hace unos meses me estaba chupando la pija, se dedicó más a los huevos, y la saliva empezó a caer por el perineo. Pasó la lengua por ahí y me sorprendió. Para bien.
—Te entiendo. Parece una boludez, pero una lengua en el perineo es algo serio.
—Siguió jugando, hasta que me metió la lengua en el culo. Nunca me imaginé que iba a sentir tanto placer. Ahora lo hace siempre, y me encanta. Y sé que esto del trío tiene que ver con cómo reaccioné.
—Bienvenido —le digo, medio en chiste, medio en serio.
—¿Y hasta dónde estás dispuesto a probar? ¿Te lo garcharías? —No sé si eso. Me calienta la idea de coger a Claudia al mismo tiempo que el otro. Nunca estuve en una situación así con un tipo y me da mucho morbo. Pero... ¿lo puedo tocar? ¿Me puede tocar? ¿Cuál es el límite?
—Eso lo tenés que hablar tranquilo con Claudia. Lo que querés vos, lo que quiere ella, y mezclarlo. ¿Vos qué esperás? ¿Te gustaría que te la chupe?
—Sí. No tengo dramas, me da morbo.
—¿Y vos se la chuparías?
—Creo que sí. Me da curiosidad. Quiero tocar una pija que no sea la mía, sentirla dura, agarrarle los huevos.
—¿Nunca lo hiciste?
—Nunca, boludo. Con un tipo, jamás.
Por eso me intriga tanto.
Le conté que con Ignacio, en 22 años, eso lo fuimos construyendo de a poco. Que si hacemos algo con un tercero lo hacemos a fondo, siempre con respeto. Que a mí me calienta más verlo a él, escucharlo contar, imaginármelo. Que desear el placer del otro, para mí, también es una forma de amor.
—Me encanta que puedan hacer eso —dice—. ¿Y alguna vez iniciaron a un hetero?
—Nunca, o por lo menos no lo supimos. No me gusta convencer a nadie. Pero si el tipo tiene claro que quiere probar, a full. Despacio, avanzando solo si él quiere. Manejando él hasta dónde llegar.
—Eso está perfecto. ¿Y la última vez que hicieron algo?
—El finde. Un pibe neutro, vino con unos amigos. Sesión de paja y leche.
—¿Cómo neutro?
—Sin penetración. El placer pasa por la paja, larga y extendida, por chupar, por frotar. No hace falta más. Y abunda el hombre al que le gusta eso. Incluso heteros.
—No tenía idea de que existía algo así.
Fueron dos horas de charla. De una intimidad que nunca habíamos tenido. Nunca habíamos hablado de leche, por ejemplo. El relax, el trago, el mar de fondo en una noche fría: algo nos hizo dar un paso más.
—Te paso los grupos cuando quieras —le digo.
—Hoy no, que ya estoy caliente —se ríe—. Otro día. ¿Vamos a dormir? Mañana salimos temprano.
Franco se levanta, me abraza. Me da un beso en la mejilla y me dice que extrañaba estas charlas conmigo. Le devuelvo el abrazo y le digo que yo también... y por primera vez en 40 años de amistad, al apretarlo fuerte siento su pija dura apoyada en mi pierna. Apenas lo nota se pone nervioso y retira el cuerpo de golpe.
—Tranquilo, boludo —le digo—. Se te paró, ¿cuál es el problema? —Ninguno. Hablamos de sexo y se me para. Pero otra cosa es apoyártela en la pierna.
—No pasa nada. No voy a hacer nada que no quieras...
—Me voy a pajear al baño así me saco la leche.
—Dale.
Entra al baño y yo me quedo armando el bolso para la vuelta. Cinco minutos después se abre la puerta y lo veo meterse en la ducha. Me acerco: "dejame hacer pis que me hago encima". "Pasá", me dice. Mientras meo —largo— le digo: descargaste rápido.
—No me pajeé, boludo. No pude. Sabiendo que estabas vos ahí afuera, esperando...
—¿Querés que salga a dar una vuelta?
—Ni en pedo. ¿Vos te vas a bañar? Ya terminé, entrá si querés.
Me saco la ropa. No es la primera vez que nos bañamos juntos. Pero sí es la primera después de una charla tan fuerte, y para colmo después de habérmela apoyado dura.
Cuando entro, Franco está de espaldas a mí. La espalda ancha, el pelo ruliento castaño claro, una cola lampiña bien formada y unas piernas fuertes, anchas, peludas. El pelo mojado, cuando se da vuelta y me mira, le da un marco perfecto a esos ojos grises que conozco como la palma de mi mano.
Me pasa el jabón, se pone champú de más y me lo pasa a mí. No es nada nuevo, lo hizo mil veces. Pero esta vez se siente distinto. Veo de refilón que sigue con la pija dura. Lo dejo pasarme el champú por la cabeza, y yo agarro el jabón y se lo paso por el pecho peludo.
Franco levanta la mirada y me dice:
—Pará, boludo. No la caguemos.
—Paro. No hay problema. Aunque para mí no sería cagarla: 40 años no se terminan por una paja. Seríamos dos amigos dándose el cariño que se tienen. Pero tranqui. Yo paro.
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CONTINÚA… Disponible solo para los que ya saben que "somos dos amigos, nada más" puede significar bastante más. 😈
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🔥 SPOILER MORBOSO: Franco no para. Lo abraza abajo del agua, lo besa, y de la ducha se van derecho a la cama. Diego le chupa el perineo y el culo hasta hacerlo gemir, y por primera vez en 40 años se mete en la boca la pija de su mejor amigo. Terminan en un 69 con la lengua adentro del agujero de Franco, que acaba a chorros sobre el pecho de Diego. Y después el machazo casado le pide verlo acabar a él. 😈✊💦 🔥 Para los que les calienta el morbo del amigo de toda la vida que nunca tocó a un tipo y esa noche se anima a todo, sin culpa y sin drama. ✊💦
Link para la parte 2: https://shorturl.at/TncO1
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