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PARTE 1 de 2 - 📖 RELATO 🏉 El amigo rugbier de mi viejo 🤫
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Dos generaciones, un mismo club, un mismo secreto.
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SINOPSIS: Felipe, “El Gringuito”, rubio de 20 años y rugbier, vive con la paja como ritual cotidiana: vestuarios, duchas, porno a un click y ese morbo de la energía masculina compartida. En una cena del club conoce a Emilio, amigo de su viejo: un veterano imponente, moreno, barba espesa, brazos tatuados y una autoridad tranquila que le deja la cabeza (y la pija) prendida fuego. Felipe cae en el grupo VIP de Telegram y el destino le pega una sorpresa caliente: Emilio está ahí, desnudo, con el tatuaje inconfundible. Lo que empieza como provocación virtual escala a una encuentro real donde el “amigo rugbier de mi viejo” toma el control y Felipe descubre hasta dónde llega su entrega cuando la fantasía deja de ser fantasía.
🏉 El amigo rugbier de mi viejo 🤫
Hola, amigos de Pajeros Argentos 🧉, hace rato quería contar mi historia y acá estoy. Me llamo Felipe, soy un rubión de veinte años y juego al rugby en un tradicional club de la capital de Salta. Me llaman El Gringuito.
Si algo define a mi generación es que el porno estuvo siempre al alcance de un click. A diferencia de la generación de nuestros viejos, nosotros crecimos con internet, con miles de páginas abiertas a la vez, con videos que se pasan entre amigos, en el celular o en una carpeta o álbum escondido. La paja fue una especie de rito de iniciación para todos nosotros, y yo, la verdad, terminé siendo un fanático.
A veces pienso que mi cabeza se moldeó con esa mezcla de estímulos: el rugby, los vestuarios, los cuerpos, la adrenalina del juego… y, por otro lado, el porno siempre dispuesto a llevarme más lejos. No voy a mentir: me he pajeado en las duchas del club, aprovechando que el agua corría y el vapor lo disimulaba todo. Algún amigo al lado, la verga a medio endurecer, miradas rápidas que duraban apenas un segundo pero decían mucho más de lo que se admitía en voz alta. En ese ambiente, donde siempre hay roce, sudor, piel, era casi inevitable.
Los vestuarios eran un caldo de cultivo para eso. Duchas abiertas, culos apretados, espaldas sudadas, olor a jabón y a transpiración mezclada con desodorante barato. Siempre había algo que me dejaba la pija dura: un roce, una mirada de reojo, un gesto distraído. A esa edad, cada detalle se te mete en la cabeza y después, cuando volvía a casa, no tardaba en encerrarme en mi pieza y descargar todo lo que había acumulado. Un par de veces se dio de pajearnos en las duchas, cada una con la suya.
También recuerdo las juntadas en la casa de alguno. Todos en el sillón, apagando las luces y poniendo una porno a todo volumen. Al principio, como si fuera solo una curiosidad. Pero al rato, con la mano adentro del pantalón, la tensión crecía y terminaba siendo un festival de pajas compartidas. Es un morbo espectacular que espero todo hombre haya experimentado al menos una vez. La primera vez fue raro, después ya se volvió natural: la excitación de estar rodeado de la misma energía, de sentir que lo prohibido estaba pasando ahí mismo, en grupo. Cruzar paja me voló la cabeza.
Y aunque hoy tengo pareja, nada de eso cambió demasiado. Cojo seguido, disfruto, pero la paja es otra cosa. No pasa un solo día sin que me toque aunque sea dos veces. A veces después de entrenar, a veces antes de dormir, otras en el baño del club con la toalla alrededor de la cintura. Es como un motor que no se apaga nunca. Una costumbre, un vicio, o simplemente parte de lo que soy.
Lo pienso y me río: me hice experto en esconder lo pajero que soy, pero por dentro siempre está esa pulsión, esa necesidad. Y es justamente esa forma de ser la que me llevó a cruzarme con ciertas personas que iban a cambiar el juego.
En el club siempre hay algo para festejar, pero la que les voy a contar fue el punto más alto del pajero, era la noche en que despedimos al utilero Don Paco. El viejo tenía ya más de ochenta años y toda la camada, desde los más pibes hasta los veteranos, estaba invitada. El salón del club estaba lleno: mesas largas, vino tinto o birra que corría como agua, chorizos a la parrilla, humo y risas.
Mi viejo, que jugó años en el club, estaba ahí también. Era de esos encuentros donde se mezclaban generaciones y las historias salían como disparadas: partidos memorables, lesiones, viajes, anécdotas que terminaban siempre con carcajadas.
Fue en ese contexto que conocí a Emilio. Mi viejo me lo presentó como quien presenta a alguien importante:
—Felipe, te presento a Emilio, un amigo de toda la vida, jugamos juntos en la primera.
Me encontré con un hombre que imponía presencia. Alto, ancho de hombros, de piel morena curtida por el sol. Tenía el pelo negro, con canas que se mezclaban y una barba espesa, casi salvaje. Sus ojos negros me atravesaron de entrada, serios, con un brillo fuerte que intimidaba. Los brazos tatuados hablaban de otra vida, de experiencias fuera de la cancha, y cuando abrió la boca para saludarme, la voz áspera me recordó a esos gauchos infernales de Güemes, rudos y con carácter.
—Así que vos sos el hijo de El Gringo —me dijo con media sonrisa—. Igualito de rubio, pero con pinta de toro joven. El Gringuito.
Solté una risa nerviosa, mientras él me apretaba la mano con una fuerza que me recorrió todo el brazo. Hablamos un rato del club, de cómo había cambiado todo con los años, de los pibes que venían empujando fuerte y de lo que se esperaba del futuro. Emilio vivía en Buenos Aires, pero decía que siempre volvía a Salta cuando podía, que el club era como una segunda casa.
Yo lo escuchaba y sentía que había algo distinto en su manera de hablar. Tenía autoridad sin tener que levantar la voz, como si lo que decía no pudiera ponerse en duda. Había hombres que llenaban un espacio solo con estar ahí, y Emilio era de esos.
Me sorprendió lo fácil que fue charlar con él. Pasamos de hablar del equipo, de anécdotas con mi viejo, a intercambiar opiniones sobre la vida en general. Entre copa y copa, me fui dando cuenta de que me gustaba estar cerca de él, que lo admiraba como si lo conociera de antes, como si hubiese estado esperando ese encuentro sin saberlo.
Con el alcohol, la conversación con Emilio se fue haciendo cada vez más cercana. Él tenía esa manera de hablar que mezclaba la rudeza de un veterano con la calidez de alguien que todavía disfrutaba el presente. Yo estaba fascinado, escuchando sus historias de viajes, de partidos, de las noches interminables después de un triunfo.
En un momento, mientras nos reíamos de una anécdota en la que mi viejo había terminado desnudo en la pileta del club en plena fiesta, Emilio se remangó la camisa para servirse más vino. Ahí lo vi: su antebrazo derecho estaba cubierto por un tatuaje distinto a los otros.
—¿Y ese? —le pregunté, señalándolo con curiosidad.
Él sonrió, como si estuviera esperando que alguien se fijara. Giró el brazo para mostrármelo bien. Era una línea de esas que parecen un electrocardiograma, de esas que marcan vida y latido. Pero en el centro se transformaba en un arco en forma de H, y justo arriba, perfectamente dibujada, una pelota con la fecha “10.02.10”.
—Este es el que más me importa —me dijo con voz grave—. Me lo hice después de mi último partido en este club. La última vez que la pasé por los palos… el día que me retiré.
Me quedé mirándolo en silencio, como hipnotizado por la historia detrás de la tinta. Había algo en cómo lo contaba, en la seriedad con la que lo señalaba, que me hacía sentir que no era solo un dibujo en la piel: era un pedazo de su vida, de su identidad.
—Está buenísimo —alcancé a decir.
Él me palmeó el hombro, con esa mano grande y firme que parecía un bloque de piedra.
—El rugby te marca, Gringuito. No importa la edad que tengas, o dónde estés. Esto es para siempre.
Lo dijo mirándome fijo, con esos ojos negros que tenían un magnetismo extraño. Sentí un escalofrío que me recorrió la espalda, como si me estuviera pasando algo más que una enseñanza de un viejo jugador. En ese momento me latió la pija, casi como un impulso inconsciente. No me cuestioné demasiado, simplemente sucedió. Se me puso gomosa.
La noche en el club se fue estirando entre risas, aplausos y brindis. El viejo utilero se despidió emocionado, todos lo aplaudimos de pie, y después la gente empezó a irse en tandas. Mi viejo charlaba con algunos amigos de su época.
Con Emilio nos saludamos al irnos. Él me dio un abrazo fuerte, de esos que te aprietan el pecho, y me dijo al oído:
—Nos vamos a volver a cruzar, pibe. Acordate.
Subí al auto con mi papá, medio en silencio, todavía con el calor del vino en la sangre y un cosquilleo extraño en la pija y huevos que no me podía sacar de encima.
Cuando llegué a casa, me tiré en la cama sin sacarme ni las medias. El cuarto estaba oscuro, el ruido de la calle llegaba apagado, y yo tenía la cabeza llena de imágenes de la noche: el salón lleno de deportistas, la risa de mi viejo… y sobre todo Emilio. Su barba negra, los tatuajes, esa voz rasposa que parecía quedar retumbando en mi pecho.
Me toqué el pantalón y ya estaba duro. No lo pensé mucho. Bajé el cierre y saqué la verga, gorda, caliente, el glande húmedo apenas con rozarlo. Cerré los ojos y dejé que las escenas me invadieran: la fuerza de su mano al saludarme, el antebrazo con el tatuaje, el abrazo apretado de despedida.
Empecé a pajearme despacio, con esa mezcla de culpa y morbo que me hacía temblar más. Cada bombeo era como volver a escucharlo decirme “pibe”, como si me estuviera marcando con esa voz grave. Sentía la pija latir entre mis dedos y lo único que podía imaginar era la enorme figura de Emilio, ese gaucho infernal salido de un recuerdo de mi viejo, pero ahora metido en mis fantasías. Me imaginaba que tenía una pija de macho espectacular, incluso más grande que la mía.
No tardé mucho. El alcohol, la calentura y todo lo que me había despertado hicieron lo suyo. Gemí bajito, con los dientes apretados, y…
CONTINÚA…
Disponible solo para quienes se animan a cruzar la línea fina entre “fantasía” y “me abrís la puerta”. 😈
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🔥 SPOILER PAJERO: Felipe llega al encuentro con el corazón en la garganta, la verga dura y esa mezcla de miedo y deseo que no te deja pensar. La puerta se abre y Emilio está ahí: más grande en persona, más pesado, más seguro… como si supiera desde el minuto uno que el pibe no vino a charlar. No hay saludo largo, no hay vueltas: hay mirada fija, voz baja y una orden simple que te acomoda el cuerpo solo. Y cuando Felipe entra, entiende lo que le venía pasando desde aquella cena del club: que esto no era curiosidad… era entrega.
🔥 Imperdible si te calienta la diferencia de edades, el morbo de “es amigo de mi viejo”, el peso de un tipo que domina sin gritar, y un pibe que se derrite cuando le dicen qué hacer.
…acabé con fuerza, chorreando sobre mi panza y el colchón. Me quedé jadeando, sudando, con la verga todavía palpitando en la mano.
Me dormí así, con una sonrisa torcida, sabiendo que algo se había abierto en mí esa noche. Y que Emilio, de algún modo, ya estaba metido en mi cabeza.
Han pasado algunos meses desde aquella noche en que conocí a Emilio y, por trabajo, me enviaron a Buenos Aires. Me instalé por Palermo, zona llena de bares, ciclistas, sol primaveral y cuerpos que se mueven ligeros de ropa. Estaba cómodo pero los días pasaban y cada vez sentía más fuerte la falta de sexo, de contacto, de algo que me haga explotar de verdad.
Internet y las apps de siempre se volvieron un escape inevitable. Me metía en páginas, en grupos… y siempre terminaba bombeando, descargando ese calor que Buenos Aires me hace sentir en la piel. La primavera acá no ayuda: cada pecho al aire, cada pierna al sol, cada musculoso caminando por la vereda hace que se me ponga dura sin que pueda evitarlo.
Un día me sumé al grupo VIP bien pajero de Telegram, el de Pajeros Argentos que me la puso gorda al toque. Era algo que nunca había explorado tanto. Las horas pasaron entre charlas y fotos subidas de tono que mostraban un sinfín de distintos miembros, de repente, casi me caigo de la silla. Ahí estaba, en una foto en el grupo que me dejó sin aire: Emilio. No podía equivocarme. Su cuerpo, su tatuaje del antebrazo derecho, esa línea que se convertía en H con la pelota de rugby y la fecha “10.02.10” todo era inconfundible.
La foto era tremenda. Él de pie, desnudo, tapando con la mano derecha solo la punta de su verga, dejando ver el tatuaje. Su cuerpo maduro, peludo y marcado me hizo calentar de inmediato. No alcancé a tocarme la verga y ya estaba largando precum encima de mi mano, con un gemido que me salió sin darme cuenta. La imagen de Emilio me quemaba, me penetraba la cabeza y el pecho, y toda la tensión contenida de los últimos meses se liberó de golpe. Verlo en pelotas fue un antes y un después… además de saber que era jeropa como yo. Es que solo los verdaderos pajeros estamos en la comunidad, corta.
Con el corazón todavía latiendo a mil, decidí escribirle. No le dije quién era, no mencioné nada de Salta ni del club. Solo abrí la conversación, con un mensaje casual, intentando acercarme a él sin revelar que lo conocía en persona. El fuego seguía dentro de mí, y sabía que lo que empezaba ahí podía ser apenas la punta de algo mucho más intenso.
Mi mente era un hervidero, no podía dejar de imaginar escenarios con Emilio, yo ya estaba tirado en mi cama del hotel con el teléfono ardiendo en la mano, hubo un segundo en el que no dudé y me animé a escribir:
Yo: Hola… vi tu foto en el grupo, buen cuerpo
El pulso me latía fuerte mientras esperaba la respuesta.
CONTINÚA…
Disponible solo para quienes se animan a cruzar la línea fina entre “fantasía” y “me abrís la puerta”. 😈
🔥 SPOILER PAJERO: Felipe llega al encuentro con el corazón en la garganta, la verga dura y esa mezcla de miedo y deseo que no te deja pensar. La puerta se abre y Emilio está ahí: más grande en persona, más pesado, más seguro… como si supiera desde el minuto uno que el pibe no vino a charlar. No hay saludo largo, no hay vueltas: hay mirada fija, voz baja y una orden simple que te acomoda el cuerpo solo. Y cuando Felipe entra, entiende lo que le venía pasando desde aquella cena del club: que esto no era curiosidad… era entrega.
🔥 Imperdible si te calienta la diferencia de edades, el morbo de “es amigo de mi viejo”, el peso de un tipo que domina sin gritar, y un pibe que se derrite cuando le dicen qué hacer.
LINK PARTE 2: https://shorturl.at/dvPwL
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