El contenido a publicar debe seguir las normas de contenido caso contrario se procederá a eliminar y suspender la cuenta.
¿Quiénes pueden ver este post?
Selecciona los planes que van a tener acceso
Parte 1 de 2-📖 RELATO 🐺🔥🐾 ANIMALES PAJEROS: LA MANADA SE CONOCE — Parte #01
Cargando imagen
Toro, Perro, Zorro, Caballo.
Hay un animal adentro tuyo.
Este relato lo despierta.
Relato escrito porFede.
SINOPSIS: Cuatro hombres, cuatro instintos animales, en un vestuario con la puerta cerrada. Perro es el que habilita, el buena onda que te hace sentir que todo está bien. Caballo es puro cuerpo, un animal que habla con la piel y los silencios. Zorro es el casado curioso que mira, duda y se deja llevar. Toro es la bestia que aparece sin aviso y lo cambia todo con su sola presencia. Los cuatro se encuentran en un gimnasio, entre fierros, sudor y testosterona, y van armando algo que no tiene nombre: una manada pajera. Sin penetración, sin etiquetas, sin culpa. Solo instinto, olor a macho, manos que bajan y una confianza entre varones que se construye con el cuerpo. Relato explícito y progresivo para los que sienten que hay un animal adentro esperando que alguien cierre la puerta y diga "vamos".
🐺🔥🐾 ANIMALES PAJEROS: LA MANADA SE CONOCE - Parte #01
Todos somos animales.
Lo sabemos pero a veces lo olvidamos. Por cultura, por raciocinio, por disociación de cómo vivimos.
Pero no tan en el fondo, nuestros instintos están y todo el tiempo afloran a la superficie. Ganas de comer, dormir, mear... Bien animal, lo más natural. Como el sexo, las ganas de coger, de pajearnos las pijas bien duras, de sentir placer sexual: puro instinto, poder animal a nuestro alcance.
Esta historia que les traemos hoy es sobre los machos pajeros, probablemente vos también seas uno y por eso te interesa. Estos varones jeropas tienen apodos de animales, no solo porque no podemos poner sus nombres reales sino también porque sus "animales espirituales" los representan muy bien. Vamos a conocerlos.
El hábitat natural de estos animales era el gimnasio, donde el sudor, la fuerza y la testosterona se mezclan como un combo espectacular que nos pone las vergas bien al palo.
Nuestro primer amigo animal es el Perro. Perro estaba haciendo su rutina como siempre, medio aburrido, después de un día duro de trabajo. Sepan que Perro es buena onda, lo que en argentina diríamos "gauchito", con una buena sonrisa que le pone ganas a todo y a todos, incluso a los días no tan buenos o la gente mala onda. El mejor amigo del hombre... pajero, ya verán.
Un olor espeso, como a cuero mojado, le llegó desde el otro lado del gimnasio mientras el pibe hacía peso muerto con una concentración desmedida. Lo primero que Perro notó de Caballo, nuestro segundo animalote, no fue el tamaño (que era evidente, casi obsceno) sino el olor. Tenía la remera pegada al cuerpo, los hombros anchos brillando de transpiración, y la mandíbula apretada con cada repetición. Si uno piensa en el concepto "caballos de fuerza", debería pensar en este chabón.
Perro se secó las manos en el short y caminó hacia la zona de pesas libres.
—¿Te queda mucho con esa barra? —dijo, señalando con la pera.
Caballo lo miró. Ojos oscuros, directos. Tardó un segundo en responder, como si las palabras le costaran más que los ciento veinte kilos que acababa de levantar.
—No. Ya estoy.
Se levantó. De cerca era otra cosa. Le sacaba una cabeza entera a Perro. Tenía el cuello grueso, las venas marcadas en los antebrazos, y una forma de ocupar el espacio que no dejaba lugar a la distracción. Cuando se movió para dejarle lugar, le rozó el brazo con el suyo. Piel caliente, húmeda.
Perro sonrió, muy buena onda como él era. Casi como si le moviera la cola.
—Tranquilo, grandote. No muerdo.
Caballo no sonrió, pero algo se le aflojó en la cara. Bajó los ojos un segundo y se acomodó más lejos, secándose el cuello con la remera levantada. Tremenda panza peluda tenía. Una línea de pelo oscuro bajaba desde el ombligo y desaparecía bajo el elástico.
Perro cargó la barra y se puso a hacer lo suyo. Pero algo había cambiado en el aire. Lo sentía: una atención nueva, un peso en la nuca. Cuando giró entre series, Caballo estaba tomando agua mirándolo.
No se dijeron nada más en toda la hora. No hizo falta.
A la salida, en el pasillo angosto que daba a los vestuarios, se cruzaron de frente. El espacio obligaba a la cercanía. Perro levantó las manos en broma.
—Permiso, permiso. Sos como una pared, loco.
Caballo se corrió, pero no del todo. Perro le pasó cerca. Aspiró. Ese olor otra vez. Más denso ahora, más sucio. Le quemó algo adentro. Rozaron bultos en el medio.
Caballo lo vio. Le vio la cara: los ojos entrecerrados, las fosas nasales abiertas, la manera en que se le había frenado el paso.
Miró para los costados. El pasillo estaba vacío.
Sin decir nada, se agarró el cuello de la remera y tiró. Se la sacó por la cabeza, despacio, y la quedó sosteniendo en el puño. La tela estaba empapada, oscura de transpiración. Olía a entrenamiento pesado, a dos horas de fierro, a macho.
Se la acercó a Perro. No se la tiró, no se la ofreció con un gesto casual. Se la acercó a la cara, como quien le da algo a oler a un animal. Sin palabras. Solo el gesto.
Perro sintió que el piso se le movía. Bajó la vista al trapo húmedo y después la subió a los ojos de Caballo. Oscuros, serios, fijos. No estaba jodiendo.
La agarró. Se la llevó a la cara. Hundió la nariz en la tela mojada y aspiró largo, profundo, con los ojos cerrados. El olor le entró como un golpe: ácido, espeso, caliente, con un fondo dulzón que era pura piel. Le bajó directo a la verga. Sintió el tirón instantáneo, la sangre moviéndose.
Cuando abrió los ojos, Caballo lo miraba con la boca entreabierta. Respiraba pesado. Tenía el torso desnudo ahí, a medio metro, brillando de sudor bajo la luz del pasillo, y una erección que empezaba a marcar el short.
Perro le devolvió la remera. Los dedos se tocaron. Calientes, mojados.
—Gracias —dijo Perro, con la voz más ronca de lo que esperaba.
Caballo no contestó. Se puso la remera de vuelta y caminó hacia el vestuario. Pero antes de entrar se frenó.
—¿Mañana venís a la misma hora?
—Todos los días —dijo Caballo.
Y Perro supo, por cómo lo dijo, que ya no se lo decía al aire.
En dos semanas se armó la rutina. Perro llegaba primero, Caballo un rato después. Se saludaban con un gesto, a veces con un choque de puños. Hacían ejercicios cerca uno del otro, se iban pasando pesos, se cuidaban las posturas. Normal. Cosa de pibes que entrenan juntos.
Pero la normalidad tenía grietas.
En el banco plano, cuando Caballo asistía desde atrás, sus muslos quedaban a centímetros de la cabeza de Perro. Este miraba hacia arriba entre series y veía el bulto del short colgando sobre su cara. Tragaba saliva. Seguía.
En el vestuario la cosa era peor. O mejor.
Perro se sacaba la ropa sin pudor. Se paseaba en bóxer, se secaba el pelo con la toalla al cuello, hablaba de cualquier cosa. Caballo era más contenido: se cambiaba rápido, de costado, como si su propio cuerpo le diera vergüenza. Pero Perro lo había notado: cuando se creía solo, se rascaba la ingle despacio, estiraba el elástico, se acomodaba con la mano entera. Lo hacía sin pensar, como un gesto antiguo.
Un jueves, después de una sesión larga, quedaron solos en el vestuario. El aire estaba cargado: vapor de las duchas, olor a desodorante barato y debajo de eso, algo más crudo.
Perro estaba sentado en el banco, en bóxer, tomando agua. Caballo salió de la ducha con la toalla en la cintura, las gotas bajándole por el pecho.
—Qué bestia sos, eh —dijo Perro, mirándolo sin disimular—. ¿Qué comés? ¿Cemento?
Caballo se frenó. Se quedó parado ahí, chorreando, con la toalla apenas sostenida. No dijo nada. Pero no se tapó.
—En serio —Perro se levantó, se acercó—. La espalda esa que tenés es de otro mundo.
Le tocó el hombro. Lo apretó. El músculo era duro, caliente del agua. Caballo no se movió. Perro le pasó la mano hacia el trapecio, lo masajeó.
—Tenés un nudo acá que no te deja vivir, seguro.
Caballo cerró los ojos. Inclinó la cabeza hacia el costado. Un sonido salió de su garganta, bajo, involuntario. Casi un relinche.
—Eso —dijo Perro, más cerca ahora—. Aflojá.
Lo masajeó con las dos manos. Hombros, nuca, la parte alta de la espalda. Caballo respiraba pesado. La toalla se le había aflojado. Perro la vio bajar pero no miró. Todavía no.
Cuando paró, Caballo abrió los ojos despacio. Lo miró. Había algo nuevo ahí, algo que no era gratitud. Era hambre.
—Gracias —dijo, con la voz ronca.
—De nada, caballo —le dijo Perro, y le dio una palmada en el pecho. Fuerte. El sonido retumbó en el vestuario vacío.
Esa noche, Perro se pajeó pensando en ese sonido. En el nudo, en la toalla cayendo, en el vapor y en esos ojos oscuros.
Caballo, en su cama, hizo lo mismo. No pensó en nada concreto. Solo en las manos.
A partir de ahí se instaló un código. Masajes post entrenamiento. Primero hombros. Después la espalda entera. Después la cintura baja. Las manos de Perro bajaban un centímetro más cada vez, como probando un borde.
Un día Caballo estaba boca abajo en el banco del vestuario, con la toalla sobre el culo, y Perro le trabajaba los lumbares. Le metía los pulgares a los costados de la columna, hundía con fuerza. Caballo gemía bajito, la cara hundida en los brazos.
Perro le bajó la toalla para trabajar mejor. Caballo no dijo nada. La tela se corrió. La piel de abajo era más clara, más suave. Perro sintió un tirón en todo el cuerpo. Siguió masajeando, las manos cada vez más abiertas, cubriendo más piel.
—Para —dijo Caballo de repente.
CONTINÚA… Disponible solo para los que entienden que ser pajero entre machos no es un defecto, es un instinto. 😈
🔥 SPOILER ANIMAL: Zorro llega al gimnasio sin saber qué busca. Ve a Perro y Caballo, siente el clima entre ellos y algo se le despierta que no puede explicar con palabras. Y un viernes después del horario, con aceite en las manos y tres cuerpos en un vestuario cerrado, deja de pensar y empieza a sentir. Y cuando aparece Toro sin decir una sola palabra, todo lo que la manada conocía cambia para siempre.
🔥 Imperdible si te calienta la tensión del vestuario, el olor a macho después de entrenar, las manos que bajan de a poco y ese momento exacto en que un tipo deja de resistirse y se entrega al instinto. La manada recién se está armando. ✊💦
Link parte 2: https://shorturl.at/c1GlU
Ver más
Compartir
Creando imagen...
¿Estás seguro que quieres borrar este post?
Debes iniciar sesión o registrarte para comprar un plan