📖 RELATO - PARTE 1 de 2 - 🐺🔥🐾 ANIMALES PAJEROS: LA GUARIDA - Parte 2
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Relato de Fede. Locución de Facu.
SINOPSIS: El vestuario quedó chico para lo que están siendo ahí adentro. Toro habla poco y dice lo justo: "Vengan a mi casa el sábado." Una cueva en Boedo, cuarto piso por escalera, poca luz y olor a macho. Sin duchas, sin excusa de masajes: están ahí porque quieren estar, y eso lo cambia todo. Hasta que suena el timbre. El que entra es un animal que ninguno vio nunca: más grande, más vivido, con la calma del que ya cruzó todos los bordes. Conoce a Toro de otra vida. Y viene a enseñar. La manada ya tiene guarida. Y la guarida, dueño. 😈✊💦
🐺🔥🐾 ANIMALES PAJEROS: LA GUARIDA - Parte 2
La manada de animales se afianzó en el gimnasio. Son como vos, por eso estás acá. Ahora Toro apareció. Vayamos directo al hueso…
A lo largo de la semana, Toro se fue acercando sin acercarse. Un día le alcanzó un disco a Caballo. Se lo puso en la mano. Se rozaron los dedos. Caballo, su igual, tragó saliva. Otro día, pasó por detrás de Perro mientras hacía fondos y le puso la mano en el hombro para pasar. No hacía falta. Había espacio de sobra. Perro sintió esa mano como una marca. Pesada, caliente, inmóvil un segundo de más.
El viernes, Toro se quedó después del horario. Nadie lo invitó. Simplemente no se fue.
Toro se sacó la remera y se sentó en un banco. El torso era un mapa de músculos tensos, cubierto de vello oscuro. Olor pesado, como a tierra después de la lluvia.
Perro le trabajó los hombros a Zorro, el casado, pero estaba distraído: miraba a Toro de reojo. Caballo se estiró solo, pero sus movimientos eran más lentos, más exhibidos, como si supiera que lo estaban observando.
Toro no pidió masaje. Se quedó sentado, los codos sobre las rodillas, las piernas abiertas, el short tirante. En algún momento empezó a manosearla. No con urgencia: con una naturalidad animal, pero sin parar. Se agarraba el bulto con la mano abierta, lo apretaba, lo soltaba. La pija se le fue marcando de a poco, creciendo contra la pierna izquierda del short, gruesa, pesada. Se le veía la forma entera: el tronco ancho, la cabeza gorda empujando la tela. Los huevos le llenaban el short, grandes, apretados contra la costura. Se los agarró con la mano entera, los sopesó. Después volvió a la pija. Se la apretó por encima de la tela, de arriba a abajo, sin apurarse. Como diciendo: "esto es lo que hay".
Los tres lo miraban. Perro con las manos quietas en los hombros de Zorro. Caballo con los ojos clavados en esa mano. Zorro con el corazón en la garganta.
Perro volvió a masajear a Caballo. Toro se levantó y se paró detrás de Perro. No lo tocó. Solo se paró ahí, a medio metro. Perro sintió su calor en la espalda.
—¿Querés que te haga después? —le preguntó sin darse vuelta.
—No —dijo Toro.
Pero no se movió.
—¿Y qué te gustaría?
Toro no contestó con palabras. Le puso las manos en la cintura a Perro. Las dos. Enormes, pesadas, calientes. Los dedos le abarcaban la cintura entera. Lo sostuvo un segundo, como midiéndolo. Después una mano bajó.
Le recorrió el abdomen con los nudillos. Le siguió la línea del vello, le llegó al elástico del bóxer. Perro respiraba cortado, las manos todavía en los hombros de Caballo, que miraba con los ojos muy abiertos.
Toro le metió la mano por dentro del bóxer. Sin pedir permiso. La mano enorme le envolvió la pija y la apretó. Perro soltó un gemido ahogado. Toro le agarró la base con fuerza, le subió la mano hasta la punta, despacio. Le bajó el bóxer con la otra mano.
—La puta madre —susurró Perro.
Toro lo pajeaba desde atrás, el pecho contra la espalda de Perro, la pija de Toro —dura, todavía adentro del short— apretada contra el culo de Perro a través de la tela. El movimiento era lento, implacable. Perro echó la cabeza hacia atrás y le apoyó la nuca en el hombro.
Caballo se levantó. Se paró frente a Perro. Se bajó el bóxer. La pija le saltó libre, gruesa, curva, con la cabeza brillando. Se la agarró y empezó a pajearse mirándolo a los ojos.
Zorro miraba desde el costado, duro como una piedra, la mano adentro del short.
Toro giró la cabeza y miró a Caballo. Lo miró largo, de arriba abajo, deteniéndose en la pija que se movía en la mano. Algo pasó entre los dos. Un reconocimiento silencioso. De animal a animal.
Le habló a Perro al oído, pero fuerte para que todos escucharan:
—Chupásela.
No fue una pregunta. Fue como señalar algo que todos sabían que iba a pasar.
Perro miró a Caballo. Caballo lo miraba con esos ojos oscuros, la mandíbula apretada, la pija en la mano, esperando. Perro se arrodilló.
La pija de Caballo le colgaba delante, gruesa, pesada, oliendo a piel y a deseo. Perro abrió la boca y se la metió. Caballo soltó un relincho bajo, largo. Perro se la chupó despacio, metiéndosela hasta donde le daba, la lengua trabajando la cabeza, las manos en los muslos de Caballo. Sentía la pija llenándole la boca, el sabor salado del preseminal, el olor intenso de la ingle.
Toro se bajó el short. La pija le cayó libre, gruesa, oscura, curva hacia arriba, con la cabeza ancha y húmeda. Se la hizo chupar a Perro, que dejó la de Caballo, obediente. Con la otra mano le acariciaba la nuca, guiándole el ritmo.
Zorro no pudo más. Se sacó el short, se agarró la pija y se paró más cerca. Perro lo vio de reojo. Le hizo un gesto con la mano: "vení".
Zorro se acercó. Le temblaban las piernas. Perro soltó la pija de Toro y lo miró.
—¿Querés?
—Nunca hice esto —dijo Zorro, con la voz quebrada.
—No hay que saber. Solo sentí.
Perro le agarró la pija a Zorro. Más fina que la de Caballo y Toro, larga, con la cabeza rosada y sensible. Se la metió en la boca. Zorro hizo un ruido que no era de este mundo: un quejido agudo, entrecortado, con los ojos apretados y las manos agarrándole la cabeza a Perro. Nadie le había chupado la pija así. Con esas ganas, con ese hambre, con esa generosidad.
—Dios —dijo Zorro—. Dios, dios.
Perro iba de uno a otro. Se la chupó a Caballo hasta que lo sintió temblar, después se pasó a Zorro, que gemía sin control. Toro se acercó y le pasó la pija por la cara marcando su territorio. Perro abrió la boca y se la metió: ancha, pesada, le llenaba la boca entera. Toro le agarró la cabeza con las dos manos y le marcó el ritmo, empujando con la cadera, despacio pero firme.
Caballo se pajeaba mirando todo. Los dos se miraron con Toro. Toro asintió. Un gesto mínimo. Le agarró la nuca a Caballo y se la apretó. Caballo cerró los ojos. Un gesto que valía más que cualquier palabra.
Perro se apartó, la boca mojada, los ojos brillantes y agradecidos.
—Es tu turno —le dijo a Zorro, mirando la pija de Caballo.
Zorro miró la pija que tenía delante. Gruesa, dura, brillante de saliva. Nunca había chupado una pija. Pero el cuerpo le decía que sí.
Se arrodilló despacio. Le agarró la base a Caballo. Sintió el peso, el calor, el pulso de la sangre. Abrió la boca. Se la metió. El sabor le inundó la lengua: salado, cálido, íntimo. Caballo gimió. Zorro cerró los ojos y chupó, torpemente al principio. Pero el sonido que hacía Caballo lo guiaba. Cada gemido era una instrucción.
—Así —dijo Perro, arrodillado al lado, pajeándose—. Así, loco. Sentila.
Perro se acercó y los dos le chuparon la pija a Caballo al mismo tiempo: Perro la cabeza, Zorro los costados, las lenguas encontrándose, el sabor mezclado de saliva y presemen. Caballo los miraba desde arriba, la boca abierta, los ojos nublados. Toro se pajeaba parado al lado, la mano enorme moviéndose lento, mirando todo.
Toro acabó primero. Se acercó un paso, apuntó, y largó leche sobre los dos con un gruñido grave, la leche gruesa salpicándoles el pecho y los hombros.
Caballo acabó después. Les agarró la cabeza a los dos, apretó, y acabó con un rugido largo, la leche cayéndoles en la boca, en la cara. Espesa, caliente. Perro tragó. Zorro sintió el gusto y no se corrió.
Perro se levantó, se la agarró y acabó de pie con un gemido abierto, la leche cayéndole por los dedos.
Zorro fue el último. Solo, arrodillado, la pija en su propia mano, rodeado de los tres cuerpos que respiraban encima de él. Olía a leche, a sudor, a piel de todos. Cerró los ojos. Pensó en la voz de Perro diciendo "está bien, quedate". Y acabó con un espasmo largo, callado, la cabeza apoyada contra el muslo de Caballo como si fuera lo único sólido en el mundo.
Silencio. Respiraciones que bajaban. El aire empezando a enfriarse.
Se lavaron en silencio, se vistieron sin apuro. Perro silbaba bajito. Caballo tenía la cara aflojada por primera vez. Toro fue el primero en irse, sin despedirse, como había llegado. Zorro levantó la mano y salió último.
La manada recién se armaba. Los animales siempre vuelven. Ahora era el momento de formar una guarida propia, segura, para los pajeros calentones y neutros que eran.
Pasaron dos viernes más en el vestuario. Dos viernes de manos aceitadas, pijas duras, leche en el piso y el silencio de después. La manada ya tenía su ritual: entrenar, quedarse, cerrar la puerta, soltar. Pero el vestuario empezaba a quedar chico. No por el espacio: por lo que estaban siendo ahí adentro. Un vestuario es un lugar de paso. Lo que ellos hacían ya no era de paso. Y era un peligro si alguien los descubría.
Fue Toro el que habló. Lo hizo un viernes, mientras se vestían, con la voz grave y pocas palabras, como siempre:
—Vengan a mi casa el sábado.
Los tres se miraron. Perro levantó las cejas, Zorro tragó, Caballo asintió despacio. Nadie preguntó para qué. Se sabía.
Toro les mandó la dirección por mensaje. Un edificio viejo en Boedo, sin portero, cuarto piso por escalera. Zorro fue el primero en llegar, puntual como era. Subió con el corazón golpeándole en el pecho. En el palier del cuarto piso había una sola puerta, con la pintura descascarada y el número torcido.
Tocó. Toro abrió en musculosa y short. Los ojos claros, fijos como siempre. Se hizo a un costado y lo dejó pasar sin decir nada.
El departamento era chico, oscuro, y olía a Toro. No a desodorante de ambiente ni a limpiador: a él. A sudor viejo impregnado en las telas, a cuerpo, a algo más espeso que se había ido acumulando en las paredes como una capa invisible. Había poca luz: una lámpara en la mesa, la persiana del living baja. Un sillón grande, una mesa ratona, pesas en un rincón, una toalla tirada sobre una silla. La cama se veía desde el pasillo, deshecha, con las sábanas grises revueltas. Todo era funcional, sin adorno, sin pretensión. Una cueva. Literal.
Zorro se sentó en el sillón. Toro le alcanzó una cerveza sin preguntar y se sentó enfrente, en una silla, las piernas abiertas. No hablaron.
Caballo llegó después. Entró agachando la cabeza para pasar por la puerta. Miró el departamento con una expresión nueva: como si reconociera algo. El territorio de otro animal. Se sentó al lado de Zorro, ocupando medio sillón con el cuerpo.
Perro fue el último. Entró hablando, como siempre.
—Qué cueva tenés, Toro. Parece la guarida de un oso.
—No soy oso —dijo Toro.
—Ya sé, ya sé. Sos toro. Se nota. Podríamos convocar a un oso algún día, me copan los osos, son divinos encima, tenemos que..
Toro lo miró serio como para que se callara un poco. Perro entendió y se sentó en el apoyabrazos del sillón y abrió una cerveza. El ambiente era distinto al vestuario. Más íntimo. Más cargado. No había vapor ni duchas ni excusa de masajes. Estaban ahí porque querían estar. Eso lo cambiaba todo.
Tomaron. Hablaron poco. Perro hacía chistes, Zorro se reía, Caballo miraba, Toro escuchaba. Pero debajo de la charla corría otra cosa: la certeza compartida de lo que iba a pasar. La pregunta no era si. Era cuándo.
Fue Toro el que rompió. Se levantó de la silla, se sacó la musculosa, y se sentó de nuevo. El torso peludo, los músculos tensos, la piel brillando apenas bajo la luz de la lámpara. Se acomodó en la silla con las piernas más abiertas y se rascó la ingle con naturalidad. La misma naturalidad animal del vestuario.
Nadie dijo nada. Pero el aire cambió.
Perro se sacó la remera. Caballo lo siguió. Zorro se quedó un segundo con la cerveza en la mano, mirando tres torsos desnudos, y después la apoyó en la mesa y se la sacó también.
Cuatro cuerpos semidesnudos en un departamento chico, con poca luz y olor a macho.
Perro fue el primero en moverse. Se arrodilló frente a Caballo, le puso las manos en los muslos y lo miró desde abajo. Caballo le acarició la cabeza, despacio, como quien acaricia a un perro de verdad. Perro le bajó el short. La pija de Caballo estaba semidura, creciendo. Perro la agarró con la mano, la sintió engordar entre los dedos, y se la metió en la boca antes de que terminara de pararse. Caballo echó la cabeza contra el respaldo del sillón y soltó un suspiro largo, pesado.
Toro miraba desde la silla, la mano dentro del short, pajeándose lento.
Zorro miraba a Perro chupar. Ya no le temblaban las piernas como la primera vez, pero el corazón todavía se le aceleraba. Se bajó el short, se agarró la pija y empezó a hacérsela despacio, mirando la cabeza de Perro subir y bajar sobre Caballo.
Sonó el timbre.
Los cuatro se congelaron. Perro levantó la cabeza, la pija de Caballo brillando de saliva. Zorro se tapó por instinto, pensó en su mujer y al instante que no, que era imposible. Caballo miró a Toro.
Toro se levantó tranquilo, se acomodó el short, y fue a abrir.
CONTINÚA… Disponible solo para los que ya saben que cuando suena el timbre de una guarida, nunca es el delivery. 😈
LINK PARTE 2: https://shorturl.at/ypmiG
🔥 SPOILER MORBOSO: El que toca el timbre es Lobo. Cuarenta y pico largos, canoso, ojos grises que registran todo, un cuerpo con cicatrices que cuenta historias. Conoce a Toro "de otra vida" y es el único de la manada que no tiene nada que demostrar. Entra, se abre una cerveza y dice "no paren por mí". Después demuestra lo que es una boca y una mano con conocimiento: se la chupa a Caballo hasta la garganta sin sacarla, afloja a Toro como ninguno lo vio nunca (entregado, blando) y los pajea a los dos al mismo tiempo, uno en cada mano. Hay un beso entre dos animales viejos que no era para nadie más. Y el final: Toro acabando en la cara de Lobo, que la recibe orgulloso, con la leche pegada en la barba de tres días. Un ritual de siempre.
🔥 Imperdible si te calienta el morbo del macho mayor que ya cruzó todos los bordes y vuelve a la manada para enseñar. ✊💦
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