Un Daltónico entre hermanos de la vida, Río Mayo, marzo de 2025.
En 1990, cuando yo estaba naciendo, muchos pibes, con 18 o 19 años recién cumplidos, dejaron su casa sin saber muy bien a dónde iban. De golpe, el Servicio Militar los llevó más de 2.000 kilómetros al sur, hasta Río Mayo, un lugar donde el viento es filo, las calles son de tierra y las emociones parecen quedar congeladas en el tiempo. Algunos nunca habían subido a un avión. Otros, ni siquiera se habían despedido de sus viejos.
Treinta y cinco años después, 8 de esos mismos pibes —hoy hombres con hijos, canas, nietos y algunas cicatrices bien llevadas— se reencontraron en el mismo lugar que los vio formarse, marchar y abrigarse entre sí. Esta vez además de los borcegos y el uniforme hechos para la ocasión, traían mochilas cargadas de historias, abrazos pendientes y una certeza compartida: el tiempo no pudo romper lo que allá se forjó.
Yo llegué a ese reencuentro por azar. O por esos guiños que te hace el camino cuando estás atento. Me invitaron a compartir una comida, una charla, unos mates. Y sin darme cuenta, me vi rodeado de relatos de colimba, de recuerdos entre risas, anécdotas que volvían del fondo del pecho, y silencios que decían más que las palabras.
Fernando fue uno de los primeros que se animó a hablarme. Hoy es camionero, pero en sus ojos todavía hay algo de aquel chico que, durante la instrucción, recibió la peor noticia: su papá estaba muriendo. Y él, cumpliendo con su deber, no sabía si llegaría a tiempo. Horacio, su superior en aquel entonces, no lo dudó. Intercedió y consiguió el permiso para que Fernando pueda viajar. Treinta años después, ese gesto todavía lo emociona. “Eso no se olvida nunca”, me dijo, con los ojos brillosos. Y yo, que solo estaba ahí escuchando, sentí que algo se me apretaba adentro.
“Eso es camaradería —agregó Fernando—. El verdadero amor entre los hombres”.
Y esa frase se me quedó dando vueltas. Porque era exactamente eso lo que se respiraba entre ellos: amor. Del bueno. Del que se construye en la intemperie, cuando tenés frío, miedo o bronca, y el otro está ahí, al lado tuyo, pasando lo mismo.
Juan, hoy comerciante, me contó lo difícil que fue subirse al camión sin poder despedirse de su papá. “No sabía si lo iba a volver a ver… ni siquiera pude explicarle”. La colimba, me dijo, le sacó la timidez. “Lo que más me duele es no recordar más. Pero estos chicos… estos chicos son hermanos de otro nivel”.
Daniel, que ahora tatúa, recordó su primer vuelo en un Hércules: el miedo, el aleteo del ala, el estómago en la garganta. Y después, la instrucción: el frío, el hambre, el desarraigo. “Parecía una cárcel, pero salí fortalecido. Estoy orgulloso de haber servido. Y más aún de haberme encontrado con estos locos que hoy son mis amigos”.
Fabián, instructor de taekwondo, dice que volvió al deporte como quien vuelve a casa. “La colimba me enseñó valores, disciplina. Y me dio estos hermanos”.
Cristian, que no pidió prórroga cuando todos sí lo hicieron, me dijo con una sonrisa simple y profunda: “Yo quería encontrar a mis hermanos de la vida. Y los encontré”.
Luis, ex policía, recordó que sopló una vela por primera vez a los 26 años. Hoy, celebra cada reencuentro como si fuera un cumpleaños mientras lucha contra una enfermedad con una entereza que inspira.
También se encontraban Diego, que hoy es síndico de un sindicato de carteros y defiende con capa y espada a sus compañeros y Alberto, que viene de familia de ceramistas pero se dedica a la informática.
Párrafo a parte para Horacio, aquel subteniente al que hoy quieren como uno más del grupo que todavía se sorprende cuando descubre cosas que no sabía de aquellos tiempos, ni de su incidencia en la vida de estos hermanos.
Y así, uno a uno, fueron dibujando en el aire los recuerdos que los marcaron. El Hércules en el que viajaron. Las noches de guardia a menos de cero grados. El sargento que gritaba más fuerte que el viento. Las cartas que no llegaban. La igualdad entre todos, porque allá adentro no importaba quién eras ni cuánto tenías: todos eran colimbas.
Y todos, sin decirlo, sabían que lo más fuerte no fue la instrucción ni las marchas. Fue lo que quedó después: esa hermandad que los años no pudieron borrar. Esa complicidad sin palabras. Ese amor entre hombres que no necesita explicarse.
A veces me sentí un intruso, un testigo privilegiado de una historia que no viví. Pero me invitaron a sentarme a la mesa, a cebar mate, a escuchar. Y en esa escucha descubrí algo valioso: que hay vínculos que nacen en la dureza, pero crecen con ternura. Que hay historias que merecen ser contadas, porque en ellas se esconde lo mejor de nosotros: la capacidad de cuidarnos, de estar, de no olvidar.
Río Mayo fue testigo de todo eso. Y yo, un daltónico en el camino, me fui con los colores bien grabados en el alma.
Porque la hermandad, cuando es verdadera, no se desteje. Se vuelve parte del cuerpo. Se hace carne. Se hace historia.
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