Cafecito
Imagen de portada
Imagen de perfil

Pajeros Argentos 🧉 Neutral Zone ⚔️

Comunidades
0Seguidos
452Seguidores

📖 RELATO 🧬 MI EXPERIENCIA COMO DONANTE DE ESPERMA 💦 PARTE 1 DE 2

Mi experiencia real siendo pajero por una buena causa… y un dinero extra.

Escrito por Fede Zen.

SINOPSIS: Hace dos años que soy donante de esperma para un banco, y te voy a contar todo sobre el proceso: los estudios, los exámenes, las preguntas íntimas y el aguante obligatorio de mínimo tres días que, para un pajero, es una tortura. Una vez por semana me encierro en un baño a llenar un frasco a cambio de dinero. Hasta que un día entendí que no era el único con los huevos cargados esperando turno. Animate a saber más y quizá vos también te conviertas en un pajero remunerado… digo, en un donante de esperma.

🧬 MI EXPERIENCIA COMO DONANTE DE ESPERMA 💦

Lo primero que tenés que entender, y lo que más me costó creer a mí, es que te pagan por pajearte.

Literal. Hace dos años que soy donante de esperma en un banco de esperma cerca de Facultad de Medicina y todavía me río solo cuando lo pienso: hay un lugar oficial, con médicos, secretarias, formularios y sala de espera, donde voy una vez por semana, me encierro en un baño, acabo en un frasco de plástico, y al rato paso por una ventanilla a cobrar. No es mucho por vez. Pero cuando completás toda la tanda, la plata junta te queda como un sueldo de un mes entero. Un sueldo. Por hacer lo que igual ibas a hacer esa misma noche en tu casa, gratis.

Para llegar a eso, eso sí, hay que pasar un filtro que no es joda. Antes de aceptarte te hacen de todo: análisis de sangre, estudios del semen para ver que sirva, un test psicológico dónde te preguntan por tu familia y tu vida. También te hacen un estudio de ADN que es un estudio caro y está bueno que te dan los resultados sin cargo.

Y después viene la parte que más me quedó grabada: me revisó un médico y una médica, los dos juntos, me palparon el cuerpo entero, desnudo, te miran de arriba abajo, te preguntan mil cosas de tu salud y de tu vida. Yo estaba ahí, en bolas, con dos profesionales pasándome las manos y tomando nota, y por más clínico que fuera todo, habia mucho morbo en que una mujer y un hombre te toquen al mismo tiempo. Un poco de me gomoseó pero hice fuerza para que no escale más. ¡Qué pajero! Antes de todo eso, lo primero que te hacen cuando entrás al programa es armarte un perfil, y es de lo más raro que te puede pasar: te sentás frente a alguien que te pregunta tu color favorito, qué te gusta hacer en tu tiempo libre, tu libro favorito, tu película favorita. Anotan todo. Porque después ese perfil tuyo va a un catálogo, y una pareja o una mujer sola que quiere tener un hijo te va a elegir por esas cositas, por tu color favorito, sin saber nada de quién sos en serio. Bueno es cierto también que va una foto tuya actual y una de cuando eras chico, así ven cómo podría verse su futuro hijo. Un flash.

Y elegís también algo importante: identidad cerrada o identidad abierta. Cerrada es que donás y listo, nadie se entera nunca, desaparecés. Abierta es que el día que ese posible hijo cumpla dieciocho años tiene derecho a pedir tu identidad y contactarte.

Seguís siendo el padre biológico, pero sin ninguna obligación legal. Yo elegí abierta.

Por las dudas. Por si algún día aparece… o aparecen.

Pero volvamos a lo importante para alguien como yo, que se hace la paja todos los días: el aguante.

Te piden entre tres y cinco días de abstinencia antes de cada descarga, para que la muestra salga bien potente. Para una persona normal eso es un trámite. Para mí es una condena. Tres días sin tocarme y sin tener sexo. A veces cinco. Y no es que aguantes tranquilo, en paz: aguantás caliente, con la cabeza llena todo el día, despertándote con la pija recontra dura por la noche o a la mañana, cruzándote a cualquiera en la calle y mirar impunemente.

Para cuando llega el día de ir, ya estás a punto de reventar. Y ahí está lo perverso del asunto, lo que nadie te cuenta: ir a donar, para un pajero, es de lo más erótico que hay.

Porque llegás sabiendo que en unos minutos vas a tener permiso, permiso oficial, con frasco y firma, para descargar todo lo que venís juntando hace tres días. Solo de pensarlo se te empieza a parar en la sala de espera, sentado entre desconocidos, fingiendo que mirás el teléfono.

El circuito ya me lo sé de memoria. Llego, doy mi nombre, estoy anotado en la lista de los que vienen a entregar ese día. Es un lugar sofisticado entre edificio médico e institución. Una secretaria que ya me tiene fichado me alcanza un frasco esterilizado dentro de una bolsa de papel y una etiqueta para ponerle y me dice, casi sin levantar la vista, que cuando lo tenga lo traiga. Nada más. Yo agarro mi bolsita y camino hasta el fondo.

El baño es grande, como dos baños comunes juntos. Hay una mesa, una bacha, un inodoro, un tacho. Huele a limpio, a desinfectante, a esos lugares donde todo se higieniza tres veces por día y nada tiene olor a nada humano. Cerrás la puerta con pestillo y, del lado de afuera, se prende una lucecita roja que dice ocupado. Acordate de la luz roja, que después importa. Por ahora es solo eso: un cuarto aséptico, impecable, donde un tipo cargado de tres días de aguante se encierra a hacerse la paja en nombre de la ciencia.

Y esa parte, te confieso, es la fácil. Saco el teléfono, abro el grupo de Telegram o Twitter/X, y con el aguante que traigo encima no necesito más de dos minutos. Me gusta mi pija, no lo voy a esconder, me llevo bien con ella, me hace feliz, es armónica.

Apunto, me la trabajo, y acabo adentro del plástico con un alivio saliendo de golpe. Es una sensación espectacular largar leche y además, el morbo de saber que esa paja puede engendrar vida, aún más.

Tapo el frasco, me lavo en la bacha, apago la luz roja, camino hasta la ventanilla, lo dejo, cobro mi dinero, y me voy con una sonrisa de pelotudo. Eso es un día normal de donante.

Pero yo no te estaría contando todo esto si todos los días hubieran sido normales.

Porque hay otros, y eso tampoco te lo imaginás hasta que estás adentro. No sos el único cargado caminando por ese pasillo. En la sala de espera casi siempre hay alguno más, con su bolsita de papel sobre las piernas, mirando el celular, disimulando igual que vos. Todos ahí para lo mismo. Todos a punto de encerrarse a hacer exactamente lo mismo, con el pito duro a pocos metros, separados nada más que por una pared.

Pajareando como monos. Animalitos dándole a la masturbación en un sistema que crea vida. Y eso ya es morboso de por sí: saber que del otro lado hay un tipo acabando en su frasco al mismo tiempo que vos en el tuyo te hace un morbo en la cabeza, una complicidad muda con desconocidos. Bueno o eso me pasa a mi que soy un pajero calentón indomable, desde siempre.

A la mayoría ni los registrás. A él lo registré desde el primer segundo. Apareció una tarde con una campera de cuero negra y el casco de moto colgando del brazo. De esos cuerpos donde se les marca la V de la pelvis sin ser un flaco de gimnasio ni un anabolizado, una cosa más natural, de tipo que está bien y ya. Morochón, con pinta de tener el pecho peludo por el pelo asomando por el cuello de la remera, y una sonrisa torcida que de movida te avisa que el flaco sabe perfectamente dónde está parado y que la situación le causa gracia. Dio el nombre, agarró su bolsita como todos, y mientras esperaba me clavó la mirada. No la de "de dónde te conozco". La otra. Esa que se lee al toque, de complicidad pajera. Sí, sí, ambos nos vamos a pajear y largar lechita.

Esa tarde no pasó nada y pasó todo. Nos miramos, sí, y hubo algo denso en el aire, pero los dos terminamos haciendo lo que habíamos venido a hacer, cada uno en su baño, cada uno con su luz roja, y nos fuimos por separado. Me pasé la semana imaginándomelo del otro lado de esa pared, con la campera todavía puesta, sacándosela despacio, agarrándose la verga con esa misma cara de pícaro morboso.

Me hice más de una paja en casa pensando justo en eso, traicionando alegremente el aguante que me pedían.

La vez siguiente fue como si los dos hubiéramos calculado el día sin decirlo.

Coincidimos de nuevo, mismo horario. Esta vez la mirada duró más de la cuenta, y hubo una sonrisa de mi lado contestando la de él.

Cuando me levanté para ir al fondo, pasé bastante más cerca de él de lo que el pasillo me obligaba, y él, por lo bajo me soltó una confesión, casi como un pedido.

—¿Cómo va? Que desperdicio, ¿no? Cada uno por su lado, sin una ayuda.

Lo dijo y se quedó mirándome la reacción. Yo no le contesté nada. No hacía falta. Los dos sabíamos que la próxima vez no íbamos a hacer las cosas por separado.

CONTINÚA…

Disponible solo para los que ahora saben que cuando se prende la luz roja, no siempre hay un solo tipo adentro. 😈

Si ya estás suscripto, GRACIAS POR APOYARNOS ✊💦 y seguí leyendo.

🔥 SPOILER MORBOSO: El de la campera de cuero entra atrás mío al mismo baño.

Dos pajeros encerrados donde solo puede haber uno, cargados de más de tres días de aguante, pajeándose uno al otro con las manos cruzadas. Además, te cuento cuanto pagan.

🔥 Imperdible si te calienta lo prohibido dentro de lo permitido. ✊💦

Link Parte 2: https://shorturl.at/RpkB8
Ver más

📖 RELATO 👬 Hermanos de distintos padres 😈💦 PARTE 1 DE 2

👬 Hermanos de distintos padres 😈💦

Toda la vida juntos.
Él casado, machazo,
jamás tocó a un tipo.
Hasta esa noche de invierno.

SINOPSIS: Diego y Franco se conocen desde chicos: hermanos de distintos padres, amigos de toda la vida. Él es el machazo casado que nunca estuvo con un hombre. Hasta que un finde de invierno, solos en Mar del Plata, una charla los lleva más lejos de lo que fueron en muchos años.

👬 Hermanos de distintos padres 😈💦

Hola a todos, acá de nuevo Alfred Jeropa. Hoy les traigo una historia distinta. Después de aquella clase de yoga con un miembro del grupo empezó una amistad pajera que sigue hasta hoy. Él me presentó, virtualmente, a un amigo suyo. Pongamos... Diego. Y Diego me contó su historia, una hermosa amistad pajera de más de 40 años, con el pedido expreso de que se la cuente a ustedes. Así que a partir de acá me corro del centro, y mi voz pasa a ser la de Diego y Franco. Con ustedes...Diego.
Hola a todos, soy Diego, tengo 46 años. Vivo en Congreso desde hace 28, desde que llegué a estudiar desde una ciudad de la pampa bonaerense. Una de esas ciudades que crecen pero mantienen la esencia de pueblo: en los horarios, en las costumbres, en que nos conocemos todos. Donde todos sabemos todo de todos. O al menos todos suponemos todo de todos.

A mediados de los 80 conocí a Franco. Empezamos juntos la primaria y la casualidad nos sentó en el mismo banco. Y sí. Nos hicimos amigos. Fuerte. Hermanos de distintos padres.
Todo lo compartíamos y nos apoyábamos.

Cuando llegamos a la adolescencia aparecieron ingredientes nuevos, pero lo importante no cambió en lo más mínimo. Una tarde de verano, Franco me empezó a contar que le gustaba una chica del barrio, que la veía en la plaza, que pensaba hablarle. Y esa misma tarde me preguntó:
—¿Y a vos? ¿No te gusta ninguna? —No.
—¿Alguno?
—¿Qué?
—Si hay alguno que te guste.

Esa fue la primera vez que alguien me puso de frente a una realidad que ya era innegable.
Me gustaban los hombres. Las mujeres también, pero de otra forma. Algo que todavía no sabía nombrar, pero que ya estaba ahí, claro como el agua. Ese día me hizo saber que éramos amigos y que íbamos a poder compartir todo. Todo, todo. Nunca me juzgó. Al contrario: me proponía planes para conocer gente, viajes a pueblos vecinos, a Buenos Aires.

Hasta me consiguió un par de números de la vieja revista NX, con su sección de contactos donde uno conocía gente por carta. Sí. Carta. No juzguen.
Siempre me preguntó todo lo que quiso saber y me contó todo lo que necesitaba. Sus novias, sus garches, sus "problemas". Absolutamente de todo, con total sinceridad.

A los 17 me vine a la ciudad y por dos años nos vimos mucho menos: una vez al mes, cuando volvía al pueblo a visitar a mi familia, y a él. A los 19 empezó la facultad y, por supuesto, se vino a vivir conmigo. Compartimos habitación tres años en un dos ambientes de Rodríguez Peña y Corrientes, hasta que nos mudamos a un tres ambientes para tener una pieza cada uno. No es que nos molestara compartir, pero los líos empezaban cuando alguno quería invitar a alguien.

Él salía con una correntina hermosa, un poco más grande que nosotros, compañera de trabajo. Una noche se fueron a la fiesta de fin de año de la empresa y yo me quedé solo, estudiando para el último final. De esa noche me acuerdo todo. Detalle a detalle.

Cerca de las cinco de la mañana llegó Franco, solo. Completamente borracho y sucio de vómito. Me asusté, pensé que le había pasado algo grave, hasta que entendí que era una borrachera.
—Me dejó... me dejó en la fiesta —me dice. Y otra vez las ganas de vomitar.
Lo llevo al baño, lo asisto, le saco como puedo la ropa y lo meto en la ducha con el slip puesto, mientras lleno la bañera. Que el agua lo lave y lo baje de la borrachera, que la tristeza se diluya un poco. Me empieza a contar y al hacerlo me toma la mano y me la aprieta fuerte. Enjuagate un poco, le digo. Voy a estar para lo que necesite, pero no puedo dejar de mirarlo. Lo vi mil veces sin remera, en slip, hasta desnudo, pero verlo así es distinto.
El pecho firme, la tela mojada, todo a la vista. Es mi amigo, no quiero nada con él, pero no deja de ser hermoso.
Le traigo ropa interior limpia y la remera de dormir, y lo ayudo a acostarse. "Quedate", me dice. Me recuesto a su lado, me abraza y se duerme. Al día siguiente vuelvo tarde, pasadas las once, muerto: hacía dos días que no pegaba un ojo. Cuando abro la puerta estaba Franco esperándome. Mate listo y una picadita a lo pueblerino: chorizo seco, quesito, unas rodajas de pan. Se acerca, me abraza y me dice: "gracias, sos un amigo de fierro".
Esa fue siempre nuestra dinámica. Estar siempre... incondicionalmente.

A los 24 me puse de novio y me fui a vivir con él, Ignacio. Franco se casó con su novia de la adolescencia, con la que se había reencontrado. Fui padrino de la boda y de su primer hijo, que hoy tiene 22 años. Nuestra amistad siguió igual. Compartiendo todo. La intimidad. La complicidad.
A los 35 se separó y conoció a Claudia, unos diez años más grande, una mujer que la tenía muy clara. En todo. No se iba a perder de nada con tal de disfrutar del sexo, y llevó a Franco a experimentar y abrir la cabeza. Nudismo. Juguetes. Sexo en lugares públicos. Filmarse. Y mucho más.
Hacia fines del año pasado nos fuimos los dos solos un fin de semana a Mar del Plata. De invierno. A charlar, tomar algo, recuperar esos momentos de intimidad y confianza que mantenemos hace años. Franco llevaba varios años con Claudia, y yo 22 con Ignacio. Nos venía bien un cambio de aire.
La última noche nos servimos un licor y nos sentamos en el balcón cerrado, con vista al mar.
Frío afuera, el departamento cálido. Y ahí Franco se largó.

—Tengo algo que contarte, y no sé por qué me cuesta tanto —dice.
—Contame, boludo. No pasa nada.
—Claudia quiere que sumemos un tercero. Pero un hombre. Y que estemos los tres, sin
límites. No un hombre para ella. Un hombre para los dos.
—¿Y no te gusta la idea?
—Me tienta. Pero no sé. El tema es que hace unos meses me estaba chupando la pija, se dedicó más a los huevos, y la saliva empezó a caer por el perineo. Pasó la lengua por ahí y me sorprendió. Para bien.
—Te entiendo. Parece una boludez, pero una lengua en el perineo es algo serio.
—Siguió jugando, hasta que me metió la lengua en el culo. Nunca me imaginé que iba a sentir tanto placer. Ahora lo hace siempre, y me encanta. Y sé que esto del trío tiene que ver con cómo reaccioné.
—Bienvenido —le digo, medio en chiste, medio en serio.
—¿Y hasta dónde estás dispuesto a probar? ¿Te lo garcharías? —No sé si eso. Me calienta la idea de coger a Claudia al mismo tiempo que el otro. Nunca estuve en una situación así con un tipo y me da mucho morbo. Pero... ¿lo puedo tocar? ¿Me puede tocar? ¿Cuál es el límite?
—Eso lo tenés que hablar tranquilo con Claudia. Lo que querés vos, lo que quiere ella, y mezclarlo. ¿Vos qué esperás? ¿Te gustaría que te la chupe?
—Sí. No tengo dramas, me da morbo.
—¿Y vos se la chuparías?
—Creo que sí. Me da curiosidad. Quiero tocar una pija que no sea la mía, sentirla dura, agarrarle los huevos.
—¿Nunca lo hiciste?
—Nunca, boludo. Con un tipo, jamás.

Por eso me intriga tanto.
Le conté que con Ignacio, en 22 años, eso lo fuimos construyendo de a poco. Que si hacemos algo con un tercero lo hacemos a fondo, siempre con respeto. Que a mí me calienta más verlo a él, escucharlo contar, imaginármelo. Que desear el placer del otro, para mí, también es una forma de amor.

—Me encanta que puedan hacer eso —dice—. ¿Y alguna vez iniciaron a un hetero?
—Nunca, o por lo menos no lo supimos. No me gusta convencer a nadie. Pero si el tipo tiene claro que quiere probar, a full. Despacio, avanzando solo si él quiere. Manejando él hasta dónde llegar.
—Eso está perfecto. ¿Y la última vez que hicieron algo?
—El finde. Un pibe neutro, vino con unos amigos. Sesión de paja y leche.
—¿Cómo neutro?
—Sin penetración. El placer pasa por la paja, larga y extendida, por chupar, por frotar. No hace falta más. Y abunda el hombre al que le gusta eso. Incluso heteros.
—No tenía idea de que existía algo así.
Fueron dos horas de charla. De una intimidad que nunca habíamos tenido. Nunca habíamos hablado de leche, por ejemplo. El relax, el trago, el mar de fondo en una noche fría: algo nos hizo dar un paso más.
—Te paso los grupos cuando quieras —le digo.
—Hoy no, que ya estoy caliente —se ríe—. Otro día. ¿Vamos a dormir? Mañana salimos temprano.
Franco se levanta, me abraza. Me da un beso en la mejilla y me dice que extrañaba estas charlas conmigo. Le devuelvo el abrazo y le digo que yo también... y por primera vez en 40 años de amistad, al apretarlo fuerte siento su pija dura apoyada en mi pierna. Apenas lo nota se pone nervioso y retira el cuerpo de golpe.
—Tranquilo, boludo —le digo—. Se te paró, ¿cuál es el problema? —Ninguno. Hablamos de sexo y se me para. Pero otra cosa es apoyártela en la pierna.
—No pasa nada. No voy a hacer nada que no quieras...
—Me voy a pajear al baño así me saco la leche.
—Dale.
Entra al baño y yo me quedo armando el bolso para la vuelta. Cinco minutos después se abre la puerta y lo veo meterse en la ducha. Me acerco: "dejame hacer pis que me hago encima". "Pasá", me dice. Mientras meo —largo— le digo: descargaste rápido.
—No me pajeé, boludo. No pude. Sabiendo que estabas vos ahí afuera, esperando...
—¿Querés que salga a dar una vuelta?
—Ni en pedo. ¿Vos te vas a bañar? Ya terminé, entrá si querés.

Me saco la ropa. No es la primera vez que nos bañamos juntos. Pero sí es la primera después de una charla tan fuerte, y para colmo después de habérmela apoyado dura.
Cuando entro, Franco está de espaldas a mí. La espalda ancha, el pelo ruliento castaño claro, una cola lampiña bien formada y unas piernas fuertes, anchas, peludas. El pelo mojado, cuando se da vuelta y me mira, le da un marco perfecto a esos ojos grises que conozco como la palma de mi mano.
Me pasa el jabón, se pone champú de más y me lo pasa a mí. No es nada nuevo, lo hizo mil veces. Pero esta vez se siente distinto. Veo de refilón que sigue con la pija dura. Lo dejo pasarme el champú por la cabeza, y yo agarro el jabón y se lo paso por el pecho peludo.

Franco levanta la mirada y me dice:
—Pará, boludo. No la caguemos.
—Paro. No hay problema. Aunque para mí no sería cagarla: 40 años no se terminan por una paja. Seríamos dos amigos dándose el cariño que se tienen. Pero tranqui. Yo paro.
—--—--—--—--—--—--—--—--—--—--—--—--—--—--
CONTINÚA… Disponible solo para los que ya saben que "somos dos amigos, nada más" puede significar bastante más. 😈

Si ya estás suscripto, GRACIAS POR APOYARNOS ✊💦 y seguí leyendo.

🔥 SPOILER MORBOSO: Franco no para. Lo abraza abajo del agua, lo besa, y de la ducha se van derecho a la cama. Diego le chupa el perineo y el culo hasta hacerlo gemir, y por primera vez en 40 años se mete en la boca la pija de su mejor amigo. Terminan en un 69 con la lengua adentro del agujero de Franco, que acaba a chorros sobre el pecho de Diego. Y después el machazo casado le pide verlo acabar a él. 😈✊💦 🔥 Para los que les calienta el morbo del amigo de toda la vida que nunca tocó a un tipo y esa noche se anima a todo, sin culpa y sin drama. ✊💦

Link para la parte 2: https://shorturl.at/TncO1
—--—--—--—--—--—--—--—--—--—--—--—--—--—--
Ver más

📖 Relato 🚻 En el baño de Retiro 💦🚆 PARTE 1 de 2

De madrugada, mientras ella dormía sobre dos sillas, yo estaba en el baño de la terminal con un desconocido.

Relato de Havoc (nuevo escritor)

SINOPSIS: Vuelve de viaje con su novia y le quedan tres horas de espera en Retiro, la principal terminal de micros de Buenos Aires. A las dos de la madrugada, con la terminal casi vacía, cruza la mirada con un desconocido y algo le hace ruido de inmediato: una corriente que no sentía desde la adolescencia. Mientras su novia se queda dormida sobre dos sillas, él se ofrece a ir a comprar café. Lo que encuentra en el baño no estaba en sus planes.

🚻 En el baño de Retiro 💦🚆

Lo vi de frente en el pasillo y algo me hizo ruido de inmediato. Algo en cómo nos miramos. No fue una mirada casual, como la que puede cruzar uno con cualquier persona en la calle: había intensidad en sus ojos, había intención. Él era un tipo más o menos de mi edad, treintipocos, con la barba prolijamente recortada y los ojos castaños que parecían sonreír más que sus labios. Tenía cejas tupidas, nariz prominente, labios que parecían sedosos y se destacaban en contraste con la piel tersa y cobriza de un bronceado que ya empezaba a desaparecer. No me había pasado nunca antes algo así, de grabar en la memoria tan rápido tantos detalles, de sentir una conexión tan particular con un completo desconocido. Fue como si el segundo extra en el que nos sostuvimos la mirada hubiera bastado para conectar de una manera única.
Me di vuelta para ver si él hacía lo mismo, pero siguió camino sin darse por aludido, como si para él no hubiera significado nada. Mi novia sí se dio cuenta y me preguntó quién era, yo me limité a decirle que me resultaba conocido de algún lado. Eran casi las dos de la madrugada de un jueves y en Retiro no había tanta gente. Faltaban tres horas para que saliera el micro rumbo a Miramar, así que nos sentamos en unas sillas cerca de la puerta a pasar el tiempo hasta que llegara el momento de embarcar. Intentamos con el Uno, después con una serie en el celu, pero el cansancio nos terminó venciendo. Para intentar sobreponernos, me ofrecí a ir a comprar café.
Sentía el cuerpo entumecido después de las diez horas de viaje desde Córdoba, así que la caminata me vino bien para estirar las piernas. Eran pocos los negocios que quedaban abiertos a esa hora, y poca la gente que seguía deambulando: un par de guardias de seguridad, un empleado de limpieza y un puñado más de personas haciendo tiempo como nosotros.
Cuando llegué al café, lo primero que vi fue a él. Estaba sentado en la barra, justo al lado de la caja. Para cuando posé mis ojos sobre sus ojos, él ya me estaba mirando, con la misma intensidad magnética de antes y una sonrisa apenas dibujada en los ojos mientras tomaba una gaseosa directo de la lata. Nuevamente, esa conexión sobrenatural; me costaba entender qué estaba pasando. Desvié la vista a la carta, fingiendo buscar algo para pedir. Cuando levanté la vista para hablarle a la empleada, él se puso de pie. Sin sacarme los ojos de encima hasta pasar al lado mío, caminó en dirección al baño, rozándome apenas la pierna con la mano en un gesto descuidado, casi torpe. Automáticamente, sentí cómo la sangre empezaba a bombear directo a mi entrepierna.
—¿Vas a querer pedir algo? —la voz de la chica del café me sacó de mi ensimismamiento.
Lo dudé un instante, pero algo se sobrepuso e hizo que hablara con voz firme.
—En un momento. Voy al baño, ya regreso.
Me moví como un autómata, movido por una sensación que no sentía desde la adolescencia; una efervescencia de hormonas casi absurda, inexplicable. Podía sentir el calor agolpándose en cada extremidad, en la cara, en las orejas, pero sobre todo podía sentir desde hacía unos minutos la pija hinchándose de sangre en una erección imposible de disimular.
Entré al baño con el corazón aceleradísimo, esperando encontrarlo a él de frente y sin saber muy bien qué hacer ante ese posible panorama. Sin embargo, el lugar parecía vacío. Tal vez me había equivocado y no había ido en esa dirección. Aproveché la instancia para mojarme la cara, un intento torpe de despejarme y bajar el calor que me había invadido. Antes de volver para pedir el café y regresar con mi novia, me acerqué a uno de los mingitorios del medio. Me desabroché el short, esperé un instante a que mi cuerpo se relajara y me entregué a esos primeros segundos de placer, cuando el meo empieza a salir en chorros intensos y calientes.
El ruido de la puerta de uno de los cubículos me tomó por sorpresa. Escuché los pasos hasta ver que alguien se ubicaba en el mingitorio de al lado. No fue necesario girar la cabeza para saber de quién se trataba, pero miré igual: él me devolvió la mirada, con una sonrisa de costado. Ahora ya no me miraba a los ojos: sin el menor disimulo, estaba mirando atentamente cómo meaba. Sin mucha más vuelta, se bajó el jogging unos centímetros y metió la mano en el boxer para sacar la pija. Mi vista se fue automáticamente hacia ese lado: era bastante grande para no estar erecta, gorda, con el vello púbico cuidadosamente recortado alrededor y los huevos grandes, pesados, totalmente afeitados. Todo en la zona se veía particularmente suave.
—Se te está parando.
Su voz me descolocó. Era suave pero masculina, casi como un carraspeo. Volví a prestar atención: tenía razón. Mientras los últimos chorritos de meo salían, se me estaba empezando a poner la pija al palo. Un nerviosismo extremo me invadió, y por primera vez en mi vida las piernas me temblaban de manera incontrolable. Lejos de aparentar incomodidad, con el rabillo del ojo vi cómo su mano se movía con confianza en lentas sacudidas, a pesar de que en ningún momento había empezado a orinar. Podía sentir su mirada fija en mi verga, así que me armé de valor y lo miré yo también por encima del divisor entre los mingitorios: la de él, igual que la mía, estaba empezando a pararse. Me resultaba imposible desviar la mirada. Su pija, a pesar de todavía no estar erecta, estaba bastante gorda: los pliegues del prepucio que cubrían la totalidad del glande parecían aterciopelados. Los dedos, toscos y masculinos, se movían suavemente de atrás para adelante, en un movimiento que no llegaba a ser masturbatorio pero que tampoco era la simple sacudida de después de mear. De manera casi inconsciente, empecé a imitarlo: hacía ya un rato que mi erección era completa.
Sentía la ola de adrenalina recorriendo cada centímetro de mi cuerpo mientras miraba por primera vez a otro hombre masturbarse adelante mío mientras él me miraba masturbarme a mí.
Pispeé con nerviosismo la puerta, pero seguía cerrada. Afuera no se escuchaba un ruido.
Sentía el corazón bombeando sangre a mansalva, mi pija apretada en mi mano, hinchándose a más no poder.
Por primera vez él estiró la mano en un gesto rápido, acompañado de un chistido, tocándome el codo para traerme de vuelta. Volví a mirarlo a los ojos y, con la misma sonrisa de siempre, me hizo un gesto con la cabeza en dirección al cubículo en el que había estado hasta antes de aparecerse al lado mío por sorpresa. Sin esperar respuesta, con la pija todavía al aire, dio un par de pasos para atrás y se metió ahí.
No me dio tiempo a dudarlo. Me apuré a entrar con él y trabé la puerta como pude, con la mano temblando producto de la adrenalina. Una vez dentro, nos terminamos de bajar los pantalones casi en simultáneo, mirando cómo ambas pijas paradas rebotaban levemente con el movimiento.
—--—--—--—--—--—--—--—--—--—--—--—--—--—--
CONTINÚA… Disponible solo para los que ya saben que "ir a comprar café" a las dos de la madrugada puede significar otra cosa. 😈

Si ya estás suscripto, GRACIAS POR APOYARNOS ✊💦 y seguí leyendo.

🔥 SPOILER MORBOSO: Se encierran en el cubículo, frente con frente, con una pija en cada mano y la boca tapada para que nadie del baño los escuche. Después el desconocido se arrodilla y se la chupa con una seguridad que ninguna mina le igualó. 😈

🔥 Para los que les calienta el morbo de hacerlo en silencio en un lugar público, con un desconocido que maneja todo y no dice una palabra de más. ✊💦

Les dejamos el link para la parte 2 de este relato: https://shorturl.at/5KLFa
Ver más

Debes ser mayor de 18 años para ver este contenido