Cuando éramos chicos, nadie nos sentó a explicarnos para qué servían las emociones.
Las fuimos aprendiendo de otra manera. Mirando. Escuchando. Imitando.
Aprendimos qué emociones eran bienvenidas... y cuáles era mejor esconder.
No nacemos sabiendo gestionar las emociones. Aprendemos qué emociones tienen permiso para existir en el mundo en el que crecimos.
Hay familias donde enojarse no estaba permitido.
➡️"No contestes."
➡️"No levantes la voz."
➡️"No seas irrespetuoso."
Muchos crecimos con una idea de respeto que, sin darnos cuenta, a veces confundía el respeto con el silencio.
Parecía que un adulto siempre tenía razón por el solo hecho de ser adulto.
Que responder era faltar el respeto.
Que cuestionar una injusticia era ser rebelde.
Que expresar el desacuerdo era tener mala educación.
Y entonces no aprendimos a hacer algo fundamental: expresar un límite con respeto.
No aprendimos a decir:
"Eso que dijiste me lastimó."
"No estoy de acuerdo."
"No me parece justo."
"Necesito que me hables de otra manera."
En lugar de practicar cómo atravesar un conflicto de forma sana, muchos aprendimos a evitarlo.
A callarnos.
A soportar.
A convencernos de que lo mejor era no hacer olas.
Con los años, esa forma de relacionarnos puede aparecer en distintos ámbitos de la vida.
Nos cuesta decir que no.
Nos cuesta pedir lo que necesitamos.
Nos cuesta defendernos cuando sentimos que algo es injusto.
Nos cuesta poner límites sin sentir culpa.
Y terminamos soportando mucho más de lo que realmente queremos... y, muchas veces, mucho más de lo que nuestro cuerpo y nuestra mente pueden sostener.
En otras familias ocurría algo muy distinto.
Las discusiones eran parte de la vida cotidiana.
Se gritaba.
Se discutía.
Se daban portazos.
Pero había una emoción que casi no tenía lugar: la tristeza.
"No es para tanto."
"No te pongas así."
"Ya va a pasar."
"Hay problemas mucho más grandes."
"Lo único que no tiene solución es la muerte."
"No seas tan sensible."
Sin querer, esos mensajes transmitían una idea: si sufrís por esto, estás exagerando.
Muchas de estas frases fueron dichas con amor. Nuestros padres, nuestros abuelos o quienes nos criaron hicieron lo mejor que pudieron con las herramientas que tenían. Muchas veces repetían aquello que ellos mismos habían aprendido.
Pero una buena intención no siempre evita una consecuencia.
Poco a poco empezamos a desconfiar de lo que sentíamos.
Si algo nos dolía, pensábamos que exagerábamos.
Si estábamos tristes, sentíamos que no teníamos derecho a estarlo.
Si nos enojábamos, aparecía la culpa.
Si teníamos miedo, nos avergonzábamos.
Y dejamos de preguntarnos:
¿Qué me está queriendo decir esta emoción?
Para empezar a preguntarnos:
¿Estará mal sentir esto?
Sin embargo, todas las emociones son válidas.
No porque todas nos lleven a actuar de la misma manera, sino porque todas traen información.
La tristeza puede avisarnos que hubo una pérdida, una decepción o algo que necesitamos elaborar.
El miedo puede protegernos frente a un peligro o prepararnos para algo nuevo e incierto.
El enojo puede mostrarnos que alguien cruzó un límite importante para nosotros o que estamos viviendo una situación que sentimos injusta.
La culpa, cuando es sana, puede ayudarnos a reconocer un error y repararlo.
La alegría nos señala aquello que nos hace bien y que vale la pena cultivar.
No existen emociones malas.
Lo que puede hacernos daño no es sentirlas, sino no escucharlas o actuar impulsivamente desde ellas.
Las emociones son información.
Las conductas son elecciones.
Y entre una emoción y la forma en que decidimos actuar existe un espacio muy valioso: la conciencia.
Cuando aprendemos a escuchar lo que sentimos, dejamos de pelearnos con nosotros mismos.
Podemos preguntarnos:
¿Qué necesita esta emoción de mí?
Tal vez poner un límite.
Tal vez pedir ayuda.
Tal vez descansar.
Tal vez expresar un dolor que llevamos demasiado tiempo callando.
Las emociones forman parte de nuestro sistema de supervivencia.
No aparecieron para complicarnos la vida.
Aparecieron para orientarnos.
Para decirnos cuándo algo nos hace bien, cuándo algo nos lastima, cuándo necesitamos acercarnos, alejarnos, protegernos o cambiar.
Una invitación para esta semana
Me gustaría invitarte a observar algo muy simple.
La próxima vez que aparezca una emoción que te resulte incómoda —tristeza, enojo, miedo, culpa o frustración—, antes de querer hacerla desaparecer, detenete un momento y escuchá qué te decís.
¿Aparece un...
"No es para tanto."
"No tendría que sentirme así."
"Hay gente que está peor."
"Ya se me va a pasar."
"No puedo ponerme a llorar por esto."
"No debería enojarme."
"Tengo que ser fuerte."
Muchas veces creemos que esas frases son nuestras.
Pero, en realidad, son grabaciones que quedaron dentro nuestro.
Mensajes que escuchamos una y otra vez durante la infancia y que hoy repetimos automáticamente, incluso sin darnos cuenta.
No se trata de culpar a quienes nos criaron.
Ellos también fueron educados con sus propias historias y con las frases que alguna vez les dijeron.
Se trata, simplemente, de empezar a reconocer esa voz.
Porque cuando la reconocemos, aparece la posibilidad de elegir otra manera de hablarnos.
Tal vez, en lugar de decirte:
"No es para tanto."
Podés preguntarte:
"¿Qué me está queriendo mostrar esta emoción?"
En lugar de decir:
"No debería sentir esto."
Podés decirte:
"Tiene sentido que me sienta así. Voy a escuchar qué necesita esta emoción."
Ese pequeño cambio puede parecer insignificante.
Pero muchas veces ahí comienza una relación mucho más amable con uno mismo.
Quizás sanar no siempre sea dejar de sentir.
Quizás sanar sea dejar de pelearte con tus emociones y empezar a escucharlas con curiosidad, con respeto y con compasión.
Gracias, de corazón, a quienes, con sus cafecitos, ayudan a que este espacio siga creciendo y podamos compartir cada semana nuevas reflexiones.
Y gracias a vos por regalarte este momento de lectura.
Te mando un abrazo enorme.
Nati – Sanando con Nati
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