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PARTE 1 de 2 - 📖 RELATO Las juntadas pajeras del subsuelo⚪️🟡🟢 La de pulseras
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Escrito por Fede
Relato en primera persona de la experiencia en las Juntadas Pajeras Oficiales de Pajeros Argentos, esta vez de las juntadas de pulseras. Porque las ganas evolucionan... y las fantasías también.
Sinopsis: Vuelta al subsuelo de Pajeros Argentos. Pero esta vez hay algo nuevo: apenas bajás las escaleras, el host te recibe con tres frasquitos de pulseras luminiscentes. "Solo mirar", "solo pajas", "paja y petes". Elegís tu color, te la ponés y estás listo. Tu cuerpo, tu límite, tu noche. Alrededor de una docena de tipos, deseos distintos, y un subsuelo que vuelve a convertirse en el lugar donde las fantasías dejan de ser fantasías.
⚔️ Las juntadas pajeras del subsuelo ⚔️ Parte #02
⚪️🟡🟢 La de pulseras ⚪️🟡🟢
Cuando vi que anunciaban la juntada de Pulseras, no lo pensé dos veces. Quería probar lo nuevo. Después de la primera experiencia en el subsuelo, algo había cambiado en mí. No era que anduviera por la vida pensando en pijas las veinticuatro horas. Era otra cosa: la certeza de que existía un lugar donde podía ser lo que soy sin filtro, sin excusas, sin esa vocecita de mierda que te dice "esto está mal". Volví a escribir al usuario de Telegram de @PArgentos, reservé el pase y me puse a esperar.
Esta vez la espera fue distinta. No hubo tanta ansiedad. Había más ganas que nervios. Mi cuerpo ya sabía a dónde iba y de solo pensar en eso se me paraba la pija.
En el mensaje de confirmación cómo funciona el sistema de pulseras. Me contaron que en las juntadas las dinámicas van cambiando: no siempre es lo mismo, van probando temáticas nuevas, y esta vez tocaba pulseras.
Tres colores, tres niveles:
Blanca: solo mirar. Te pajeás vos, mirás a los demás, nadie te toca. Tu burbuja, tu ritmo. Tu decisión y punto. Es como ir a ver porno en vivo pero oliendo de cerca y sintiendo el calor.
Amarilla: solo pajas. Podés pajear y ser pajeado. Manos de otro en tu pija, tu mano en la de otro. Siempre con acuerdo.
Verde: paja y petes. Todo lo anterior más oral. Chupar y ser chupado, si los dos quieren. O una de las dos.
Simple. Brillante. Cada uno elige con qué se siente cómodo esa noche y se pone la pulsera correspondiente. Si en algún momento querés cambiar, te la cambiás. Nadie te pregunta por qué, nadie te presiona. Tu muñeca habla por vos.
Me pareció una genialidad. El color te sacaba esa duda de encima. Te liberaba de la incertidumbre y te dejaba solo con las ganas.
La pregunta era: ¿qué color me ponía yo?
Verde me daba vértigo todavía. Blanca ni en pedo, no había vuelto al subsuelo para mirar nada más. Amarilla. Sí. Amarilla era mi zona: manos, piel, pajas cruzadas, contacto. Cómodo pero con acción. Ya vería después.
Llegué al lugar un sábado a la tardecita. Mismo barrio lindo, misma puerta que desde afuera no dice nada, un comercio de barrio que no levanta sospecha alguna. Arriba me recibió un pibe con un celular en la mano. Le mostré el QR que me habían mandado por Telegram, me lo escaneó sin decir nada, me hizo un gesto con la cabeza y listo. Adentro. Sin nombre, sin DNI, sin dato personal, sin carnet. Súper cómodo, re bien pensado. Bajé las escaleras sintiendo que dejaba el mundo de arriba atrás.
Abajo me esperaba el host. Alto, morocho, buena sonrisa, ya en bolas, la pija medio dura colgándole con naturalidad. Esa imagen fue un viaje: venís de la calle, bajás unas escaleras, y lo primero que ves es un tipo desnudo y relajado que te dice "Hola, bienvenido" como si fuera lo más normal del mundo. Y acá abajo, era lo más normal del mundo.
—Podés dejar tus cosas por allá y ponerte cómodo —me dijo, señalando un rincón con mochilas—. ¿Qué pulsera querés?
Al lado de él, sobre una repisa, había tres frasquitos de vidrio, cada uno lleno de pulseras luminiscentes. Las blancas brillaban tenue, fantasmales. Las amarillas con un resplandor cálido. Las verdes fosforescentes, intensas. Cada frasquito tenía un cartelito: "Solo mirar", "Solo pajas", "Paja y petes".
—Amarilla —dije.
Sacó una del frasquito. Era una tirita luminiscente, de esas que doblás y se activan. La quebró, se encendió con ese brillo cálido, y me la ajustó en la muñeca. Uno mismo es dificilísimo ponersela así que eso ya era un gesto simple que tenía algo de ritual.
—¿Querés una birra? Sino acá hay agua y en la mesa lubricante.
Agarré una birra del tacho con hielo y me metí.
El subsuelo estaba igual de lindo. Las luces bajas, la música suave, la proyección en la pared del fondo con porno neutro a pantalla gigante: cuerpos masculinos de todo tipo dándole a la paja, pijas subiendo y bajando el cuerito. En la mesa ratona los lubricantes, anillos, toallas, papel. Y ahora, un detalle nuevo que le cambiaba la onda: los brillos luminiscentes en las muñecas. En la penumbra del subsuelo, las pulseras flotaban como señales en la semioscuridad. Podías ver los colores sin esfuerzo, sabías quién era qué con solo mirar las muñecas.
Ya habían llegado como la mitad de los concurrentes. Saludé y me saludaron. Varios ya estaban en bolas, sentados, arrancando manoseos. Algunos charlaban en voz baja, otros miraban la proyección amasando suavemente. Pero la verdad es que ya nadie miraba el porno de la pared. El morbo estaba en el porno en vivo: en mirarnos, en esa hilera de gambas peludas y vergas empezando a despertar, en los brazos entrecruzados y las manos que ya tanteaban.
Me saqué la ropa, me quedé en bóxer, y me senté.
En la penumbra las pulseras parecían luciérnagas: verdes brillando fuerte en el sillón del fondo, un grupo de amarillas cerca de la mesa, y una blanca solitaria, suave, casi tímida.
La blanca era de un pibe joven, veintipocos, con unos anteojos de marco grueso.
Miraba todo con los ojos bien abiertos, las manos en las rodillas, el cuerpo tenso. Había elegido mirar. Y estaba bien. Nadie le iba a decir nada, nadie lo iba a empujar. Esa era la gracia: tu color era tu palabra.
De a poco fueron cayendo más. En un momento bajó uno nuevo por la escalera, un rubio con mochila al hombro, todo vestido, y lo primero que vio fue al host desnudo, con la pija bien dura apuntándole directo a la panza mientras le preguntaba qué pulsera quería. La cara del rubio fue un poema. Miró para abajo, le agarró la pija al host fuerte, como quien saluda estrechando la mano, y los dos se rieron. El host le puso la pulsera verde, el rubio le dio una lamida en la cabeza de la chota y se fue a ponerse en bolas. Así de natural. Así de loco y perfecto al mismo tiempo.
Éramos como dieciséis. Muchas verdes, varias amarillas, y una sola blanca. El subsuelo estaba lleno, caliente, vivo.
Me senté y fui absorbiendo la vibra. Porque lo que más me impactó, como la primera vez, no fue ningún pibe en particular. Fue el clima. Esa cosa que se arma cuando más de una docena de tipos está en la misma, sin caretas, sin juicios, compartiendo algo que afuera no se puede compartir. Había pibes de todo tipo: grandotes y flacos, peludos y lampiños, jóvenes y no tan jóvenes, tímidos y desenvueltos. Pero ahí abajo éramos todos lo mismo: machos con ganas, jeropas, pajeros, neutros, sides, bators, tipos que habían encontrado su lugar.
Un casado se sentó a mi lado.Tenía el anillo en el dedo. Cuarentón, simpático, cara de buena onda. Pulsera amarilla, como yo.
—Segunda vez con pulseras —me dijo, sin que le pregunte—. La vez pasada vine con blanca, hoy me animé a amarilla.
—¿Y la verde?
Se rio.
—Mirá, yo soy casado. Que esté acá ya es un montón. La amarilla me queda perfecta.
No necesito más para pasarla increíble.
Y tenía razón. No había jerarquía entre los colores. No era que la verde fuera "mejor" que la amarilla o la blanca. Un tipo con blanca que se pajea mirando a quince pibes acabar a su alrededor está viviendo algo tan intenso como el que está chupando tres pijas a la vez. Morbo es morbo. La diferencia es cómo lo canalizás, y eso es personal.
Lo que uno elige está bien y ya.
El subsuelo se fue calentando. Ya nadie tenía remera, los bóxers y slips fueron volando. El dominó de desnudos, como siempre y de golpe hay quince pijas al aire, algunas dormidas moviéndose al caminar, otras ya gomosas despertando, otras bien duras apuntando al techo desde el minuto uno.
Al lado mío había un tipo canoso, cuarenta y largos, barba prolija, cuerpo de alguien que se cuida sin obsesionarse. Se bajó el bóxer despacio, la pija le cayó libre, larga, con un arco suave. Se la agarró y empezó a hacérsela mirándome con esos ojos grises que decían "estoy acá, acompañame". Pulsera verde brillando en su muñeca.
Y acompañé.
Había pijas de todos los tamaños y formas: gordas, flacas, curvas, rectas, capuchón largo, cabezón descubierto. Lindas todas, porque una pija dura de calentura siempre es linda.
El aire se fue cargando. Olor a lubricante recién destapado, a piel caliente, a transpiración, a bolas, a ese tufo eléctrico que largan los cuerpos cuando están excitados.
El casado me miró la pija sin disimular. Yo ya la tenía afuera, dura, brillante de lubricante.
—Linda —dijo, como al pasar.
—Gracias. La tuya también.
—¿Puedo?
CONTINÚA… Disponible solo para los que ya saben que pajearse entre machos no es un desvío, es una hermandad. 😈
Parte 2: https://shorturl.at/cKYtQ
🔥 SPOILER PULSERAS: El narrador llega con amarilla pero el subsuelo lo va corriendo. Ve al canoso devorarse al peludo, escucha al flaquito gemir entre dos bocas, y siente un tirón que no es solo en la pija. Cuando el casado le pregunta "¿puedo?", la respuesta es sí. Pero la noche recién arranca, y antes del final el color de su muñeca va a cambiar.
🔥 Imperdible si te calienta el morbo de elegir hasta dónde llegás esa noche, las pijas brillando de lubricante en la penumbra, los gemidos de más de una docena de tipos sincronizándose, y el momento exacto en que un pajero cruza su propio límite porque quiere. ✊💦
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