📖 RELATO 🧬 MI EXPERIENCIA COMO DONANTE DE ESPERMA 💦 PARTE 1 DE 2
Escrito por Fede Zen.
SINOPSIS: Hace dos años que soy donante de esperma para un banco, y te voy a contar todo sobre el proceso: los estudios, los exámenes, las preguntas íntimas y el aguante obligatorio de mínimo tres días que, para un pajero, es una tortura. Una vez por semana me encierro en un baño a llenar un frasco a cambio de dinero. Hasta que un día entendí que no era el único con los huevos cargados esperando turno. Animate a saber más y quizá vos también te conviertas en un pajero remunerado… digo, en un donante de esperma.
🧬 MI EXPERIENCIA COMO DONANTE DE ESPERMA 💦
Lo primero que tenés que entender, y lo que más me costó creer a mí, es que te pagan por pajearte.
Literal. Hace dos años que soy donante de esperma en un banco de esperma cerca de Facultad de Medicina y todavía me río solo cuando lo pienso: hay un lugar oficial, con médicos, secretarias, formularios y sala de espera, donde voy una vez por semana, me encierro en un baño, acabo en un frasco de plástico, y al rato paso por una ventanilla a cobrar. No es mucho por vez. Pero cuando completás toda la tanda, la plata junta te queda como un sueldo de un mes entero. Un sueldo. Por hacer lo que igual ibas a hacer esa misma noche en tu casa, gratis.
Para llegar a eso, eso sí, hay que pasar un filtro que no es joda. Antes de aceptarte te hacen de todo: análisis de sangre, estudios del semen para ver que sirva, un test psicológico dónde te preguntan por tu familia y tu vida. También te hacen un estudio de ADN que es un estudio caro y está bueno que te dan los resultados sin cargo.
Y después viene la parte que más me quedó grabada: me revisó un médico y una médica, los dos juntos, me palparon el cuerpo entero, desnudo, te miran de arriba abajo, te preguntan mil cosas de tu salud y de tu vida. Yo estaba ahí, en bolas, con dos profesionales pasándome las manos y tomando nota, y por más clínico que fuera todo, habia mucho morbo en que una mujer y un hombre te toquen al mismo tiempo. Un poco de me gomoseó pero hice fuerza para que no escale más. ¡Qué pajero! Antes de todo eso, lo primero que te hacen cuando entrás al programa es armarte un perfil, y es de lo más raro que te puede pasar: te sentás frente a alguien que te pregunta tu color favorito, qué te gusta hacer en tu tiempo libre, tu libro favorito, tu película favorita. Anotan todo. Porque después ese perfil tuyo va a un catálogo, y una pareja o una mujer sola que quiere tener un hijo te va a elegir por esas cositas, por tu color favorito, sin saber nada de quién sos en serio. Bueno es cierto también que va una foto tuya actual y una de cuando eras chico, así ven cómo podría verse su futuro hijo. Un flash.
Y elegís también algo importante: identidad cerrada o identidad abierta. Cerrada es que donás y listo, nadie se entera nunca, desaparecés. Abierta es que el día que ese posible hijo cumpla dieciocho años tiene derecho a pedir tu identidad y contactarte.
Seguís siendo el padre biológico, pero sin ninguna obligación legal. Yo elegí abierta.
Por las dudas. Por si algún día aparece… o aparecen.
Pero volvamos a lo importante para alguien como yo, que se hace la paja todos los días: el aguante.
Te piden entre tres y cinco días de abstinencia antes de cada descarga, para que la muestra salga bien potente. Para una persona normal eso es un trámite. Para mí es una condena. Tres días sin tocarme y sin tener sexo. A veces cinco. Y no es que aguantes tranquilo, en paz: aguantás caliente, con la cabeza llena todo el día, despertándote con la pija recontra dura por la noche o a la mañana, cruzándote a cualquiera en la calle y mirar impunemente.
Para cuando llega el día de ir, ya estás a punto de reventar. Y ahí está lo perverso del asunto, lo que nadie te cuenta: ir a donar, para un pajero, es de lo más erótico que hay.
Porque llegás sabiendo que en unos minutos vas a tener permiso, permiso oficial, con frasco y firma, para descargar todo lo que venís juntando hace tres días. Solo de pensarlo se te empieza a parar en la sala de espera, sentado entre desconocidos, fingiendo que mirás el teléfono.
El circuito ya me lo sé de memoria. Llego, doy mi nombre, estoy anotado en la lista de los que vienen a entregar ese día. Es un lugar sofisticado entre edificio médico e institución. Una secretaria que ya me tiene fichado me alcanza un frasco esterilizado dentro de una bolsa de papel y una etiqueta para ponerle y me dice, casi sin levantar la vista, que cuando lo tenga lo traiga. Nada más. Yo agarro mi bolsita y camino hasta el fondo.
El baño es grande, como dos baños comunes juntos. Hay una mesa, una bacha, un inodoro, un tacho. Huele a limpio, a desinfectante, a esos lugares donde todo se higieniza tres veces por día y nada tiene olor a nada humano. Cerrás la puerta con pestillo y, del lado de afuera, se prende una lucecita roja que dice ocupado. Acordate de la luz roja, que después importa. Por ahora es solo eso: un cuarto aséptico, impecable, donde un tipo cargado de tres días de aguante se encierra a hacerse la paja en nombre de la ciencia.
Y esa parte, te confieso, es la fácil. Saco el teléfono, abro el grupo de Telegram o Twitter/X, y con el aguante que traigo encima no necesito más de dos minutos. Me gusta mi pija, no lo voy a esconder, me llevo bien con ella, me hace feliz, es armónica.
Apunto, me la trabajo, y acabo adentro del plástico con un alivio saliendo de golpe. Es una sensación espectacular largar leche y además, el morbo de saber que esa paja puede engendrar vida, aún más.
Tapo el frasco, me lavo en la bacha, apago la luz roja, camino hasta la ventanilla, lo dejo, cobro mi dinero, y me voy con una sonrisa de pelotudo. Eso es un día normal de donante.
Pero yo no te estaría contando todo esto si todos los días hubieran sido normales.
Porque hay otros, y eso tampoco te lo imaginás hasta que estás adentro. No sos el único cargado caminando por ese pasillo. En la sala de espera casi siempre hay alguno más, con su bolsita de papel sobre las piernas, mirando el celular, disimulando igual que vos. Todos ahí para lo mismo. Todos a punto de encerrarse a hacer exactamente lo mismo, con el pito duro a pocos metros, separados nada más que por una pared.
Pajareando como monos. Animalitos dándole a la masturbación en un sistema que crea vida. Y eso ya es morboso de por sí: saber que del otro lado hay un tipo acabando en su frasco al mismo tiempo que vos en el tuyo te hace un morbo en la cabeza, una complicidad muda con desconocidos. Bueno o eso me pasa a mi que soy un pajero calentón indomable, desde siempre.
A la mayoría ni los registrás. A él lo registré desde el primer segundo. Apareció una tarde con una campera de cuero negra y el casco de moto colgando del brazo. De esos cuerpos donde se les marca la V de la pelvis sin ser un flaco de gimnasio ni un anabolizado, una cosa más natural, de tipo que está bien y ya. Morochón, con pinta de tener el pecho peludo por el pelo asomando por el cuello de la remera, y una sonrisa torcida que de movida te avisa que el flaco sabe perfectamente dónde está parado y que la situación le causa gracia. Dio el nombre, agarró su bolsita como todos, y mientras esperaba me clavó la mirada. No la de "de dónde te conozco". La otra. Esa que se lee al toque, de complicidad pajera. Sí, sí, ambos nos vamos a pajear y largar lechita.
Esa tarde no pasó nada y pasó todo. Nos miramos, sí, y hubo algo denso en el aire, pero los dos terminamos haciendo lo que habíamos venido a hacer, cada uno en su baño, cada uno con su luz roja, y nos fuimos por separado. Me pasé la semana imaginándomelo del otro lado de esa pared, con la campera todavía puesta, sacándosela despacio, agarrándose la verga con esa misma cara de pícaro morboso.
Me hice más de una paja en casa pensando justo en eso, traicionando alegremente el aguante que me pedían.
La vez siguiente fue como si los dos hubiéramos calculado el día sin decirlo.
Coincidimos de nuevo, mismo horario. Esta vez la mirada duró más de la cuenta, y hubo una sonrisa de mi lado contestando la de él.
Cuando me levanté para ir al fondo, pasé bastante más cerca de él de lo que el pasillo me obligaba, y él, por lo bajo me soltó una confesión, casi como un pedido.
—¿Cómo va? Que desperdicio, ¿no? Cada uno por su lado, sin una ayuda.
Lo dijo y se quedó mirándome la reacción. Yo no le contesté nada. No hacía falta. Los dos sabíamos que la próxima vez no íbamos a hacer las cosas por separado.
CONTINÚA…
Disponible solo para los que ahora saben que cuando se prende la luz roja, no siempre hay un solo tipo adentro. 😈
Si ya estás suscripto, GRACIAS POR APOYARNOS ✊💦 y seguí leyendo.
🔥 SPOILER MORBOSO: El de la campera de cuero entra atrás mío al mismo baño.
Dos pajeros encerrados donde solo puede haber uno, cargados de más de tres días de aguante, pajeándose uno al otro con las manos cruzadas. Además, te cuento cuanto pagan.
🔥 Imperdible si te calienta lo prohibido dentro de lo permitido. ✊💦
Link Parte 2: https://shorturl.at/RpkB8
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