📖 RELATO - PARTE 1 de 2 - 🏊♂️ Mi profe de natación 💦 Parte #01
Cargando imagen
Relato de Alfred Jeropa
SINOPSIS: Quería bajar el estrés con clases de natación. Mi profe Marcos, 45 años, pecho peludo, sonrisa cómplice. Una noche la pileta quedó vacía, la sunga me traicionó, y él propuso lo más simple: a partir de ahora, la clase es de natación nudista. 💦
🏊♂️ Mi profe de natación 💦Parte #01
Hola a todos, acá Alfred Jeropa reportándose para traerles una nueva historia. Un recuerdo que se me apareció esta mañana lluviosa de otoño. Y lo recuerdo hoy porque sucedió, también, en un marco de lluvia y humedad.
Pasó hace unos quince años. Yo venía de un año de mucho estrés y cansancio, y andaba buscando algo para bajar decibeles y sentirme mejor. En esos días de sobrecarga, el placer y el relax pasan a un segundo plano.
Pensé en yoga, pilates, gimnasio, clases de teatro, pero nada me cerraba. Hasta que decidí que lo mejor era empezar natación. Siempre nadé, de forma completamente autodidacta, así que mi técnica no era muy prolija que digamos. Era más que nada un montón de espasmos tendientes a mantenerme a flote, con relativa eficiencia. Pero sentí que era el momento de aprender oficialmente.
Recorrí varios gimnasios con pileta buscando un profesor para clases particulares. Ninguno me convenía por los horarios. Un conocido me habló de un profesor que daba clases a última hora, desde las 20, en la pileta de un club barrial. Lo contacté y coordinamos empezar ahí, de 21 a 22.
El primer día entro al vestuario, donde dos o tres personas terminaban de cambiarse para irse. Veo a mi nuevo profesor y me acerco a saludarlo. La foto de su WhatsApp no le hacía honor a la verdad. Un hermoso hombre. Cerca de 45 años (yo tenía 33 en ese momento), pecho amplio... pero amplio de verdad, de esos que dejan en claro el laburo de años de nadar, y bien peludo. Un vello oscuro que contrastaba con su piel clara. Tenía puesta una malla al cuerpo, tipo boxer, negra, que con sobriedad insinuaba de la mejor manera lo que escondía. Un hombre con todas las letras.
Yo, vergonzoso, con mi malla de provinciano, me sentía fuera de lugar, completamente opacado por semejante macho argentino. Pero no había ido a hacer gala sino a aprender a nadar.
Pasamos a la pileta, donde había una sola persona nadando, que después supe que era otro profesor esperando a su alumno.
Empezamos la clase. Marcos, así se llama, era sumamente simpático, y la clase fue de lo más llevadera. A cada instrucción, a cada ejercicio, le sumaba una dosis de humor que hacía todo más interesante.
La primera clase fue más que nada para conocernos, y para verle la cara de asombro cuando le mostré mi técnica de nado. Mi técnica indescriptible. Mi técnica que, más que técnica, era un atentado a la vista. Un grito de ayuda mezclado con movimientos epilépticos.
Se rió de mi técnica, o de mi falta de tal cosa (no lo culpo), y me dijo:
—Tenemos mucho que trabajar.
Unas semanas después, al terminar la clase, pasadas las diez de la noche, nos quedamos charlando trivialidades con Marcos, Javier y Néstor. Javier, el otro profesor: unos 35 años, 1,70, pelo castaño de rulos, de esos que caen sobre la frente y hacen angelical cualquier cara. Fibroso, totalmente lampiño, con piernas que dejaban claro que no solo nadaba: también jugaba al fútbol.
Néstor, el otro alumno: treinta años aproximadamente, rubio oscuro, peludo, con panza de cerveza y una mirada pícara e inocente. Un hetero fachero que a la mitad de las clases iba con la novia.
Después de un rato de charla caemos en que tenemos que cambiarnos antes de que cierren los vestuarios, así que vamos rápido. Soy el primero en entrar a las duchas. Son seis, en dos hileras: dos de un lado, cuatro enfrentadas. Con cortinas. Me ubico del lado de las dos y cierro la cortina, pero no termina de cerrar.
Mi cabeza arranca un baile erótico alucinatorio. Por momentos me parece un momento mágico, de comunión de hombres compartiendo la intimidad: la desnudez, el cuerpo, los pelos, pechos, piernas (bah, patas: tratándose de machos como esos, son patas), axilas, morbo. El club a esta hora está prácticamente vacío. Quedamos nosotros cuatro y una persona en recepción. Eso le da rienda suelta a mi imaginación y llena el aire de ese olor a machos, mezcla de transpiración, desodorante y jabón. Ese ámbito donde valen más las complicidades que las apariencias.
Enseguida llegan Marcos, Néstor y Javier, y los tres se ubican en las duchas de enfrente.
Néstor cierra la cortina, pero como es habitual, no tapa todo y algo se deja ver. Javier y Marcos la dejan completamente abierta. Por primera vez los veo desnudos, así de disponibles a la vista. Hasta ese día solo los había visto cambiándose al llegar, siempre de manera casual y limitada.
A Néstor lo veo poco: alcanzo a divisar sus brazos y adivino los movimientos mientras se lava la cabeza. En cambio, de Javier y Marcos tengo una vista amplia, privilegiada. Los miro con disimulo. Marcos está de espaldas. Su cola es perfecta: una mata uniforme de pelos la cubre y le remarca todavía más las curvas. La espuma empieza a cubrirlo y a perderse en su raya. Pasa una mano para lavarse, me quedo mirando distraído, se da vuelta y esquivo su mirada rápido. No sé si me vio. Pero el jabón pasando por sus huevos y su pija, visto de reojo, es un espectáculo monumental.
Javier está de frente. La mezcla de agua, jabón y luz cenital le genera un brillo que marca lo fibroso de su cuerpo, le da un volumen que lo beneficia en mucho. Su pija en reposo recibe la espuma que baja del pecho, y todo se vuelve aún más deseable.
Cuando termino de ducharme, mientras me seco, veo que Néstor abrió su cortina y se está secando. Hermoso cuerpo joven, con algo de timidez: la toalla se demora en sus huevos antes de ponerse un boxer, y en ese gesto la juventud contrasta con su masculinidad adulta.
Javier ya se fue; no lo vi irse. Marcos cierra la ducha, se seca la espalda, se da vuelta y veo que su pija creció. Está engomado, el glande brilloso, y no parece ser agua. No puedo dejar de mirarlo. Se seca el pecho, me mira pícaro y me sonríe.
Esa noche, en mi cama, pongo una porno, pero la paja me la hago pensando en Néstor, en el brillo del pecho fibroso de Javier, pero sobre todo en Marcos: su cola peluda, su pija gomosa y, más que nada, esa sonrisa cómplice, de macho a macho.
A medida que pasaban las clases fuimos ganando confianza y relajándonos. Después de tres semanas, a dos clases por semana, me dijo que íbamos a empezar con ejercicios de movimiento para corregir la técnica.
—Vení con una malla lo más cómoda posible. Te recomiendo algo al cuerpo, sunga o tipo boxer.
Lo único que tenía era una sunga que compré una vez en Brasil y nunca usé. Me la probé midiendo el nivel de ridículo que iba a hacer con eso puesto y, la verdad, podría ser peor. Así que... adelante.
Al llegar a la clase, Marcos estaba de espaldas cambiándose. Se saca la ropa interior y lo veo ponerse una sunga. El espectáculo de su cola peludita mientras se la ponía fue glorioso. Me quedo mirándole la cola directo y no noto que se da vuelta y se sienta en el banco. Me mira, me saluda, y nota que quedé distraído. Yo ya tenía puesta mi sunga. Y mi pija había reaccionado. Ahí mismo recordé por qué nunca la había usado: si se me para, no solo se nota, sino que se escapa por el costado o por arriba de la cintura con mucha facilidad. Intento calmarme para poder tener la clase en paz. Lo saludo. Miro alrededor y veo que no están ni Javier ni Néstor.
Marcos nota que los busco.
—Hoy no vienen. Hoy estamos solos en la pileta.
Mierda. Va a ser difícil la clase de hoy.
Ya en la pileta, vamos a la parte media. Me hace agarrarme del borde y me marca movimientos: patadas cortas, patadas largas, patadas laterales, empujones. Cuando me indica las laterales, evidentemente no las hago bien, porque me toma con una mano de la cintura y con la otra se apoya en mi panza para controlar el movimiento. Puta madre. Esa mano en mi panza hizo que mi pija se parara en segundos y se escapara de la sunga al instante. Corto todo y la escondo adentro.
Marcos no dice nada. No sé si se dio cuenta. Me siento avergonzado pero sigo. Dos, tres patadas, y de nuevo afuera. Repito la maniobra y la escondo.
—¿Estás bien?
—Sí. Sí. Problemas técnicos —le digo, entre risueño y avergonzado.
A la tercera vez me pregunta qué pasa y ya no puedo ocultarlo.
—Cada vez que doy las patadas se me escapan las partes por el costado de la sunga.
Las partes... eso dije. Las partes. Parezco un señor hablando. Pero eso fue lo que dije.
—No te preocupes por eso. Estamos solos, nadie te va a ver.
Intento una vez más y otra vez lo mismo.
—Hagamos algo. ¿Por qué no te sacás la sunga y listo? Así por lo menos no te molesta y podés estar tranquilo.
Ahora sí estoy definitivamente nervioso. Le digo que no, que ya fue, y vuelvo a intentar.
—Sacátela. Haceme caso.
Le digo que no, que me da vergüenza. Marcos se sonríe.
—¿Vergüenza de qué? Hagamos algo.
Se saca su sunga y queda desnudo.
—Así estamos los dos en la misma.
Lo miro. No lo quiero mirar, pero lo miro. Noto que no está duro, pero al menos está gomoso. Ya le había visto la pija y ese no era su tamaño en reposo.
—Ahora sacátela vos, si no el que está en desventaja soy yo.
Con sutileza,, toma la cintura de mi malla y hace el ademán de sacármela. No me resisto y lo acompaño, quedando desnudo en la pileta con mi entrenador.
—A partir de ahora, la clase es de natación nudista.
Y me ubica en posición para seguir con los ejercicios. Su mano derecha en mi panza, casi rozando mi pubis, y la izquierda en mi espalda baja, apoyada en el nacimiento de mi raya.
—Así, así vas bien. Ahora más lento. Ahora más hacia afuera.
Después de unos minutos me pide que descanse. Mi pija se relajó un poco. Pero no sabía lo que venía.
—Ahora vamos a probar patada con planta del pie extendida.
Se agarra de la baranda del borde y, boca arriba, empieza a hacer patadas suaves. Así, agarrado del borde, su pecho sale del agua, resaltando todavía más el volumen y los pelos mojados, y un camino que baja hasta el ombligo y desde ahí se dispersa en un vello púbico abundante y prolijo que decora una pija semidura y unos huevos redondos que parecen flotar. Siento que nota que lo miro con demasiado detenimiento, que no estoy prestando atención a los movimientos sino a su cuerpo. Se para y me pide que lo haga yo.
Sé que estoy duro y no lo puedo evitar. Imito su posición, pero instintivamente dejo la cintura y la cadera bien abajo del agua y empiezo con las patadas. Marcos me pide que levante la cintura. No puedo, por vergüenza o pudor. Lo repite y, cuando ve que no respondo, pone su mano debajo de mi cuerpo y desde la espalda baja me empuja, haciendo emerger mi pija completamente dura. Marcos la mira.
—Dale, no dejes de patalear. No importa.
—--—--—--—--—--—--—--—--—--—--—--—--—--—--
CONTINÚA… Disponible solo para los que ya saben que "natación nudista" no figura en ningún plan de estudios. 😈
PARTE 2: https://url-shortener.me/NBIO
🔥 SPOILER MORBOSO: El profe lo pajea abajo del agua mientras le exige seguir pataleando, con la misma voz tranquila con la que le corrige la brazada. Después viene el beso que no pide permiso, la cola peluda contra su nariz, y los dos acabando juntos bajo el agua. 😈
🔥 Para los que les calienta el profe que sabe exactamente lo que hace y se toma su tiempo. ✊💦
Ver más
Debes iniciar sesión o registrarte para comprar un plan