El contenido a publicar debe seguir las normas de contenido caso contrario se procederá a eliminar y suspender la cuenta.
¿Quiénes pueden ver este post?
Selecciona los planes que van a tener acceso
PARTE 1 de 2 - 📖 RELATO ✂️💈 Mi peluquero: hasta donde sé, hetero 😏
Cargando imagen
Relato de Alfred Jeropa.
En el contraturno del corte de pelo, le enseñé lo que un macho puede hacer con otro sin penetrarlo: empezamos por el intercrural.
SINOPSIS: Hace cinco años que voy a la misma peluquería de Congreso. Conozco a mi peluquero, sé que está casado, sé que juega al fútbol, y (hasta donde sé) es hetero. Lo que no sabía es lo que iba a pasar un martes a las ocho menos cuarto, cuando llegué justo antes del cierre y él decidió trabar la puerta para trabajar a contraturno.
✂️💈 Mi peluquero: hasta donde sé, hetero 😏
Buenas. Acá Alfred Jeropa. Gracias por apreciar mis relatos, me da mucha alegría y calentura saber que les gustan mis historias reales.
Les quiero contar una experiencia que tuve la semana pasada.
El martes, después de varios días de posponerlo, me decidí a ir a la peluquería, pero por mi horario de trabajo siempre estoy llegando a la hora de cierre. Le escribo a mi peluquero y le pregunto si va a estar un poco antes de las 20 hs y me dice que sí. Que cierra a las ocho pero que me espera sin problema porque no tiene nada que hacer después.
Voy a esta peluquería desde que vivo en la zona de Congreso, poco antes de estallar la pandemia, y lo conozco bien. Debe tener 40 años, lindo tipo, masculino, piernas fuertes y siempre con un peinado nuevo. Y un perfume suave e indagador. Hasta donde sé, hetero.
Cinco años de cortes, de charlas cordiales, de roces casuales sin intención. Es casado, no tiene hijos. Juega al fútbol. Sabe quién es RuPaul. Tararea canciones de Lali pero también de La Beriso. Nada, nunca pasó nada. Pero esa constancia me iba dejando un depósito que yo ni me daba cuenta de acumular: el perfume cuando se inclina, la palma abierta sobre la nuca para inclinarme la cabeza, la manera de mirarme en el espejo un segundo de más antes de retomar la conversación. Nada que uno pueda señalar. Pero todo.
Llego 19.45. La galería ya está casi vacía, persianas bajas, ese olor a encierro de fin de jornada. Él está terminando con un cliente anterior y a los cinco minutos me atiende a mí. Nos saludamos más formalmente que otras veces, no sé bien por qué. "Tratá de hacerme lindo", le digo, el mismo chiste de siempre. Se ríe, pero la risa le dura un poco menos, o me parece.
Empieza a cortar, mira el reloj, me dice que va a cerrar la puerta así no entra nadie más. Va, la traba, baja a media altura la cortina metálica exterior. El ruido retumba en la galería vacía. Cuando vuelve lo veo distinto en el espejo. Más cerca. El local más chico. Era una situación inédita para mí, estar ahí, encerrado. Pero en el buen sentido.
En determinado momento siento que apoya el cuerpo sobre mí para cortar, nada que no haga cualquier peluquero, pero mi cabeza empieza a volar. El peso de su cuerpo descansa suave sobre mi brazo y mi hombro. No es sexual, ni siquiera sensual. Pero sí es íntimo. Algo solo posible en confianza entre dos hombres. Y me gusta.
Sus manos en mi cuero cabelludo están más dedicadas hoy. Más cariñosas. Cada vez que pasa el peine, la otra mano se queda un segundo de más. Charlamos poco. Menos que otras veces. En un momento nos callamos los dos y queda sólo el ruido de la tijera y el zumbido lejano del aire.
De pronto alguien golpea la cortina. Dos veces, fuerte. Una voz masculina pregunta algo que no se entiende. Los dos nos quedamos quietos. Él con la tijera en el aire, yo con la respiración retenida. Nos miramos en el espejo una fracción de segundo y hay algo ahí que no sé leer. Él grita "¡Cerrado, mañana desde las diez!" sin moverse. La voz del otro lado contesta algo y se aleja. Los pasos se pierden.
Se ríe bajito.
—Qué bueno que trabé.
—Sí —digo yo.
Pero la palabra me sale rara. Como si hubiera aceptado otra cosa además de lo que me estaba preguntando.
Sigue con el corte un rato más. Después deja la tijera, se sacude las manos y me dice que me va a lavar la cabeza antes de terminar. Me lleva hasta el lavacabezas del fondo —me agarra el antebrazo, más firme de lo necesario—. Me reclina despacio, con una mano en el respaldo y la otra en la nuca, como acomodando algo que pudiera quebrarse. Toalla tibia bajo el cuello.
—Cerrá los ojos.
Obedezco.
El agua la prueba primero en su muñeca y recién después me la deja caer. Tibia, justa. Empieza por la frente y va hacia atrás. La presión del agua bajando por los costados de mi cabeza, por las orejas, por el cuello, me relaja los hombros de golpe. Ni sabía que los tenía tensos.
Hace espuma entre sus dedos —lo escucho— y me la aplica con las palmas llenas, como si fuera crema de afeitar. Y entonces empieza a masajear. Yemas, no uñas. Los diez dedos trabajando al mismo tiempo, círculos lentos de la nuca a la coronilla, de la coronilla a las sienes. En las sienes aprieta con los pulgares, como quien masajea una migraña. Baja detrás de las orejas y yo suelto un suspiro sin querer. Lo escucho reírse bajito, un aire nada más, como diciendo "ya sé".
No es un lavado de peluquería. Es alguien usando una técnica que conoce para hacer otra cosa con ella.
Yo tengo los ojos cerrados y empiezo a flotar. La espuma me cae por las sienes. La luz del techo la siento roja contra los párpados. Sus dedos no paran.
Entonces siento otra cosa. Se inclina desde atrás de la cabecera para alcanzar mejor un costado de mi cabeza, y al hacerlo me apoya el bulto sobre el hombro. Un segundo. Quizás dos. Está duro. Claramente duro. Siento la forma, la presión, el calor incluso a través de la tela. Siento el tronco marcado apretado contra mi hombro, y por un momento siento que si giro la cara tres centímetros lo tengo en la boca por encima del jean. Yo no me muevo. No abro los ojos. No cambio la respiración. Por dentro todo explota. Él se endereza como si nada y sigue masajeándome, un ritmo más hondo ahora, más lento, diciéndome sin decirlo "sé que te diste cuenta".
Me enrojezco hasta el pecho. Se me hincha la pija adentro del pantalón corto sin que pueda evitarlo. Sus dedos trabajan la nuca, pellizcando los músculos del cuello, y yo sé que si abro los ojos voy a ver su cara al revés encima mío.
—¿Está bien la temperatura? —me pregunta. La voz muy cerca de la oreja. Muy.
—Sí —digo, con una voz que no me reconozco.
—Avisá si querés más caliente.
—Está bien.
Le siento la sonrisa en esas tres palabras. El boludo lo dijo a propósito.
Me enjuaga despacio. Acondicionador. Masajea de nuevo. Aprovecha para volver a pasarme los dedos por las sienes y por la frente. Enjuaga. Cierra la canilla. El silencio es tremendo.
Me seca con la toalla y antes de incorporarme, con la toalla todavía envolviéndome media cabeza, me apoya la palma abierta contra la mejilla y se queda quieto. Yo no abro los ojos. Nos quedamos así unos segundos. Cuando me ayuda a incorporarme, su mano se queda un segundo de más en mi antebrazo, apretando.
Volvemos a la silla del corte. Tengo las piernas flojas y una erección evidente que ya ni intento disimular. En el espejo me veo la cara enrojecida, los labios entreabiertos. En el espejo, por un segundo, me mira la entrepierna. Y lo veo ajustarse él también contra la pierna.
Termina el corte y me pregunta si emprolijo la barba. Sí, respondo. En un momento me habían quedado unos restos en el labio, y con toda la delicadeza me pasa el dedo por el labio para sacarlos. El recorrido lo sentí eterno. Fue una de las experiencias más fuertes e íntimas que viví. Cerré los ojos sin pensar. Cuando los abro lo veo sonriendo. Me pregunta qué me pasó. No pude más de la vergüenza. Le dije que me hizo cosquillas —omití decir dónde— y se rió. Pero la risa fue distinta. Más baja. Me miró en el espejo un segundo de más y volvió a su trabajo.
Siguió con la navaja en mi cuello y sentí el peso de su cuerpo —digamos cuerpo— apoyado sobre mi brazo. El cuerpo duro e inquisidor haciéndome mil preguntas con la navaja en la garganta. La mano firme. El cuerpo pegado al mío diciéndome otra cosa. Y yo ya estaba tan duro dentro del pantalón corto que no me animaba a mirar para abajo.
Termina, me limpia con una caricia que pasa por la oreja, por la mandíbula, por el cuello, como buscando una excusa para quedarse. Mi cuerpo dio una respuesta con una tensión y posterior relajación imposible de ocultar. Él lo vio. Yo lo sé. En el espejo nuestros ojos se cruzaron el tiempo justo.
Me miró, corrió la manta que me cubría despacio, y me dejó expuesto: el pantalón corto marcando todo, la remera subida en una punta. Me agarró la mano y la llevó a su entrepierna mientras agarraba la mía. La tenía igual de dura que yo.
—Sentí lo que me hacés —susurra.
—Y vos a mí.
CONTINÚA… Disponible solo para los que ya saben que ningún macho es del todo hetero cuando se cierra la cortina. 😈
LINK PARTE 2: https://shorturl.at/aArIa
🔥 SPOILER MORBOSO: Después de cinco años de cortes el peluquero casado por fin cruza la línea. Pero el que toma la batuta es el cliente. Le baja el pantalón con la cortina trabada y le va explicando con la boca pegada a la oreja qué es el sexo intercrural y cómo se hace entre dos machos. Y se lo hace. El peluquero "hasta donde sé, hetero" descubre, en el contraturno de un corte de pelo, lo que un macho puede sentirle a otro sin que haya penetración.
🔥 Imperdible si te calienta el morbo del macho heterocurioso que se anima por primera vez, y aprender sobre sexo intercrural ✊💦
Ver más
Compartir
Creando imagen...
¿Estás seguro que quieres borrar este post?
Debes iniciar sesión o registrarte para comprar un plan