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ISABEL - COCINA AL DISCO

José Luis nunca imaginó que su destino estaría en el sur del mundo. Nació en Tornquist, creció entre los paisajes serranos y luego partió a Buenos Aires a estudiar y trabajar. Allí, en la gran ciudad, aprendió los secretos de la panadería y la cocina, y con cada nuevo plato crecía su deseo de explorar el mundo.
Europa parecía ser el próximo paso, pero el destino tenía otros planes. Su hermano le habló de las oportunidades en la Patagonia, y así, en el año 2003, José Luis llegó a El Calafate para hacer temporada. Lo que comenzó como una aventura temporal se convirtió en su hogar.
Por aquellos años, El Calafate era un pueblo en pleno auge, con trabajo de sobra y oportunidades para quienes quisieran quedarse. Su primer empleo fue en la estancia ‘El Galpón del Glaciar’, donde cocinaba meriendas para 300 personas al día. Fue en ese lugar donde conoció a la madre de sus dos primeros hijos, y juntos decidieron mudarse al pueblo en busca de nuevas oportunidades.
Fue entonces cuando José Luis comenzó a trabajar en la cocina de un hotel, donde su jefe de cocina sería, sin saberlo, su futuro socio.
En 2008, la crisis económica golpeó fuerte en Europa y también se sintió en El Calafate. La oferta laboral comenzó a reducirse y José Luis, junto con su socio, decidieron emprender.
Ambos tenían claro que querían ofrecer algo auténtico, tradicional y que promoviera el encuentro. Fue entonces cuando vieron en el disco de arado la oportunidad perfecta: un método de cocina profundamente argentino, distinto de la parrilla y con un concepto de compartir en el centro de la experiencia.
Para dar sus primeros pasos, se asociaron con un hostel, donde se encargaron de la cocina y comenzaron a dar forma al concepto de Isabel Cocina al Disco.
El éxito fue casi inmediato. El boca a boca convirtió a Isabel en un lugar de referencia, lo que los llevó a expandirse, primero con una sucursal en El Chaltén, que duró un poco más de dos años, y luego con dos locales simultáneos en El Calafate.
Sin embargo, los desafíos nunca faltaron. El dueño del hostel decidió quedarse con la cocina, lo que los obligó a mudarse. Luego, el local de la esquina donde estuvieron varios años fue vendido, y nuevamente tuvieron que buscar una nueva casa.
En 2023, Isabel encontró un nuevo hogar en un salón junto al Camping Municipal. El desafío era enorme: reformar por completo el lugar y trasladar la esencia de Isabel a una nueva dirección.
El 31 de mayo cerraron su antigua ubicación y, con esfuerzo y pasión, volvieron a abrir las puertas el 1 de octubre.
Hoy, Isabel sigue siendo un refugio para viajeros, una cocina que une historias y una invitación a compartir lo mejor de la gastronomía argentina.
El nombre rinde homenaje a una de las grandes figuras del cine argentino: Isabel "La Coca" Sarli. Una mujer icónica, fuerte y con un sello inconfundible, justo como la cocina que lleva su nombre.
"Las historias como la de José Luis y su equipo nos inspiran. Isabel Cocina al Disco es mucho más que un restaurante: es un viaje a la tradición, un sueño cocinado a fuego lento y un sabor que se queda en la memoria. Por eso, esta historia forma parte de 'Un daltónico en el camino'."
📍 Si pasás por El Calafate, viví la experiencia de Isabel Cocina al Disco y descubrí el arte del buen comer
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LA OTRA CARA DEL SERVICIO MILITAR

Un Daltónico entre hermanos de la vida, Río Mayo, marzo de 2025.
En 1990, cuando yo estaba naciendo, muchos pibes, con 18 o 19 años recién cumplidos, dejaron su casa sin saber muy bien a dónde iban. De golpe, el Servicio Militar los llevó más de 2.000 kilómetros al sur, hasta Río Mayo, un lugar donde el viento es filo, las calles son de tierra y las emociones parecen quedar congeladas en el tiempo. Algunos nunca habían subido a un avión. Otros, ni siquiera se habían despedido de sus viejos.
Treinta y cinco años después, 8 de esos mismos pibes —hoy hombres con hijos, canas, nietos y algunas cicatrices bien llevadas— se reencontraron en el mismo lugar que los vio formarse, marchar y abrigarse entre sí. Esta vez además de los borcegos y el uniforme hechos para la ocasión, traían mochilas cargadas de historias, abrazos pendientes y una certeza compartida: el tiempo no pudo romper lo que allá se forjó.
Yo llegué a ese reencuentro por azar. O por esos guiños que te hace el camino cuando estás atento. Me invitaron a compartir una comida, una charla, unos mates. Y sin darme cuenta, me vi rodeado de relatos de colimba, de recuerdos entre risas, anécdotas que volvían del fondo del pecho, y silencios que decían más que las palabras.
Fernando fue uno de los primeros que se animó a hablarme. Hoy es camionero, pero en sus ojos todavía hay algo de aquel chico que, durante la instrucción, recibió la peor noticia: su papá estaba muriendo. Y él, cumpliendo con su deber, no sabía si llegaría a tiempo. Horacio, su superior en aquel entonces, no lo dudó. Intercedió y consiguió el permiso para que Fernando pueda viajar. Treinta años después, ese gesto todavía lo emociona. “Eso no se olvida nunca”, me dijo, con los ojos brillosos. Y yo, que solo estaba ahí escuchando, sentí que algo se me apretaba adentro.
“Eso es camaradería —agregó Fernando—. El verdadero amor entre los hombres”.
Y esa frase se me quedó dando vueltas. Porque era exactamente eso lo que se respiraba entre ellos: amor. Del bueno. Del que se construye en la intemperie, cuando tenés frío, miedo o bronca, y el otro está ahí, al lado tuyo, pasando lo mismo.
Juan, hoy comerciante, me contó lo difícil que fue subirse al camión sin poder despedirse de su papá. “No sabía si lo iba a volver a ver… ni siquiera pude explicarle”. La colimba, me dijo, le sacó la timidez. “Lo que más me duele es no recordar más. Pero estos chicos… estos chicos son hermanos de otro nivel”.
Daniel, que ahora tatúa, recordó su primer vuelo en un Hércules: el miedo, el aleteo del ala, el estómago en la garganta. Y después, la instrucción: el frío, el hambre, el desarraigo. “Parecía una cárcel, pero salí fortalecido. Estoy orgulloso de haber servido. Y más aún de haberme encontrado con estos locos que hoy son mis amigos”.
Fabián, instructor de taekwondo, dice que volvió al deporte como quien vuelve a casa. “La colimba me enseñó valores, disciplina. Y me dio estos hermanos”.
Cristian, que no pidió prórroga cuando todos sí lo hicieron, me dijo con una sonrisa simple y profunda: “Yo quería encontrar a mis hermanos de la vida. Y los encontré”.
Luis, ex policía, recordó que sopló una vela por primera vez a los 26 años. Hoy, celebra cada reencuentro como si fuera un cumpleaños mientras lucha contra una enfermedad con una entereza que inspira.
También se encontraban Diego, que hoy es síndico de un sindicato de carteros y defiende con capa y espada a sus compañeros y Alberto, que viene de familia de ceramistas pero se dedica a la informática.
Párrafo a parte para Horacio, aquel subteniente al que hoy quieren como uno más del grupo que todavía se sorprende cuando descubre cosas que no sabía de aquellos tiempos, ni de su incidencia en la vida de estos hermanos.
Y así, uno a uno, fueron dibujando en el aire los recuerdos que los marcaron. El Hércules en el que viajaron. Las noches de guardia a menos de cero grados. El sargento que gritaba más fuerte que el viento. Las cartas que no llegaban. La igualdad entre todos, porque allá adentro no importaba quién eras ni cuánto tenías: todos eran colimbas.
Y todos, sin decirlo, sabían que lo más fuerte no fue la instrucción ni las marchas. Fue lo que quedó después: esa hermandad que los años no pudieron borrar. Esa complicidad sin palabras. Ese amor entre hombres que no necesita explicarse.
A veces me sentí un intruso, un testigo privilegiado de una historia que no viví. Pero me invitaron a sentarme a la mesa, a cebar mate, a escuchar. Y en esa escucha descubrí algo valioso: que hay vínculos que nacen en la dureza, pero crecen con ternura. Que hay historias que merecen ser contadas, porque en ellas se esconde lo mejor de nosotros: la capacidad de cuidarnos, de estar, de no olvidar.
Río Mayo fue testigo de todo eso. Y yo, un daltónico en el camino, me fui con los colores bien grabados en el alma.
Porque la hermandad, cuando es verdadera, no se desteje. Se vuelve parte del cuerpo. Se hace carne. Se hace historia.
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EL NOMBRE

La idea del nombre nació en el Camping público del lago Espejo, vinimos a acampar y estamos pasando un hermoso día. Este lugar tiene un significado especial para mi. Fue aquí que en Octubre del 2019 cuando uní Villa La Angostura con San Martin de los Andes en bicicleta, hice mi primer parada. Aquel día conocí un muchacho brasilero que venía desde Brasil e iba hasta Ushuaia en bicicleta. Me impresionó su determinación, su libertad. Algo de él, se quedó conmigo para siempre.
Ser daltónico es pintar un árbol verde el tronco y marrón la copa y no entender el por que del regaño de las maestras ni las burlas de los compañeros. Pero con el tiempo aprendí que ese daltonismo va mas allá de los colores. Porque ser daltónico también es una forma de mirar el mundo. Aprendí que cada quien ve la via desde sus propios matices y que no podemos juzgar la mirada de los demás porque nunca sabremos con exactitud que es lo que ellos ven. Hoy, en este camino elijo mirar la vida con esa misma perspectiva, porque al final, todos somos un poco daltónicos de alguna manera.

Ale - Un daltónico en el camino
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🌍 Proyecto “La Venezia”

🌍 La Venezia: estudio rodante, cocina creativa y espacio de encuentro
Este proyecto es una de las ramas más soñadas de Un daltónico en el camino. Una casa rodante convertida en cocina móvil, estudio de grabación y refugio creativo. (https://cafecito.app/undaltonico/post/un-daltnico-en-el-camino--el-proyecto-que-me-trajo-hasta-ac-utfnhC53Yd) Un espacio que se mueve, que escucha, que graba, que cocina, que comparte.

¿Por qué La Venezia?
Porque quiero recorrer Argentina y América Latina cocinando, grabando, escribiendo y sobre todo: encontrándome con personas, historias, sabores y paisajes. Quiero que la ruta se convierta en una serie, en talleres, en recetas vivas, en fogones compartidos.

🎯 ¿Qué haremos con La Venezia?
Grabar historias de vida, migraciones, saberes, oficios.

Cocinar recetas con personas de cada región y documentarlas.

Armar encuentros: cenas abiertas, talleres, ferias itinerantes.

Ofrecer servicios de marketing narrativo para hostales, ferias y emprendimientos.

🚐 ¿Qué tendrá La Venezia?
🔸 Estudio de grabación y edición
🔸 Espacio convertible para dormir, escribir, grabar
🔸 Cocina desmontable equipada para cocinar para 30 personas
🔸 Carpa exterior, mesada, bacha, parrilla, disco y todo lo necesario para compartir sabores
🔸 Sistema solar y autonomía para estar en movimiento

🌀 ¿Cómo podés colaborar?
Invitando a La Venezia a cocinar en tu espacio

Difundiendo este proyecto

Comprando libritos, calcos, experiencias o aportando un cafecito ☕

Sumándote como voluntari@, artista, editor/a, cociner@, etc.

📍 Próximos pasos
Ya estamos grabando el primer piloto de la serie con voluntarios del hostal. Y ahora viene lo importante: adquirir y acondicionar la casa rodante.

Si querés formar parte desde el inicio, esta es la oportunidad de apoyar este sueño con propósito.
Gracias por estar del otro lado 💛

✨ Viajar con propósito es cocinar, grabar y construir algo que nos una más allá del mapa.
— Ale Caporicci, Un daltónico en el camino

¿Querés sumar tu cafecito para poner a rodar este proyecto?
🛠️ ¿Tenés una mano que ofrecer, un oficio que compartir o una historia para contar?
🍲 ¿Te imaginás cocinando con nosotros en tu ciudad o pueblo?

💌 ¡Escribime y lo hacemos posible!

🔹 Quiero colaborar
🔹 Quiero que cocinen en mi lugar
🔹 Quiero ser parte
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UN DALTÓNICO EN EL CAMINO - El proyecto que me trajo hasta acá!

Un daltónico en el camino es más que un viaje.
Es un proyecto de exploración cultural, social y personal que busca conectar historias, personas y saberes. A través de la gastronomía, el arte, la escritura y el encuentro humano, intento reflejar una mirada distinta sobre la diversidad y las oportunidades que surgen cuando abrimos nuestras mentes y corazones.

¿Qué busco con este proyecto?
✨ Conectar historias y culturas: contar relatos reales de personas, comunidades y saberes locales.

💰 Generar ingresos sostenibles: vendiendo productos artesanales, dando talleres de Ikigai y creando contenido.

🧩 Ser un puente entre emprendedores: vincular productores con nuevos canales de venta.

🌱 Inspirar y motivar: compartiendo reflexiones y aventuras para alentar a otros a seguir su propio camino.

🌍 Ejes principales del viaje
📖 1. Narrativas en movimiento
Crónicas, videos, podcast e historias recogidas en cada pueblo, ciudad y rincón que visito.

🌀 2. Taller de Ikigai
Una propuesta hermosa que llevo a plazas o ferias: invitar a descubrir el propósito de vida con un librito autocompletable que creé especialmente para eso.

🍲 3. Productos gastronómicos
Elaboro y vendo productos caseros: dulces, alfajores, empanadas y platos que me enseñan en el camino. Cada receta tiene una historia.

🧵 4. Conectar productores con vendedores
En cada lugar, identifico pequeños emprendimientos y trato de conectarlos con quienes pueden hacer circular sus productos.

📣 ¿Cómo comparto esto?
En redes sociales: Reels, historias, relatos escritos.

En encuentros: voluntariados, ferias, plazas, talleres.

En Cafecito: reflexiones, relatos, avances de proyectos, libros, podcast.

🚀 ¿Cómo se sostiene?
Con tu colaboración desde este Cafecito ☕

Con la venta de productos y contenido exclusivo.

Con la ayuda de mami y papi.

Con alianzas con proyectos y espacios que me abren las puertas.

🌈 ¿Qué viene ahora?
Estoy planificando La Venezia: una casa rodante que será estudio, cocina y hogar móvil para recorrer Argentina.
Un espacio para crear, grabar y compartir en tiempo real lo que sucede en el camino. Ya podés leer el proyecto en este mismo perfil. https://cafecito.app/undaltonico/post/-proyecto-la-venezia-lpThtl8JDj

Gracias por estar del otro lado.
Gracias por cada mensaje, cada idea, cada cafecito.
Seguimos andando…

¿Me acompañás?
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