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Sanando con Nati

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Si mi niña interior pudiera hablarme hoy…

Si mi niña interior pudiera hablarme hoy… ¿qué me diría? 🤍

Durante mucho tiempo hice el ejercicio de hablarle a mi niña interior. Le dije que la veía, que iba a cuidarla, que ya no estaba sola. Le expliqué muchas situaciones dolorosas del pasado para que pudiera mirarlas desde otro lugar.

Pero nunca había hecho el ejercicio contrario:

¿Qué pasaría si hoy fuera ella quien me hablara a mí?

Si pudiera mirarme al espejo, creo que primero se quedaría asombrada.

Me miraría y quizás me diría:

"¿De verdad esta es nuestra vida? ¡Mirá todo lo que tenemos!"

Estaría orgullosa de mi casa, de mi familia, de las personas que me acompañan en mi vida, de mi trabajo, de todo lo que fui construyendo con los años.

Porque ella no miraría mi vida con la mirada adulta que muchas veces tengo yo.

No estaría pensando en lo que falta, en lo que todavía no conseguí, en lo que podría mejorar o en todo lo que tengo pendiente.

Ella miraría alrededor y encontraría milagros cotidianos por todas partes.

Se sorprendería de tener un hogar al que volver.
De las personas que amo y que me aman.
De poder trabajar y crear.
De tener un plato de comida.
De poder abrazar.
De escuchar una canción que me emociona.
De ver amanecer.
De comer algo rico.
De poder empezar otra vez después de haberme caído.

Se asombraría de cosas que yo, por vivir apurada, muchas veces ni siquiera miro.

Y quizás me preguntaría:

"¿Por qué estás tan preocupada por lo que todavía no tenés, si mirá todo lo que ya conseguimos?"

"¿Cuándo dejaste de ilusionarte y aprendiste a rendirte antes de empezar?"

"¿Por qué pasás por alto tus logros y lo bueno de tu vida?"

Porque la vida no está hecha solamente de los grandes acontecimientos que esperamos.

También está hecha de esos pequeños milagros que suceden todos los días y que, por vivir corriendo, aprendimos a llamar “normal”.

Una conversación.
Una risa inesperada.
Un abrazo.
Una taza caliente entre las manos.
Alguien que pregunta cómo estamos.
Un animalito que se acerca buscando cariño.
Una canción que aparece justo cuando la necesitábamos.
Una oportunidad.
Una mañana más.
Una noche en paz.
Escribir este texto y que ustedes me lean.

Y creo que mi niña interior también me recordaría algo más.

Todos esos sueños que alguna vez tuve.

Esos sueños que de niña parecían enormes, pero posibles.

Me preguntaría cuándo empecé a decir:

"Es demasiado grande."
"No se puede."
"Es muy difícil."
"Yo no puedo."

Quizás me pediría que saque de mi adultez todo aquello que me frena a creer.

Que vuelva a confiar en mí.
Que vuelva a entusiasmarme.
Que vuelva a soñar sin ponerle límites a todo antes de intentarlo.

Y me devolvería esa hermosa inocencia de creer en lo mejor de los demás, pero también en lo mejor de mí.

Me recordaría que todavía puedo sorprenderme.
Que todavía puedo empezar.
Que todavía puedo cumplir mis sueños.
Que todavía hay tiempo y tengo toda la vida por delante.

Y que todo es posible no significa que todo vaya a suceder exactamente como lo imaginamos.

Significa que no tengo que decidir de antemano que algo es imposible solamente porque todavía no sé cómo hacerlo.

Quizás crecer no significa dejar de creer.

Quizás significa aprender a caminar con la experiencia de una adulta sin apagar los ojos de aquella niña que todavía sabe maravillarse mientras mira todo con sus ojos brillantes de alegría.

Y entonces imagino que mi niña interior me abrazaría y me diría:

"Nati… mirá todo lo que hiciste."

"Mirá todo lo que atravesamos."

"Mirá dónde estamos."

"Estoy orgullosa de vos."

"Ahora no te olvides de disfrutarlo."

Y quizás esa sea una de las cosas más hermosas que puede enseñarnos nuestra niña interior:

volver a mirar nuestra propia vida con ojos de asombro e inocencia.

Porque tal vez no necesitamos que sucedan más milagros.

Tal vez necesitamos volver a reconocer los que ya están sucediendo. ✨

Y ahora quiero invitarte a hacer algo.

Hoy, cuando tengas un momento de calma, cerrá los ojos. Imaginá que frente a vos está ese niño o esa niña que fuiste.

No le hables vos.

Dejá que te hable.

Preguntale:

“¿Qué querés decirme hoy?”

Y después escuchá.

Sin juzgar.
Sin corregir.
Sin buscar una respuesta perfecta.

Quizás te recuerde un sueño que abandonaste.
Quizás te diga que está orgulloso de vos.
Quizás te pida que vuelvas a jugar, a reír, a confiar.
Quizás te recuerde cuánto deseabas algo que hoy ya tenés y que olvidaste agradecer.

Y si querés, compartí acá qué te dijo tu niño o tu niña interior.

Tal vez tu mensaje sea justamente lo que otra persona necesitaba leer hoy. 🤍

Nati, Sanando con Nati.
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Las emociones que nunca nos permitieron sentir

Cuando éramos chicos, nadie nos sentó a explicarnos para qué servían las emociones.

Las fuimos aprendiendo de otra manera. Mirando. Escuchando. Imitando.

Aprendimos qué emociones eran bienvenidas... y cuáles era mejor esconder.

No nacemos sabiendo gestionar las emociones. Aprendemos qué emociones tienen permiso para existir en el mundo en el que crecimos.

Hay familias donde enojarse no estaba permitido.

➡️"No contestes."

➡️"No levantes la voz."

➡️"No seas irrespetuoso."

Muchos crecimos con una idea de respeto que, sin darnos cuenta, a veces confundía el respeto con el silencio.

Parecía que un adulto siempre tenía razón por el solo hecho de ser adulto.

Que responder era faltar el respeto.

Que cuestionar una injusticia era ser rebelde.

Que expresar el desacuerdo era tener mala educación.

Y entonces no aprendimos a hacer algo fundamental: expresar un límite con respeto.

No aprendimos a decir:

"Eso que dijiste me lastimó."

"No estoy de acuerdo."

"No me parece justo."

"Necesito que me hables de otra manera."

En lugar de practicar cómo atravesar un conflicto de forma sana, muchos aprendimos a evitarlo.

A callarnos.

A soportar.

A convencernos de que lo mejor era no hacer olas.

Con los años, esa forma de relacionarnos puede aparecer en distintos ámbitos de la vida.

Nos cuesta decir que no.

Nos cuesta pedir lo que necesitamos.

Nos cuesta defendernos cuando sentimos que algo es injusto.

Nos cuesta poner límites sin sentir culpa.

Y terminamos soportando mucho más de lo que realmente queremos... y, muchas veces, mucho más de lo que nuestro cuerpo y nuestra mente pueden sostener.

En otras familias ocurría algo muy distinto.

Las discusiones eran parte de la vida cotidiana.

Se gritaba.

Se discutía.

Se daban portazos.

Pero había una emoción que casi no tenía lugar: la tristeza.

"No es para tanto."

"No te pongas así."

"Ya va a pasar."

"Hay problemas mucho más grandes."

"Lo único que no tiene solución es la muerte."

"No seas tan sensible."

Sin querer, esos mensajes transmitían una idea: si sufrís por esto, estás exagerando.

Muchas de estas frases fueron dichas con amor. Nuestros padres, nuestros abuelos o quienes nos criaron hicieron lo mejor que pudieron con las herramientas que tenían. Muchas veces repetían aquello que ellos mismos habían aprendido.

Pero una buena intención no siempre evita una consecuencia.

Poco a poco empezamos a desconfiar de lo que sentíamos.

Si algo nos dolía, pensábamos que exagerábamos.

Si estábamos tristes, sentíamos que no teníamos derecho a estarlo.

Si nos enojábamos, aparecía la culpa.

Si teníamos miedo, nos avergonzábamos.

Y dejamos de preguntarnos:

¿Qué me está queriendo decir esta emoción?

Para empezar a preguntarnos:

¿Estará mal sentir esto?

Sin embargo, todas las emociones son válidas.

No porque todas nos lleven a actuar de la misma manera, sino porque todas traen información.

La tristeza puede avisarnos que hubo una pérdida, una decepción o algo que necesitamos elaborar.

El miedo puede protegernos frente a un peligro o prepararnos para algo nuevo e incierto.

El enojo puede mostrarnos que alguien cruzó un límite importante para nosotros o que estamos viviendo una situación que sentimos injusta.

La culpa, cuando es sana, puede ayudarnos a reconocer un error y repararlo.

La alegría nos señala aquello que nos hace bien y que vale la pena cultivar.

No existen emociones malas.

Lo que puede hacernos daño no es sentirlas, sino no escucharlas o actuar impulsivamente desde ellas.

Las emociones son información.

Las conductas son elecciones.

Y entre una emoción y la forma en que decidimos actuar existe un espacio muy valioso: la conciencia.

Cuando aprendemos a escuchar lo que sentimos, dejamos de pelearnos con nosotros mismos.

Podemos preguntarnos:

¿Qué necesita esta emoción de mí?

Tal vez poner un límite.

Tal vez pedir ayuda.

Tal vez descansar.

Tal vez expresar un dolor que llevamos demasiado tiempo callando.

Las emociones forman parte de nuestro sistema de supervivencia.

No aparecieron para complicarnos la vida.

Aparecieron para orientarnos.

Para decirnos cuándo algo nos hace bien, cuándo algo nos lastima, cuándo necesitamos acercarnos, alejarnos, protegernos o cambiar.

Una invitación para esta semana

Me gustaría invitarte a observar algo muy simple.

La próxima vez que aparezca una emoción que te resulte incómoda —tristeza, enojo, miedo, culpa o frustración—, antes de querer hacerla desaparecer, detenete un momento y escuchá qué te decís.

¿Aparece un...

"No es para tanto."

"No tendría que sentirme así."

"Hay gente que está peor."

"Ya se me va a pasar."

"No puedo ponerme a llorar por esto."

"No debería enojarme."

"Tengo que ser fuerte."

Muchas veces creemos que esas frases son nuestras.

Pero, en realidad, son grabaciones que quedaron dentro nuestro.

Mensajes que escuchamos una y otra vez durante la infancia y que hoy repetimos automáticamente, incluso sin darnos cuenta.

No se trata de culpar a quienes nos criaron.

Ellos también fueron educados con sus propias historias y con las frases que alguna vez les dijeron.

Se trata, simplemente, de empezar a reconocer esa voz.

Porque cuando la reconocemos, aparece la posibilidad de elegir otra manera de hablarnos.

Tal vez, en lugar de decirte:

"No es para tanto."

Podés preguntarte:

"¿Qué me está queriendo mostrar esta emoción?"

En lugar de decir:

"No debería sentir esto."

Podés decirte:

"Tiene sentido que me sienta así. Voy a escuchar qué necesita esta emoción."

Ese pequeño cambio puede parecer insignificante.

Pero muchas veces ahí comienza una relación mucho más amable con uno mismo.

Quizás sanar no siempre sea dejar de sentir.

Quizás sanar sea dejar de pelearte con tus emociones y empezar a escucharlas con curiosidad, con respeto y con compasión.

Gracias, de corazón, a quienes, con sus cafecitos, ayudan a que este espacio siga creciendo y podamos compartir cada semana nuevas reflexiones.

Y gracias a vos por regalarte este momento de lectura.

Te mando un abrazo enorme.

Nati – Sanando con Nati
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☕ Descubrí que llevaba años desvalorizándome… y no me había dado cuenta.

Vengo de la dermatóloga, después de haber demorado el turno por meses… y me surge esta reflexión sobre mi demora en ocuparme de mí misma y qué tiene que ver eso con la desvalorización.

Muchas veces leemos en libros de desarrollo personal frases como “tenés que valorarte más”, “vos valés” o “trabajá tu autoestima”.

Pero, si soy sincera, durante años esas frases me parecían demasiado generales. ¿Cómo me valoro? ¿Qué tengo que hacer para amarme? ¿Qué significa realmente desvalorizarse?

Hoy creo que la desvalorización no es una idea abstracta o “en el aire”. Es una forma de vivir que, muchas veces, terminamos naturalizando sin darnos cuenta.

Soy docente y amo enseñar y preparar mis clases. 👩‍🏫✨ Enseñar ha sido un espacio de creatividad, energía y alegría para mí. Pero también fue el lugar donde empecé a reconocer un patrón que después descubrí en muchas otras áreas.

➡️ Corregir exámenes y tareas en casa. ➡️ Preparar clases los fines de semana. ➡️ Hacer planificaciones. ➡️ Realizar adecuaciones para alumnos que necesitaban materiales especiales. ➡️ Escribir informes. ➡️ Preparar actos escolares y decoraciones. ➡️ Comprar tizas, marcadores, fotocopias y materiales de mi propio bolsillo para que mis alumnos pudieran aprender en mejores condiciones.

Horas y horas de trabajo que nunca fueron remuneradas por todas las horas dedicadas fuera de mi horario de trabajo.

Y todo eso por años fue totalmente naturalizado. "Mi trabajo es así".

Porque cuando hacés las cosas con vocación, muchas veces aparece una frase que todos escuchamos: "Lo importante es hacerlo por los chicos."

Y claro que los chicos son importantes. 💛 Pero con el tiempo entendí que la vocación no debería convertirse en una excusa para desvalorizar nuestro trabajo y nuestro tiempo personal.

Sin darme cuenta, empecé a normalizar una idea muy dolorosa: mi tiempo no vale.

Cuando una persona trabaja sistemáticamente horas extras sin reconocimiento ni remuneración, el mensaje que termina incorporando es silencioso… pero muy poderoso: "Lo que hacés no vale tanto." "Nadie valora lo que hacés."

Cada hora que regalaba era una hora menos para generar otros ingresos, descansar o dedicarme a mí o a estar con total presencia con quienes amo.

Cada peso que invertía para cubrir necesidades ajenas era un peso que dejaba de estar disponible para las mías.

Mientras tanto, fui postergando consultas con especialistas porque eran "muy caras". Sin embargo, no dudaba en usar ese dinero para pagar insumos para las escuelas que el Estado debería financiar.

También fui postergando actividades de autocuidado por estar enchufada todo el día respondiendo a todo lo que me pedían fuera de mi horario de trabajo.

Durante mucho tiempo estuve en ese ciclo de postergación hasta que la salud física y mental no dio más. En mi caso fue un gran burnout el año pasado.

Esta crisis emocional y de cansancio no apareció de un día para otro.

Fue el resultado de muchos años poniéndome en segundo, tercero o último lugar.

Fue el resultado de no buscar ayuda y de no parar de tener la cabeza ocupada y preocupada por todo lo que las escuelas me requerían.

La desvalorización se ve de formas concretas:

➡️ Cada vez que demorás un estudio médico y no ponés a tu salud en primer lugar. ➡️ Cada vez que cancelás un turno porque "ahora no podés". ➡️ Cada vez que postergás un tratamiento. ➡️ Cada vez que dejás para después algo que realmente necesitás. ➡️ Cada vez que todos son prioridad… menos vos. ➡️ Cada vez que trabajás de domingo a domingo para cumplir con todos. ➡️ Cada vez que dejás que el trabajo ocupe demasiado espacio y le robe tiempo a tu descanso o a tu vida familiar.

Mi historia de desvalorización también la llevé conmigo cuando empecé en YouTube. 🎥

Allí repetí exactamente el mismo patrón.

Durante casi tres años no moneticé mis videos porque sentía que podía incomodar a las personas si aparecía un anuncio en medio de una meditación.

Prefería renunciar a un ingreso antes que molestar a alguien con una publicidad de YouTube.

Escribía. Grababa. Editaba. Estudiaba. Respondía mensajes. Pero no ganaba ni un peso.

A vos también te puede estar pasando exactamente lo mismo.

Tal vez no te cuesta nada dar.

➡️ Dar tiempo. ➡️ Dar energía. ➡️ Dar contención. ➡️ Dar soluciones. ➡️ Dar presencia.

Podés estar disponible para tu familia, para tus alumnos, para tus amigos, para tu pareja o para el trabajo… y hacerlo con el corazón abierto, sin medir demasiado.

Pero cuando llega el momento de darte a vos, aparece una resistencia silenciosa.

➡️ Un "después". ➡️ Un "no es tan urgente". ➡️ Un "ahora no puedo". ➡️ Un "total, yo aguanto".

Y ahí está la trampa.

Porque no te cuesta dar a los demás. Te cuesta recibirte a vos mismo.

➡️ Te cuesta reservarte un rato sin culpa. ➡️ Te cuesta pagar una consulta sin sentir que estás siendo exagerada. ➡️ Te cuesta decir que no. ➡️ Te cuesta invertir en tu descanso, en tu salud, en tu placer y en tu futuro.

Y mientras tanto seguís funcionando. Seguís sosteniendo. Seguís siendo "la que siempre está".

Hasta que un día el cuerpo, la mente o el alma te pasan la cuenta.

Porque dar sin límite no es generosidad infinita. A veces es una forma disfrazada de desvalorización.

Así que te invito a mirarte con honestidad:

🙌 ¿En qué parte de tu vida te resulta fácil dar… y difícil darte?

🙌 ¿Dónde estás postergándote mientras sostenés a todos los demás?

Porque vos también merecés ser prioridad. No después. No cuando "sobre" tiempo o dinero. Ahora.

Y antes de despedirme, quiero decir un gracias muy especial a todas las personas que alguna vez me invitaron un Cafecito. ☕

Quizás para ustedes fue un gesto sencillo, pero para mí significó mucho más que una ayuda económica. Cada Cafecito fue una manera de decirme: "Tu trabajo tiene valor. Gracias por el tiempo, el amor y la dedicación que ponés en cada contenido."

Después de tantos años sintiendo que debía dar sin recibir, ustedes me ayudaron, sin saberlo, a sanar un pedacito de esa herida de desvalorización. Me hicieron sentir acompañada, reconocida y sostenida en este camino.

Gracias por valorar mi trabajo y por estar ahí. Nunca voy a dejar de agradecerles ese enorme acto de cariño.

Con mucho cariño,

Nati Sanando con Nati ✨
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☕ Cafecito del día | Cuando algunos solo esperan que un grande caiga

Estos días, después de la final entre Argentina y España, me quedé pensando en algo.

Antes que nada, quiero aclarar una cosa.
No hablo de los españoles que celebraron el triunfo de su selección. Es lógico. Ganaron y tienen todo el derecho del mundo a festejar.

Hablo de otra actitud. La de personas cuyo equipo ni siquiera llegó a esa final, pero parecían disfrutar más la derrota de Argentina que cualquier logro propio.

Mientras miraba los últimos partidos, yo estaba atravesando una lumbalgia muy fuerte. Había días en los que casi no podía caminar, levantarme de la cama o moverme sin dolor. Y, sin embargo, veía a Messi, con 39 años, corriendo, luchando cada pelota, soportando la presión de millones de personas y jugando otra final internacional.
Lo único que pensaba era:
"Qué increíble este hombre."
Mientras yo apenas podía levantarme de la cama, él seguía compitiendo al máximo nivel Sentí admiración.
Y me pasa también con jugadores de otras selecciones. Aunque quiera que gane Argentina, puedo disfrutar una gambeta, un pase imposible o una jugada brillante. Porque el talento, el arte y el esfuerzo merecen ser reconocidos, vengan de quien vengan.

Por eso me cuesta entender a quienes esperan el primer tropiezo de alguien extraordinario para salir a burlarse.

Un partido no borra una carrera.
Una derrota no elimina años de disciplina, sacrificio, trabajo y perseverancia.

Para mí, la verdadera mediocridad no es perder. La verdadera mediocridad es alegrarse cuando al que brilla le va mal.
Porque cuando tu felicidad depende del fracaso ajeno, el problema ya no está en quien perdió. Está en lo que pasa dentro de vos.

Y me pregunto....Si una persona necesita tanto que un grande caiga para sentirse mejor...
¿Cómo se tratará a sí misma cuando es ella la que falla?
Porque, al final, la forma en que miramos a los demás suele ser un reflejo de cómo nos miramos por dentro.
Si no hay compasión hacia el otro...
Si no hay capacidad para reconocer su esfuerzo...
Si disfrutamos cuando alguien cae...
¿Habrá compasión cuando nosotros mismos nos equivoquemos?
Sinceramente, lo dudo.

Creo que quien vive esperando la caída de los demás también suele ser muy duro consigo mismo.

En cambio, quien aprende a admirar el talento ajeno desarrolla una mirada más amorosa hacia la vida y hacia sí mismo

Nadie gana siempre. Todos tenemos días difíciles. Incluso los más grandes pierden alguna vez. Y eso no los hace menos grandes. Al contrario. Los hace humanos.

Por eso es mejor opción elegir la admiración antes que la envidia.
Porque la admiración siempre te hace crecer.
La envidia nunca hizo crecer a nadie.

Hoy el fútbol fue solo una excusa para hablar de algo mucho más profundo.
La manera en que reaccionamos frente al éxito o al fracaso de los demás habla, en realidad, de nuestro propio mundo interior.

Ojalá aprendamos a inspirarnos en quienes brillan, en lugar de esperar que su luz se apague.

Con cariño,
Nati – Sanando con Nati ☕💛

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Un abrazo enorme.

Nati – Sanando con Nati 💛
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☕ Cafecito de hoy: ¿Por qué necesitamos culpar a alguien cuando perdemos?

Desde que terminó el Mundial de Fútbol no dejan de aparecer teorías conspirativas sobre la derrota de Argentina frente a España.

Que los jugadores recibieron amenazas por mostrar una bandera de las Islas Malvinas. Que les advirtieron que podían dejar a la Selección fuera del próximo Mundial. Que el árbitro tenía determinados antecedentes. Que había intereses ocultos detrás del resultado. Y así podríamos seguir.

No quiero discutir hoy si alguna de esas teorías es verdadera o falsa. Ese no es el objetivo de este Cafecito.

Lo que realmente me interesa es otra pregunta:

¿Por qué necesitamos encontrar un culpable cuando algo nos sale mal?

¿Por qué, cuando perdemos o fracasamos, sentimos tanta necesidad de mirar hacia afuera?

Creo que la respuesta tiene mucho que ver con algo profundamente humano: la frustración duele. Y duele mucho.

No nos educaron para convivir con la frustración. Tampoco nos enseñaron a asumir nuestra parte de responsabilidad sin castigarnos, sin darnos un latigazo cada vez que cometemos un error.

Pareciera que solo existen dos opciones: o todo fue culpa de los demás, o todo fue culpa nuestra.

Y ninguna de las dos nos ayuda a crecer.

Cuando algo no sale bien, nuestra mente intenta aliviar ese dolor. Busca construir una explicación que nos permita entender lo ocurrido y recuperar un poco de paz con nosotros mismos. Muchas veces esa explicación toma la forma de un culpable externo.

Es más fácil pensar que todo fue por el árbitro, por el algoritmo, por la suerte, por el sistema o por las circunstancias... que detenernos frente a una pregunta mucho más incómoda:

¿Hay algo que yo podría hacer diferente la próxima vez?

Y quiero aclarar algo muy importante.

Asumir responsabilidad no es darse un latigazo.

No significa decir: "Soy un desastre", "No sirvo", "Nunca hago nada bien".

Significa poder decir con serenidad: "Esto no salió como esperaba. ¿Qué puedo aprender de esta experiencia?"

Eso no destruye la autoestima. Al contrario, la fortalece.

Porque deja de convertir cada error en una condena y lo transforma en una oportunidad de crecimiento.

Este Cafecito no habla solo de fútbol.

Habla también de mí.

Durante mucho tiempo, cuando un video de YouTube no funcionaba, yo decía que el algoritmo favorecía otros contenidos. Que la mayoría de las personas entraba a internet para entretenerse y no para crecer. Que los canales de desarrollo personal la tenían mucho más difícil.

Y, siendo completamente honesta, creo que parte de eso era cierto.

Pero esa no era toda la verdad.

También había mucho que yo podía mejorar.

Y me costó muchísimo aceptarlo.

Fue muy duro reconocer que quizás podía comunicar mejor. Que podía hacer mis videos más dinámicos, más cercanos, más atractivos. Que mi mensaje podía ser valioso, pero que la forma de transmitirlo necesitaba evolucionar.

Aceptar eso dolió.

Mucho más que culpar al algoritmo.

Pero fue justamente ahí donde empezó mi crecimiento.

Comprendí que una cosa no anulaba a la otra.

Puede haber factores externos que dificulten el camino.

Y, al mismo tiempo, puede haber aspectos propios sobre los que sí tenemos poder.

Cuando dejé de buscar culpables y empecé a asumir mi parte de responsabilidad, mi canal comenzó a crecer.

No porque el algoritmo hubiera cambiado.

Sino porque cambié yo.

Y creo que esta reflexión sirve para el deporte, para el trabajo, para las relaciones y para cualquier proyecto de vida.

Siempre existirán circunstancias que no podamos controlar.

La verdadera pregunta es:

¿Voy a pasar mi energía buscando culpables... o voy a descubrir qué parte de esta situación sí depende de mí?

Porque ahí empieza el⁶ verdadero crecimiento.

Antes de despedirme, quiero hacer un agradecimiento muy especial.

Gracias de corazón a todas las personas que colaboran para sostener este espacio. Gracias a ustedes puedo dedicar tiempo, energía y mucho amor a crear estos Cafecitos y todo el contenido de Sanando con Nati. Cada aporte, por pequeño que parezca, me ayuda a seguir creciendo, a llegar a más personas y a construir esta comunidad tan hermosa de la que hoy todos formamos parte.

Varias personas que viven fuera de Argentina me preguntaron cómo podían colaborar, así que además de Cafecito, hoy también les comparto mi enlace de PayPal.

💛 Si lo que comparto te acompaña, te ayuda a entenderte un poquito más o simplemente te regala un momento de calma, gracias.

Detrás de cada contenido hay tiempo, dedicación y mucho amor por lo que hago. Y si en algún momento sentís que querés apoyarme en este proyecto podés hacerlo en:

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No es una obligación. Es simplemente una forma amorosa de ayudarme a sostener este espacio para que pueda seguir creciendo y llegando a muchas más personas.

Gracias por creer en este proyecto. Gracias por hacer posible que pueda dedicarme a esto que tanto amo. Gracias por ayudarme a crecer. Y, sobre todo, gracias por ser parte de esta gran comunidad.

Los quiero mucho. ❤️

Nati, Sanando con Nati ♥️
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Cafecito del Día del Amigo ❣️☕️

Los hermanos que la vida y el alma me regalaron

Buenos días, mi hermosa comunidad 💛
Hoy es 20 de julio. Día del Amigo.

¿Saben de dónde viene la palabra "amigo"?
Viene del latín _
amicus, que viene de amare: amar.
Y también de _animi_: alma.
Amigo = el que ama con el alma.

Y tiene todo el sentido. Porque un amigo es con quien podés ser vos misma y sentirte aceptada y amada. Un amigo es con quien te reís de las mismas cosas. Con quien te entendés sin juzgarte.
Con quien te podés decir la verdad sin ofenderte.

La amistad sana es un lugar seguro para ser nosotros mismos.

Y cuando nos vemos con amigos, el mundo se siente un poquito más lindo y liviano.

Yo soy hija única. No tuve hermanos de sangre.
Pero la vida me regaló hermanos igual.
Los encontré en mis amigas de toda la vida.
Los encontré en mis amigos de cuatro patas 🐾 que me enseñaron compañía sin palabras.
Y hace unos años tengo la dicha de encontrarlos también acá. En ustedes, en la Comunidad de Sanando con Nati.

Antes de crear este espacio muchas veces me sentí juzgada.
Incluso después de crearlo, hubo gente que no entendía por qué decidí de hablar de espiritualidad de forma pública . Yo me dedicaba íntegramente a ser docente, profesora, y de golpe empecé a tener otros intereses y a comunicarlos.
Hubo gente que me miró raro, que me criticó, que no entendía.

Y tener este espacio, esta comunidad, me hizo ver que estuvo bien.
Estuvo bien animarme a poner la cara, a poner el alma, a poner las palabras acá.
Porque hay gente que gracias a Dios lo valora. Hay gente que está del otro lado con el corazón abierto.
Ustedes son esos amigos que iluminan.
Que permiten que mi luz salga hacia afuera. Y juntos hacemos el mundo un poquito más luminoso.

Estoy orgullosos de nosotros. Somos una comunidad.
Somos gente que se encontró en un mismo interés: tener un espacio donde sentirnos mejor, donde sanar, donde ser auténticos.

Este espacio de Sanando con Nati es un espacio donde yo puedo ser yo misma.
Y se los agradezco tanto. Por eso amo tanto esta comunidad.
Ustedes son parte de esto. Y yo celebro con ustedes cada 20 de julio. A través de un mensaje, de un cafecito, de un video, de un short.
Me emociona mucho que exista. Me emociona poder comunicarme desde lo que soy yo y sentir que del otro lado hay alma.

Los amigos están para recordarnos que no nacimos para cargar todo solos.
Para sostenernos. Para reír. Para decirnos "seguí" cuando pensamos en bajar los brazos.

A mí muchas veces un mensaje de uno de ustedes me hizo seguir con YouTube cuando quería tirar la toalla. Y acá estoy, gracias a eso.

La Biblia dice: "Hay amigo más unido que un hermano"y yo lo creo.

Hoy brindo por ustedes.
Por mis amigas de siempre.
Por mis compañeros de cuatro patas.
Y por esta comunidad que se armó sin buscarnos, pero encontrándonos.

Si tenés a alguien que te hace la vida más liviana, decile hoy. Compartile este cafecito.

☕ Gracias de corazón a quienes sostienen este espacio con un cafecito, un comentario, un me gusta. Cada gesto hace que esta palabra llegue a alguien que la necesita hoy.

Feliz día del amigo.
Que no te falten abrazos de alma.

Con muchísimo amor,
Nati – Sanando con Nati 🌿💛🐾
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☕🌙 Cafecito de Buenas Noches

Aprender a soltar: distinguir lo que depende de mí, lo que depende de los demás y lo que puedo entregar a Dios


Buenas noches, querida comunidad. 💙
Ya está terminando el día. Poco a poco la casa va quedando en silencio, las obligaciones empiezan a detenerse y llega ese momento en el que, por fin, nos acostamos para descansar.

Pero muchas el cuerpo está cansado... pero la mente empieza a correr.

Empezamos a repasar conversaciones, problemas, cuentas, enfermedades, decisiones, personas que amamos, cosas que salieron mal o desafíos que todavía no sabemos cómo resolver.

A veces incluso logramos dormirnos, pero nos despertamos a las tres o cuatro de la mañana con la cabeza llena de pensamientos. O sentimos el cuello duro, la mandíbula apretada, los hombros tensos, el pecho cargado... porque nuestro cuerpo sigue intentando sostener preocupaciones que ya no puede resolver.

Y quiero decirte algo que aprendí con los años.
No todo problema se resuelve pensando más.
Hay situaciones que necesitan acción. Hay situaciones que necesitan tiempo. Y hay situaciones que necesitan fe.

Creo que una de las habilidades más importantes para construir paz mental es aprender a distinguir esas tres cosas.

🌿 Primero: lo que depende de mí.
➡️Depende de mí pedir perdón cuando me equivoqué.
➡️Depende de mí cuidar mi salud, alimentarme mejor, hacer el tratamiento que me indicó el médico, descansar cuando mi cuerpo lo necesita.
➡️Depende de mí estudiar, trabajar, enviar ese currículum, preparar esa entrevista, ordenar mis finanzas, poner límites sanos, llamar a alguien que extraño, pedir ayuda cuando la necesito.
➡️Depende de mí elegir cómo voy a responder frente a las dificultades.

No puedo controlar todo lo que me sucede, pero sí puedo decidir quién quiero ser frente a eso.

Ahí es donde vale la pena poner nuestra energía.

Porque preocuparnos no cambia la realidad.
Actuar, sí.

🌿 Segundo: lo que depende de los demás.

Hay personas que esperamos que cambien.
Esperamos que nos entiendan.
Que reconozcan lo que hicieron.
Que pidan perdón.
Que nos amen como nosotros necesitamos.
Que valoren todo lo que hicimos por ellas.
Pero la verdad es que no podemos controlar el corazón, la conciencia ni las decisiones de otra persona.
Podemos hablar.
Podemos expresar lo que sentimos.
Podemos poner límites.
Podemos alejarnos si una relación nos hace daño.
Pero no podemos vivir intentando manejar la libertad del otro.

Y cuando aceptamos eso, dejamos de cargar mochilas que nunca fueron nuestras.

🌿 Y tercero: lo que pertenece a Dios.
Hay cosas que escapan completamente de nuestras manos.
➡️Los tiempos.
El momento en que llega una oportunidad.
➡️El resultado final de un tratamiento.
➡️Que una puerta se abra o permanezca cerrada.
➡️Que una semilla que sembramos finalmente dé fruto.

Hay preguntas que hoy no tienen respuesta.
Hay caminos que todavía no entendemos.
Y ahí aparece la fe.
No como una garantía de que todo saldrá exactamente como queremos.
Sino como la confianza de que, aun cuando no comprendamos el camino, Dios sigue caminando con nosotros.

Muchas veces confundimos responsabilidad con control.

Somos responsables de sembrar.
Pero no de hacer crecer la semilla.
Somos responsables de amar.
Pero no de obligar a que nos amen.
Somos responsables de hacer nuestra parte.
El resto... pertenece a Dios.

📝 El ejercicio que hago muchas noches

Este es un ejercicio que hago muchas noches cuando siento ansiedad o cuando hay algo que no deja de dar vueltas en mi cabeza.

Tomo una hoja y la divido en tres columnas.

En la primera escribo:

"Lo que depende de mí."
Y anoto todas las acciones concretas que puedo hacer mañana.

En la segunda escribo:
"Lo que depende de los demás."
Y allí dejo las decisiones que pertenecen a otras personas.
No intento resolverlas.
Solo reconozco que no me corresponden.

Y en la tercera escribo:
"Lo que pongo en manos de Dios."
Ahí escribo mis miedos.
Mis incertidumbres.
Mis preguntas sin respuesta.
Las situaciones que hoy no puedo cambiar.

Y cuando termino, hago una oración muy sencilla.

"Señor, dame la sabiduría para hacer lo que depende de mí, la serenidad para aceptar lo que no puedo controlar y la confianza para entregarte aquello que solo Vos podés sostener." 🙏
Después cierro el cuaderno.
No porque todos los problemas hayan desaparecido.
Sino porque yo también necesito descansar.

Porque Dios puede seguir obrando mientras yo duermo.
Y porque mañana voy a necesitar fuerzas para ocuparme de aquello que sí depende de mí.

A muchos de nosotros nadie nos enseñó estas herramientas.
No estaban en la escuela.
No venían con un manual para vivir.
Las fuimos aprendiendo a lo largo del camino, muchas veces después de haber sufrido.

Y si esta reflexión puede regalarte un poco más de paz esta noche, entonces habrá cumplido su propósito.

☕💛 Antes de despedirme, quiero agradecer de todo corazón a cada persona que colabora con un Cafecito, a quienes dejan un comentario, comparten los videos, les regalan un "Me gusta" o simplemente están presentes acompañándome cada día.

🙏Gracias por sostener este espacio. Gracias por hacer posible que estos mensajes lleguen a más personas que quizás hoy también necesitan un poco de esperanza.

🌙 Ahora sí... apagá por un momento el ruido del día.
Respirá profundo.
Hacé tu parte.
Soltá la que no te corresponde.
Y confiá en que Dios sostendrá aquello que hoy no podés sostener vos.

Que tengas una noche de verdadero descanso, con el corazón en paz y la esperanza renovada.

Con muchísimo cariño,
Nati – Sanando con Nati 🌿💙🙏☕✨
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⚽ Creer hasta el final: la enseñanza que Argentina nos dejó en solo 13 minutos ⚽

Aunque no soy una fanática del fútbol, cada Mundial tiene algo especial. Nos reúne, nos emociona y, muchas veces, nos deja enseñanzas que van mucho más allá de un partido.

El martes me pasó exactamente eso. Faltaban apenas 13 minutos para terminar el encuentro. Argentina perdía 2 a 0 frente a Egipto. Además, Messi había errado un penal. Sinceramente, pensé que ya estaba todo perdido.

Pero pasó algo. No sé qué se dijeron entre ellos. No sé si la pausa de hidratación cambió el aire del partido o si alguien encontró las palabras justas. Lo que sí sé es que, de un momento a otro, algo cambió. Cambió la actitud.
Cambió la mentalidad.

Y cuando cambia la manera de pensar, muchas veces empieza a cambiar también el resultado.

De repente aparecieron las jugadas que antes no salían. Volvió la confianza. El equipo empezó a creer otra vez. Y, en apenas 13 minutos, Argentina convirtió tres goles y dio vuelta un partido que parecía imposible.

Mientras veía esa remontada, no podía dejar de pensar en nuestra propia vida.
Porque las enseñanzas de este partido van mucho más allá del fútbol.

La primera enseñanza es creer hasta el final. Mientras el árbitro no marque el final, el partido todavía puede cambiar.
Y creo que en la vida pasa exactamente lo mismo.

También me quedé pensando en algo más. ¿Cómo no se te va a venir abajo el ánimo cuando faltan menos de quince minutos, vas perdiendo 2 a 0 y, además, el mejor jugador del mundo acaba de errar un penal? Cualquiera podría pensar: "Ya está. Hoy no es nuestro día."Y eso también nos pasa a nosotros.
Un problema detrás de otro. Un proyecto que no sale. Una puerta que se cierra. Un intento que fracasa. Y, casi sin darnos cuenta, empezamos a perder la confianza. Sentimos que ya no vale la pena seguir intentando.

Pero este partido demostró algo muy importante. No cambió primero el resultado. Cambió primero la actitud.
Y cuando cambió la actitud, cambió el partido. Creo que muchas veces el verdadero partido se juega en nuestra mente. Si cambia nuestra manera de pensar, cambian nuestras decisiones.
Si cambian nuestras decisiones, cambian nuestras acciones. Y cuando cambian nuestras acciones, muchas veces termina cambiando nuestra historia.

Pero hubo otra enseñanza que me pareció igual de importante. Nadie dio vuelta ese partido solo. Ni el jugador que hizo el primer gol. Ni el que hizo el segundo. Ni el que hizo el tercero. Lo dieron vuelta como equipo. Y creo que esa también es una enorme lección para la vida. Muchas veces queremos resolver todo solos. Salir adelante solos. Levantar un emprendimiento solos. Atravesar una enfermedad solos.
Cargar una tristeza solos. Y la vida nos recuerda, una y otra vez, que no fuimos creados para caminar en soledad. Todos necesitamos un equipo. Y un equipo no tiene por qué ser un plantel de fútbol.
Puede ser tu familia. Ese amigo que siempre está cuando lo necesitás. Tu pareja. Tus hijos. Tus compañeros de trabajo. Las personas que creen en vos cuando a vos te cuesta creer. Quienes te escuchan, te abrazan y te dicen: "Seguí", cuando sentís ganas de abandonar. Apoyarte en los demás no es un signo de debilidad. Es un acto de sabiduría.

Otra enseñanza me la dejó Messi.
Es un jugador que ya ganó prácticamente todo lo que un futbolista puede soñar. Sin embargo, lo vi correr, luchar, insistir y seguir intentándolo incluso después de haber errado un penal. Eso también habla de grandeza.
Porque no es el error lo que define a una persona. Lo que realmente la define es lo que hace después del error.
Messi podría haberse quedado atrapado en ese penal fallado. Sin embargo, eligió seguir jugando, seguir luchando y seguir aportando al equipo.
¡Qué gran enseñanza para todos nosotros!

Como creyente, además, pienso en algo muy importante. Hay momentos en los que nosotros creemos que todo está perdido, pero Dios todavía no escribió el último capítulo. Tal vez hoy estés viviendo un momento difícil. Quizás sentís que vas perdiendo por dos goles.
Quizás un proyecto no salió. Una puerta se cerró. Una ilusión se rompió. Pero mientras haya vida, hay esperanza. Mientras el partido no termine, todavía puede pasar algo extraordinario. No dejes que una derrota momentánea defina tu destino. No dejes que un error te haga olvidar todo lo que todavía sos capaz de lograr.

A veces, el cambio que tanto esperamos afuera comienza con un cambio adentro. Cuando cambia nuestra manera de pensar, cambian nuestras decisiones. Cuando cambian nuestras decisiones, cambian nuestras acciones. Y cuando cambian nuestras acciones, puede cambiar nuestra historia. Puede cambiar nuestra vida. Creé hasta el final. Apoyate en tu equipo. Y dejá que Dios juegue con vos el resto del partido. 🙏⚽

Gracias por leerme hasta el final. 🤍
Y gracias, de corazón, a cada persona que me invita un Cafecito. ☕ Con ese gesto tan sencillo me ayudan a seguir construyendo este sueño de escribir, compartir reflexiones y sembrar esperanza. Así como ningún partido se gana solo, este proyecto tampoco sería posible sin ustedes. Son parte de ese equipo que me anima a seguir adelante cada día.

Con cariño,

Nati – Sanando con Nati 🌿
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✨ La historia del arquero de Cabo Verde que inspiró este cafecito ☕️

Soy argentina y, como muchos de ustedes, estoy siguiendo los partidos de nuestra Selección. 🇦🇷

Les confieso algo: no soy una gran fanática del fútbol. Me engancho especialmente cuando llega un Mundial, porque siento que nos une como país y es lindo compartir esa emoción.

El partido contra Cabo Verde me tuvo bastante nerviosa. Más de una vez estábamos diciendo: "¡Que termine el partido!" 😅 Y gran parte de esa sensación tuvo un protagonista: el arquero de Cabo Verde, Vozinha.

Atajó una y otra vez. Parecía que la pelota no quería entrar. Argentina tuvo muchísimas situaciones de gol y él las frenaba una tras otra. Para mí fue una de las grandes figuras del partido. 🧤⚽

Pero hubo algo que me llamó todavía más la atención que sus atajadas.

Después de uno de los goles de Argentina, tuvo la humildad de aplaudir la definición del jugador argentino. Me sorprendió ese gesto. En un deporte tan competitivo, donde las emociones están a flor de piel, me pareció una muestra de grandeza reconocer el mérito del otro.

Y también me llamó la atención la actitud de todo el equipo de Cabo Verde. Nunca bajaron los brazos. Fueron siempre al frente, con una entrega admirable, aun sabiendo que enfrente tenían a una de las selecciones más fuertes del mundo.

Después del partido empecé a ver las coberturas de los periodistas argentinos y también me aparecieron varios videos contando la historia de vida de ese arquero.

Y ahí fue cuando me quedé pensando...

Antes de vivir del fútbol trabajó como electricista para poder mantenerse mientras seguía persiguiendo su sueño.

¿Y saben qué sentí?

Que esa historia no habla solamente de fútbol.

Habla de millones de personas que, todos los días, trabajan para pagar las cuentas mientras siguen construyendo aquello que aman.

Me sentí muy identificada.

Durante mucho tiempo llevo teniendo un trabajo que paga las cuentas mientras construyo este sueño de escribir y crear contenido que pudiera acompañar, inspirar y llevar esperanza a otras personas. Más de una vez dudé si algún día sería posible vivir de esto. Y, sin embargo, acá sigo.

Creo que muchos de ustedes también están viviendo algo parecido.

Tal vez trabajan ocho o diez horas por día, pero cuando llegan a su casa y construyen su emprendimiento, pintan, estudian, cocinan, hacen artesanías, dan clases, cantan, crean contenido o empiezan ese proyecto que hace latir su corazón. ❤️

A veces sentimos que vamo demasiado lento.

Que ya es tarde.

Que otros tuvieron más oportunidades.

Pero historias como la de Vozinha nos recuerdan que nunca sabemos cuándo llegará ese momento que puede cambiarlo todo.

Y, para quienes tenemos fe, hay algo aún más importante.

Dios no pone sueños en nuestro corazón para burlarse de nosotros.

Muchas veces el camino es largo porque también nos está preparando.

Preparando nuestro carácter.

Nuestra paciencia.

Nuestra humildad.

Nuestra fortaleza.

Quizás hoy todavía estés en la etapa de trabajar para sostener tu sueño.

Y está bien.

No dejes de caminar.

No dejes de aprender.

No dejes de creer.

Porque nunca sabés cuándo Dios abrirá la puerta que llevás tanto tiempo esperando. 🙏✨

Si llegaste hasta acá, gracias por regalarme unos minutos de tu tiempo. 💛

Y quiero agradecer especialmente a cada persona que elige invitarme un Cafecito. ☕ Cada aporte, por pequeño que parezca, me ayuda a seguir construyendo este sueño que tanto amo: escribir, investigar historias que inspiran y crear contenido que acompañe a quienes más lo necesitan.

Como Vozinha, yo también sigo recorriendo mi camino. Hoy todavía tengo otro trabajo que sostiene mis responsabilidades, mientras continúo sembrando este sueño con paciencia, esfuerzo y mucha fe. Y sobre todo feliz por hacer lo que amo.

Gracias por caminar conmigo. Que Dios bendiga profundamente tu vida y también los sueños que puso en tu corazón. 🤍

Con cariño,

Nati – Sanando con Nati 🌿
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☕ El arte de irse a tiempo

☕ El arte de irse a tiempo

Nadie piensa en hacer un cambio importante porque sí.

Antes de tomar una decisión, generalmente pasa mucho tiempo sintiendo que algo ya no está bien.

Te levantás sin ganas.

Vivís cansado, aunque hayas dormido.

Sentís un nudo en el pecho cada domingo antes de empezar la semana.

O notás que hace mucho tiempo dejaste de disfrutar algo que antes te hacía feliz.

Estás en piloto automático y nada parece motivarte.

Aparecen emociones que no nos gustan Los tanto, y no lo hacen para molestarnos. Aparecen para traernos información sobre nosotros mismos. Nos muestran que hay una necesidad que no está siendo escuchada, un límite que no estamos poniendo o un cambio que hace tiempo venimos postergando.

Y cuando empezamos a escuchar esa incomodidad, la mente hace lo que mejor sabe hacer.

Empieza a negociar con el miedo.

Se aferra con uñas y dientes a lo conocido, aunque ya no nos haga bien.

Se pelea con la incertidumbre.

Entonces aparecen esas preguntas:

¿Y si dejo este trabajo y después no tengo cómo pagar las cuentas?

¿Y si termino esta relación y me quedo sola?

¿Y si renuncio a este proyecto y después descubro que me equivoqué?

¿Y si dejo esta ciudad y nunca logro sentirme en casa en otro lugar?

Pasamos horas pensando en todo lo que podríamos perder si nos vamos.

Pero casi nunca nos hacemos una pregunta mucho más importante.

¿Qué precio estoy pagando por seguir donde estoy?

Porque tal vez, por no perder un sueldo, estás perdiendo la salud, el descanso y las ganas de vivir.

Por no perder una relación, estás perdiendo tu tranquilidad, tu autoestima y la libertad de ser quien realmente sos.

Por no perder una amistad, estás aprendiendo a aceptar destratos que jamás deberían volverse normales.

Por no perder la seguridad de lo conocido, estás perdiendo oportunidades que podrían cambiar tu vida.

Y esas pérdidas tienen algo en común: suceden en silencio.

No ocurren de un día para el otro.

Se acumulan.

Un poco menos de energía.

Un poco menos de ilusión.

Un poco menos de vos.

Con los años entendí que irse a tiempo no siempre significa cerrar una puerta e irse de un lugar.

A veces significa irse de una discusión que no lleva a ningún lado.

Irse de una relación donde hace tiempo dejaste de sentirte querido.

Irse de un trabajo que todos los días te enferma un poco.

Irse de una amistad que dejó de ser recíproca.

Irse de la culpa por un error que ya no podés cambiar.

Irse de la necesidad de demostrar permanentemente cuánto valés.

E incluso, irse de esos pensamientos que todos los días te recuerdan tus miedos, pero nunca tus fortalezas.

Porque también existen lugares internos donde dejamos de estar en paz.

Hoy creo que una de las decisiones más difíciles no es aprender a irse.

Es reconocer cuándo el precio de quedarse ya es demasiado alto.

💛 Gracias por compartir este Cafecito conmigo. Y gracias, de corazón, a cada persona que elige sostener este espacio con un cafecito. Su apoyo no solo hace posible que pueda seguir escribiendo; también me recuerda, cada día, que del otro lado hay personas que encuentran compañía, alivio o una nueva manera de mirar su propia vida.

Y ahora quiero leerte.

¿Hay algún lugar —por fuera o por dentro— del que sentís que ya es momento de irte?
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