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📖 RELATO 🏊‍♂️ PARTE 1 de 2 Mi profe de natación: La clase grupal 💦 Parte #02

🏊‍♂️ Mi profe de natación 💦Parte #02 - La clase grupal

Relato de Alfred Jeropa

Hola a todos, acá los saluda nuevamente Alfred Jeropa, para traerles la continuación de la historia con mi profesor de natación.
Después de esa noche de paja compartida con mi profesor, nos fuimos a tomar algo a un bar tranquilo de la zona de Congreso. Noche de miércoles, lluviosa y húmeda. Me contó que conocía a Javier desde hacía años: los dos iban a un club nudista en zona oeste, donde coincidieron un par de veces antes de charlar y hacerse amigos. Habían tenido una relación que se cortó por distintas razones, pero quedaron en buenos términos. De hecho, habían compartido historias con otras personas: saunas, cines, aventuras de a dos. Y me dijo algo más, bajando la voz como quien comparte un secreto de vestuario:
—Para mí, Javier y Néstor tienen algo. Hay una vibra entre ellos. Algo pasa.
Lo cierto es que seguimos con las clases en forma normal, con cierto morbo flotando en el aire, y haciendo nuestras cosas fuera de las clases y del club.
Pasadas algunas semanas, una noche, cuando llego, veo el club cerrado, pero el recepcionista está en la puerta. Cuando me ve, abre y me dice: —Esperame que te doy la llave, así se la llevás a Marcos. Yo me tengo que ir. Entrá, cerrá y
dásela, así pueden salir cuando terminen las clases.
Subo a los vestuarios y veo que ya están Marcos, Néstor y Javier. Me acerco a Marcos y le doy la llave.
—Me pidió Guillermo que te la dé.
—Ah, sí. ¿Guillermo ya se fue?
—Sí.
—Bueno, muchachos —dice Marcos—. Hoy somos amos y señores del club. Así que divirtámonos con responsabilidad.
Y Marcos y Javier dicen al unísono:
—Hoy: clase nudista de natación.
Néstor se ríe... nervioso. Yo no entiendo si va en serio o es un chiste. Pero queda ahí.
Subimos a la pileta del segundo piso y, apenas llegamos, Néstor me empuja al agua y, sin que nadie diga nada, se saca la malla. Marcos se ríe:
—Ahh, ¿venía en serio?
Se saca la suya y entra al agua. Con Néstor nos miramos, nerviosos pero intrigados. Me saco el short abajo del agua y Javier es el último en sumarse, desnudo. Esa noche: cuatro hombres adultos, solos en un club, nadando sin tapujos, cómplices y dispuestos a disfrutar de un momento de libertad y camaradería.
De alguna manera, Javier y Marcos deciden unificar las clases. Primero nos hacen hacer una entrada en calor con estiramientos. Marcos sube al borde de la pileta y marca las posturas: estira los brazos, los hace girar suave, primero al unísono y después alternados.
Hace sentadillas, giros, estira las piernas, da pequeños saltos en el lugar. El movimiento de su cuerpo es hipnótico: su pija y sus huevos se bambolean y atraen la vista de una forma definitiva. A mi derecha, Néstor sigue las instrucciones obnubilado por el cuerpo de Marcos.
Con los saltos, noto que ya está completamente duro. Se le nota la vergüenza, pero el morbo le gana la batalla: no tiene herramientas para luchar contra eso.
Marcos da por terminada la entrada en calor y entra al agua. Mira a Javier:
—Arrancamos con pecho.

CONTINÚA… Disponible solo para los que ya saben ahora la verdadera clase recién
empieza. 😈
Si ya estás suscripto, GRACIAS POR APOYARNOS ✊💦 y seguí leyendo.
🔥 SPOILER MORBOSO: El hetero fachero que venía con la novia descubre, de rodillas en la pileta, cuánto le gustan las pijas de macho. Javier prende la cámara, "queda entre nosotros cuatro", y la clase de pecho termina en cuatro pijas, un círculo pajero y una acabada grupal con la pileta de testigo. 😈
🔥 Ideal para los que les calienta el macho hetero cruzando el borde por primera vez, frente
a cámara. ✊💦
Link a la segunda parte: https://shorturl.at/esBHC
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📖 RELATO - PARTE 1 de 2 - 🏊‍♂️ Mi profe de natación 💦 Parte #01

Relato de Alfred Jeropa

SINOPSIS: Quería bajar el estrés con clases de natación. Mi profe Marcos, 45 años, pecho peludo, sonrisa cómplice. Una noche la pileta quedó vacía, la sunga me traicionó, y él propuso lo más simple: a partir de ahora, la clase es de natación nudista. 󰝢💦

🏊‍♂️ Mi profe de natación 💦Parte #01
Hola a todos, acá Alfred Jeropa reportándose para traerles una nueva historia. Un recuerdo que se me apareció esta mañana lluviosa de otoño. Y lo recuerdo hoy porque sucedió, también, en un marco de lluvia y humedad.

Pasó hace unos quince años. Yo venía de un año de mucho estrés y cansancio, y andaba buscando algo para bajar decibeles y sentirme mejor. En esos días de sobrecarga, el placer y el relax pasan a un segundo plano.

Pensé en yoga, pilates, gimnasio, clases de teatro, pero nada me cerraba. Hasta que decidí que lo mejor era empezar natación. Siempre nadé, de forma completamente autodidacta, así que mi técnica no era muy prolija que digamos. Era más que nada un montón de espasmos tendientes a mantenerme a flote, con relativa eficiencia. Pero sentí que era el momento de aprender oficialmente.

Recorrí varios gimnasios con pileta buscando un profesor para clases particulares. Ninguno me convenía por los horarios. Un conocido me habló de un profesor que daba clases a última hora, desde las 20, en la pileta de un club barrial. Lo contacté y coordinamos empezar ahí, de 21 a 22.

El primer día entro al vestuario, donde dos o tres personas terminaban de cambiarse para irse. Veo a mi nuevo profesor y me acerco a saludarlo. La foto de su WhatsApp no le hacía honor a la verdad. Un hermoso hombre. Cerca de 45 años (yo tenía 33 en ese momento), pecho amplio... pero amplio de verdad, de esos que dejan en claro el laburo de años de nadar, y bien peludo. Un vello oscuro que contrastaba con su piel clara. Tenía puesta una malla al cuerpo, tipo boxer, negra, que con sobriedad insinuaba de la mejor manera lo que escondía. Un hombre con todas las letras.

Yo, vergonzoso, con mi malla de provinciano, me sentía fuera de lugar, completamente opacado por semejante macho argentino. Pero no había ido a hacer gala sino a aprender a nadar.

Pasamos a la pileta, donde había una sola persona nadando, que después supe que era otro profesor esperando a su alumno.

Empezamos la clase. Marcos, así se llama, era sumamente simpático, y la clase fue de lo más llevadera. A cada instrucción, a cada ejercicio, le sumaba una dosis de humor que hacía todo más interesante.

La primera clase fue más que nada para conocernos, y para verle la cara de asombro cuando le mostré mi técnica de nado. Mi técnica indescriptible. Mi técnica que, más que técnica, era un atentado a la vista. Un grito de ayuda mezclado con movimientos epilépticos.

Se rió de mi técnica, o de mi falta de tal cosa (no lo culpo), y me dijo:

—Tenemos mucho que trabajar.

Unas semanas después, al terminar la clase, pasadas las diez de la noche, nos quedamos charlando trivialidades con Marcos, Javier y Néstor. Javier, el otro profesor: unos 35 años, 1,70, pelo castaño de rulos, de esos que caen sobre la frente y hacen angelical cualquier cara. Fibroso, totalmente lampiño, con piernas que dejaban claro que no solo nadaba: también jugaba al fútbol.

Néstor, el otro alumno: treinta años aproximadamente, rubio oscuro, peludo, con panza de cerveza y una mirada pícara e inocente. Un hetero fachero que a la mitad de las clases iba con la novia.

Después de un rato de charla caemos en que tenemos que cambiarnos antes de que cierren los vestuarios, así que vamos rápido. Soy el primero en entrar a las duchas. Son seis, en dos hileras: dos de un lado, cuatro enfrentadas. Con cortinas. Me ubico del lado de las dos y cierro la cortina, pero no termina de cerrar.

Mi cabeza arranca un baile erótico alucinatorio. Por momentos me parece un momento mágico, de comunión de hombres compartiendo la intimidad: la desnudez, el cuerpo, los pelos, pechos, piernas (bah, patas: tratándose de machos como esos, son patas), axilas, morbo. El club a esta hora está prácticamente vacío. Quedamos nosotros cuatro y una persona en recepción. Eso le da rienda suelta a mi imaginación y llena el aire de ese olor a machos, mezcla de transpiración, desodorante y jabón. Ese ámbito donde valen más las complicidades que las apariencias.

Enseguida llegan Marcos, Néstor y Javier, y los tres se ubican en las duchas de enfrente.
Néstor cierra la cortina, pero como es habitual, no tapa todo y algo se deja ver. Javier y Marcos la dejan completamente abierta. Por primera vez los veo desnudos, así de disponibles a la vista. Hasta ese día solo los había visto cambiándose al llegar, siempre de manera casual y limitada.

A Néstor lo veo poco: alcanzo a divisar sus brazos y adivino los movimientos mientras se lava la cabeza. En cambio, de Javier y Marcos tengo una vista amplia, privilegiada. Los miro con disimulo. Marcos está de espaldas. Su cola es perfecta: una mata uniforme de pelos la cubre y le remarca todavía más las curvas. La espuma empieza a cubrirlo y a perderse en su raya. Pasa una mano para lavarse, me quedo mirando distraído, se da vuelta y esquivo su mirada rápido. No sé si me vio. Pero el jabón pasando por sus huevos y su pija, visto de reojo, es un espectáculo monumental.

Javier está de frente. La mezcla de agua, jabón y luz cenital le genera un brillo que marca lo fibroso de su cuerpo, le da un volumen que lo beneficia en mucho. Su pija en reposo recibe la espuma que baja del pecho, y todo se vuelve aún más deseable.

Cuando termino de ducharme, mientras me seco, veo que Néstor abrió su cortina y se está secando. Hermoso cuerpo joven, con algo de timidez: la toalla se demora en sus huevos antes de ponerse un boxer, y en ese gesto la juventud contrasta con su masculinidad adulta.

Javier ya se fue; no lo vi irse. Marcos cierra la ducha, se seca la espalda, se da vuelta y veo que su pija creció. Está engomado, el glande brilloso, y no parece ser agua. No puedo dejar de mirarlo. Se seca el pecho, me mira pícaro y me sonríe.

Esa noche, en mi cama, pongo una porno, pero la paja me la hago pensando en Néstor, en el brillo del pecho fibroso de Javier, pero sobre todo en Marcos: su cola peluda, su pija gomosa y, más que nada, esa sonrisa cómplice, de macho a macho.

A medida que pasaban las clases fuimos ganando confianza y relajándonos. Después de tres semanas, a dos clases por semana, me dijo que íbamos a empezar con ejercicios de movimiento para corregir la técnica.

—Vení con una malla lo más cómoda posible. Te recomiendo algo al cuerpo, sunga o tipo boxer.

Lo único que tenía era una sunga que compré una vez en Brasil y nunca usé. Me la probé midiendo el nivel de ridículo que iba a hacer con eso puesto y, la verdad, podría ser peor. Así que... adelante.

Al llegar a la clase, Marcos estaba de espaldas cambiándose. Se saca la ropa interior y lo veo ponerse una sunga. El espectáculo de su cola peludita mientras se la ponía fue glorioso. Me quedo mirándole la cola directo y no noto que se da vuelta y se sienta en el banco. Me mira, me saluda, y nota que quedé distraído. Yo ya tenía puesta mi sunga. Y mi pija había reaccionado. Ahí mismo recordé por qué nunca la había usado: si se me para, no solo se nota, sino que se escapa por el costado o por arriba de la cintura con mucha facilidad. Intento calmarme para poder tener la clase en paz. Lo saludo. Miro alrededor y veo que no están ni Javier ni Néstor.

Marcos nota que los busco.

—Hoy no vienen. Hoy estamos solos en la pileta.

Mierda. Va a ser difícil la clase de hoy.

Ya en la pileta, vamos a la parte media. Me hace agarrarme del borde y me marca movimientos: patadas cortas, patadas largas, patadas laterales, empujones. Cuando me indica las laterales, evidentemente no las hago bien, porque me toma con una mano de la cintura y con la otra se apoya en mi panza para controlar el movimiento. Puta madre. Esa mano en mi panza hizo que mi pija se parara en segundos y se escapara de la sunga al instante. Corto todo y la escondo adentro.

Marcos no dice nada. No sé si se dio cuenta. Me siento avergonzado pero sigo. Dos, tres patadas, y de nuevo afuera. Repito la maniobra y la escondo.

—¿Estás bien?

—Sí. Sí. Problemas técnicos —le digo, entre risueño y avergonzado.

A la tercera vez me pregunta qué pasa y ya no puedo ocultarlo.

—Cada vez que doy las patadas se me escapan las partes por el costado de la sunga.

Las partes... eso dije. Las partes. Parezco un señor hablando. Pero eso fue lo que dije.

—No te preocupes por eso. Estamos solos, nadie te va a ver.

Intento una vez más y otra vez lo mismo.

—Hagamos algo. ¿Por qué no te sacás la sunga y listo? Así por lo menos no te molesta y podés estar tranquilo.

Ahora sí estoy definitivamente nervioso. Le digo que no, que ya fue, y vuelvo a intentar.

—Sacátela. Haceme caso.
Le digo que no, que me da vergüenza. Marcos se sonríe.

—¿Vergüenza de qué? Hagamos algo.

Se saca su sunga y queda desnudo.

—Así estamos los dos en la misma.

Lo miro. No lo quiero mirar, pero lo miro. Noto que no está duro, pero al menos está gomoso. Ya le había visto la pija y ese no era su tamaño en reposo.

—Ahora sacátela vos, si no el que está en desventaja soy yo.

Con sutileza,, toma la cintura de mi malla y hace el ademán de sacármela. No me resisto y lo acompaño, quedando desnudo en la pileta con mi entrenador.

—A partir de ahora, la clase es de natación nudista.

Y me ubica en posición para seguir con los ejercicios. Su mano derecha en mi panza, casi rozando mi pubis, y la izquierda en mi espalda baja, apoyada en el nacimiento de mi raya.

—Así, así vas bien. Ahora más lento. Ahora más hacia afuera.

Después de unos minutos me pide que descanse. Mi pija se relajó un poco. Pero no sabía lo que venía.

—Ahora vamos a probar patada con planta del pie extendida.
Se agarra de la baranda del borde y, boca arriba, empieza a hacer patadas suaves. Así, agarrado del borde, su pecho sale del agua, resaltando todavía más el volumen y los pelos mojados, y un camino que baja hasta el ombligo y desde ahí se dispersa en un vello púbico abundante y prolijo que decora una pija semidura y unos huevos redondos que parecen flotar. Siento que nota que lo miro con demasiado detenimiento, que no estoy prestando atención a los movimientos sino a su cuerpo. Se para y me pide que lo haga yo.

Sé que estoy duro y no lo puedo evitar. Imito su posición, pero instintivamente dejo la cintura y la cadera bien abajo del agua y empiezo con las patadas. Marcos me pide que levante la cintura. No puedo, por vergüenza o pudor. Lo repite y, cuando ve que no respondo, pone su mano debajo de mi cuerpo y desde la espalda baja me empuja, haciendo emerger mi pija completamente dura. Marcos la mira.

—Dale, no dejes de patalear. No importa.
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CONTINÚA… Disponible solo para los que ya saben que "natación nudista" no figura en ningún plan de estudios. 😈

PARTE 2: https://url-shortener.me/NBIO

🔥 SPOILER MORBOSO: El profe lo pajea abajo del agua mientras le exige seguir pataleando, con la misma voz tranquila con la que le corrige la brazada. Después viene el beso que no pide permiso, la cola peluda contra su nariz, y los dos acabando juntos bajo el agua. 😈

🔥 Para los que les calienta el profe que sabe exactamente lo que hace y se toma su tiempo. ✊💦
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📖 RELATO - PARTE 1 de 2 - 🐺🔥🐾 ANIMALES PAJEROS: LA GUARIDA - Parte 2

Relato de Fede. Locución de Facu.

SINOPSIS: El vestuario quedó chico para lo que están siendo ahí adentro. Toro habla poco y dice lo justo: "Vengan a mi casa el sábado." Una cueva en Boedo, cuarto piso por escalera, poca luz y olor a macho. Sin duchas, sin excusa de masajes: están ahí porque quieren estar, y eso lo cambia todo. Hasta que suena el timbre. El que entra es un animal que ninguno vio nunca: más grande, más vivido, con la calma del que ya cruzó todos los bordes. Conoce a Toro de otra vida. Y viene a enseñar. La manada ya tiene guarida. Y la guarida, dueño. 😈✊💦

🐺🔥🐾 ANIMALES PAJEROS: LA GUARIDA - Parte 2

La manada de animales se afianzó en el gimnasio. Son como vos, por eso estás acá. Ahora Toro apareció. Vayamos directo al hueso…

A lo largo de la semana, Toro se fue acercando sin acercarse. Un día le alcanzó un disco a Caballo. Se lo puso en la mano. Se rozaron los dedos. Caballo, su igual, tragó saliva. Otro día, pasó por detrás de Perro mientras hacía fondos y le puso la mano en el hombro para pasar. No hacía falta. Había espacio de sobra. Perro sintió esa mano como una marca. Pesada, caliente, inmóvil un segundo de más.

El viernes, Toro se quedó después del horario. Nadie lo invitó. Simplemente no se fue.

Toro se sacó la remera y se sentó en un banco. El torso era un mapa de músculos tensos, cubierto de vello oscuro. Olor pesado, como a tierra después de la lluvia.

Perro le trabajó los hombros a Zorro, el casado, pero estaba distraído: miraba a Toro de reojo. Caballo se estiró solo, pero sus movimientos eran más lentos, más exhibidos, como si supiera que lo estaban observando.

Toro no pidió masaje. Se quedó sentado, los codos sobre las rodillas, las piernas abiertas, el short tirante. En algún momento empezó a manosearla. No con urgencia: con una naturalidad animal, pero sin parar. Se agarraba el bulto con la mano abierta, lo apretaba, lo soltaba. La pija se le fue marcando de a poco, creciendo contra la pierna izquierda del short, gruesa, pesada. Se le veía la forma entera: el tronco ancho, la cabeza gorda empujando la tela. Los huevos le llenaban el short, grandes, apretados contra la costura. Se los agarró con la mano entera, los sopesó. Después volvió a la pija. Se la apretó por encima de la tela, de arriba a abajo, sin apurarse. Como diciendo: "esto es lo que hay".

Los tres lo miraban. Perro con las manos quietas en los hombros de Zorro. Caballo con los ojos clavados en esa mano. Zorro con el corazón en la garganta.

Perro volvió a masajear a Caballo. Toro se levantó y se paró detrás de Perro. No lo tocó. Solo se paró ahí, a medio metro. Perro sintió su calor en la espalda.

—¿Querés que te haga después? —le preguntó sin darse vuelta.

—No —dijo Toro.

Pero no se movió.

—¿Y qué te gustaría?

Toro no contestó con palabras. Le puso las manos en la cintura a Perro. Las dos. Enormes, pesadas, calientes. Los dedos le abarcaban la cintura entera. Lo sostuvo un segundo, como midiéndolo. Después una mano bajó.

Le recorrió el abdomen con los nudillos. Le siguió la línea del vello, le llegó al elástico del bóxer. Perro respiraba cortado, las manos todavía en los hombros de Caballo, que miraba con los ojos muy abiertos.

Toro le metió la mano por dentro del bóxer. Sin pedir permiso. La mano enorme le envolvió la pija y la apretó. Perro soltó un gemido ahogado. Toro le agarró la base con fuerza, le subió la mano hasta la punta, despacio. Le bajó el bóxer con la otra mano.

—La puta madre —susurró Perro.

Toro lo pajeaba desde atrás, el pecho contra la espalda de Perro, la pija de Toro —dura, todavía adentro del short— apretada contra el culo de Perro a través de la tela. El movimiento era lento, implacable. Perro echó la cabeza hacia atrás y le apoyó la nuca en el hombro.

Caballo se levantó. Se paró frente a Perro. Se bajó el bóxer. La pija le saltó libre, gruesa, curva, con la cabeza brillando. Se la agarró y empezó a pajearse mirándolo a los ojos.

Zorro miraba desde el costado, duro como una piedra, la mano adentro del short.

Toro giró la cabeza y miró a Caballo. Lo miró largo, de arriba abajo, deteniéndose en la pija que se movía en la mano. Algo pasó entre los dos. Un reconocimiento silencioso. De animal a animal.

Le habló a Perro al oído, pero fuerte para que todos escucharan:

—Chupásela.

No fue una pregunta. Fue como señalar algo que todos sabían que iba a pasar.

Perro miró a Caballo. Caballo lo miraba con esos ojos oscuros, la mandíbula apretada, la pija en la mano, esperando. Perro se arrodilló.

La pija de Caballo le colgaba delante, gruesa, pesada, oliendo a piel y a deseo. Perro abrió la boca y se la metió. Caballo soltó un relincho bajo, largo. Perro se la chupó despacio, metiéndosela hasta donde le daba, la lengua trabajando la cabeza, las manos en los muslos de Caballo. Sentía la pija llenándole la boca, el sabor salado del preseminal, el olor intenso de la ingle.

Toro se bajó el short. La pija le cayó libre, gruesa, oscura, curva hacia arriba, con la cabeza ancha y húmeda. Se la hizo chupar a Perro, que dejó la de Caballo, obediente. Con la otra mano le acariciaba la nuca, guiándole el ritmo.

Zorro no pudo más. Se sacó el short, se agarró la pija y se paró más cerca. Perro lo vio de reojo. Le hizo un gesto con la mano: "vení".

Zorro se acercó. Le temblaban las piernas. Perro soltó la pija de Toro y lo miró.

—¿Querés?

—Nunca hice esto —dijo Zorro, con la voz quebrada.

—No hay que saber. Solo sentí.

Perro le agarró la pija a Zorro. Más fina que la de Caballo y Toro, larga, con la cabeza rosada y sensible. Se la metió en la boca. Zorro hizo un ruido que no era de este mundo: un quejido agudo, entrecortado, con los ojos apretados y las manos agarrándole la cabeza a Perro. Nadie le había chupado la pija así. Con esas ganas, con ese hambre, con esa generosidad.

—Dios —dijo Zorro—. Dios, dios.

Perro iba de uno a otro. Se la chupó a Caballo hasta que lo sintió temblar, después se pasó a Zorro, que gemía sin control. Toro se acercó y le pasó la pija por la cara marcando su territorio. Perro abrió la boca y se la metió: ancha, pesada, le llenaba la boca entera. Toro le agarró la cabeza con las dos manos y le marcó el ritmo, empujando con la cadera, despacio pero firme.

Caballo se pajeaba mirando todo. Los dos se miraron con Toro. Toro asintió. Un gesto mínimo. Le agarró la nuca a Caballo y se la apretó. Caballo cerró los ojos. Un gesto que valía más que cualquier palabra.

Perro se apartó, la boca mojada, los ojos brillantes y agradecidos.

—Es tu turno —le dijo a Zorro, mirando la pija de Caballo.

Zorro miró la pija que tenía delante. Gruesa, dura, brillante de saliva. Nunca había chupado una pija. Pero el cuerpo le decía que sí.

Se arrodilló despacio. Le agarró la base a Caballo. Sintió el peso, el calor, el pulso de la sangre. Abrió la boca. Se la metió. El sabor le inundó la lengua: salado, cálido, íntimo. Caballo gimió. Zorro cerró los ojos y chupó, torpemente al principio. Pero el sonido que hacía Caballo lo guiaba. Cada gemido era una instrucción.

—Así —dijo Perro, arrodillado al lado, pajeándose—. Así, loco. Sentila.

Perro se acercó y los dos le chuparon la pija a Caballo al mismo tiempo: Perro la cabeza, Zorro los costados, las lenguas encontrándose, el sabor mezclado de saliva y presemen. Caballo los miraba desde arriba, la boca abierta, los ojos nublados. Toro se pajeaba parado al lado, la mano enorme moviéndose lento, mirando todo.

Toro acabó primero. Se acercó un paso, apuntó, y largó leche sobre los dos con un gruñido grave, la leche gruesa salpicándoles el pecho y los hombros.

Caballo acabó después. Les agarró la cabeza a los dos, apretó, y acabó con un rugido largo, la leche cayéndoles en la boca, en la cara. Espesa, caliente. Perro tragó. Zorro sintió el gusto y no se corrió.

Perro se levantó, se la agarró y acabó de pie con un gemido abierto, la leche cayéndole por los dedos.

Zorro fue el último. Solo, arrodillado, la pija en su propia mano, rodeado de los tres cuerpos que respiraban encima de él. Olía a leche, a sudor, a piel de todos. Cerró los ojos. Pensó en la voz de Perro diciendo "está bien, quedate". Y acabó con un espasmo largo, callado, la cabeza apoyada contra el muslo de Caballo como si fuera lo único sólido en el mundo.

Silencio. Respiraciones que bajaban. El aire empezando a enfriarse.

Se lavaron en silencio, se vistieron sin apuro. Perro silbaba bajito. Caballo tenía la cara aflojada por primera vez. Toro fue el primero en irse, sin despedirse, como había llegado. Zorro levantó la mano y salió último.

La manada recién se armaba. Los animales siempre vuelven. Ahora era el momento de formar una guarida propia, segura, para los pajeros calentones y neutros que eran.

Pasaron dos viernes más en el vestuario. Dos viernes de manos aceitadas, pijas duras, leche en el piso y el silencio de después. La manada ya tenía su ritual: entrenar, quedarse, cerrar la puerta, soltar. Pero el vestuario empezaba a quedar chico. No por el espacio: por lo que estaban siendo ahí adentro. Un vestuario es un lugar de paso. Lo que ellos hacían ya no era de paso. Y era un peligro si alguien los descubría.

Fue Toro el que habló. Lo hizo un viernes, mientras se vestían, con la voz grave y pocas palabras, como siempre:

—Vengan a mi casa el sábado.

Los tres se miraron. Perro levantó las cejas, Zorro tragó, Caballo asintió despacio. Nadie preguntó para qué. Se sabía.

Toro les mandó la dirección por mensaje. Un edificio viejo en Boedo, sin portero, cuarto piso por escalera. Zorro fue el primero en llegar, puntual como era. Subió con el corazón golpeándole en el pecho. En el palier del cuarto piso había una sola puerta, con la pintura descascarada y el número torcido.

Tocó. Toro abrió en musculosa y short. Los ojos claros, fijos como siempre. Se hizo a un costado y lo dejó pasar sin decir nada.

El departamento era chico, oscuro, y olía a Toro. No a desodorante de ambiente ni a limpiador: a él. A sudor viejo impregnado en las telas, a cuerpo, a algo más espeso que se había ido acumulando en las paredes como una capa invisible. Había poca luz: una lámpara en la mesa, la persiana del living baja. Un sillón grande, una mesa ratona, pesas en un rincón, una toalla tirada sobre una silla. La cama se veía desde el pasillo, deshecha, con las sábanas grises revueltas. Todo era funcional, sin adorno, sin pretensión. Una cueva. Literal.

Zorro se sentó en el sillón. Toro le alcanzó una cerveza sin preguntar y se sentó enfrente, en una silla, las piernas abiertas. No hablaron.

Caballo llegó después. Entró agachando la cabeza para pasar por la puerta. Miró el departamento con una expresión nueva: como si reconociera algo. El territorio de otro animal. Se sentó al lado de Zorro, ocupando medio sillón con el cuerpo.

Perro fue el último. Entró hablando, como siempre.

—Qué cueva tenés, Toro. Parece la guarida de un oso.

—No soy oso —dijo Toro.

—Ya sé, ya sé. Sos toro. Se nota. Podríamos convocar a un oso algún día, me copan los osos, son divinos encima, tenemos que..

Toro lo miró serio como para que se callara un poco. Perro entendió y se sentó en el apoyabrazos del sillón y abrió una cerveza. El ambiente era distinto al vestuario. Más íntimo. Más cargado. No había vapor ni duchas ni excusa de masajes. Estaban ahí porque querían estar. Eso lo cambiaba todo.

Tomaron. Hablaron poco. Perro hacía chistes, Zorro se reía, Caballo miraba, Toro escuchaba. Pero debajo de la charla corría otra cosa: la certeza compartida de lo que iba a pasar. La pregunta no era si. Era cuándo.

Fue Toro el que rompió. Se levantó de la silla, se sacó la musculosa, y se sentó de nuevo. El torso peludo, los músculos tensos, la piel brillando apenas bajo la luz de la lámpara. Se acomodó en la silla con las piernas más abiertas y se rascó la ingle con naturalidad. La misma naturalidad animal del vestuario.

Nadie dijo nada. Pero el aire cambió.

Perro se sacó la remera. Caballo lo siguió. Zorro se quedó un segundo con la cerveza en la mano, mirando tres torsos desnudos, y después la apoyó en la mesa y se la sacó también.

Cuatro cuerpos semidesnudos en un departamento chico, con poca luz y olor a macho.

Perro fue el primero en moverse. Se arrodilló frente a Caballo, le puso las manos en los muslos y lo miró desde abajo. Caballo le acarició la cabeza, despacio, como quien acaricia a un perro de verdad. Perro le bajó el short. La pija de Caballo estaba semidura, creciendo. Perro la agarró con la mano, la sintió engordar entre los dedos, y se la metió en la boca antes de que terminara de pararse. Caballo echó la cabeza contra el respaldo del sillón y soltó un suspiro largo, pesado.

Toro miraba desde la silla, la mano dentro del short, pajeándose lento.

Zorro miraba a Perro chupar. Ya no le temblaban las piernas como la primera vez, pero el corazón todavía se le aceleraba. Se bajó el short, se agarró la pija y empezó a hacérsela despacio, mirando la cabeza de Perro subir y bajar sobre Caballo.

Sonó el timbre.

Los cuatro se congelaron. Perro levantó la cabeza, la pija de Caballo brillando de saliva. Zorro se tapó por instinto, pensó en su mujer y al instante que no, que era imposible. Caballo miró a Toro.

Toro se levantó tranquilo, se acomodó el short, y fue a abrir.

CONTINÚA… Disponible solo para los que ya saben que cuando suena el timbre de una guarida, nunca es el delivery. 😈

LINK PARTE 2: https://shorturl.at/ypmiG

🔥 SPOILER MORBOSO: El que toca el timbre es Lobo. Cuarenta y pico largos, canoso, ojos grises que registran todo, un cuerpo con cicatrices que cuenta historias. Conoce a Toro "de otra vida" y es el único de la manada que no tiene nada que demostrar. Entra, se abre una cerveza y dice "no paren por mí". Después demuestra lo que es una boca y una mano con conocimiento: se la chupa a Caballo hasta la garganta sin sacarla, afloja a Toro como ninguno lo vio nunca (entregado, blando) y los pajea a los dos al mismo tiempo, uno en cada mano. Hay un beso entre dos animales viejos que no era para nadie más. Y el final: Toro acabando en la cara de Lobo, que la recibe orgulloso, con la leche pegada en la barba de tres días. Un ritual de siempre.

🔥 Imperdible si te calienta el morbo del macho mayor que ya cruzó todos los bordes y vuelve a la manada para enseñar. ✊💦
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