Ver Hotel Transilvania en continuado, una tarde ventosa en la cabañita necochense.
Verla sólo para verte reír como un chico exultante, a carcajadas, gozando con asombro a pesar de haberla visto como cinco veces.
La forma en que asentás el mate, sorbiendo lentamente, entregando un pase cada diez minutos.
La forma en que desayunás con hambre de mendigo, desplegando tostadas, medialunas calientes, galletitas, café, yogurcito, manteca, queso y el infaltable dulce de leche.
Las veces que me interrumpís cualquier acción mundana que esté acometiendo concentradísima con un “te amo” o un “qué hermosa que sos”.
La manera tierna y bestial a la vez en que buscás mi cuerpo desnudo por las noches, mientras dormimos y me envolvés con tus piernas largas y suaves, como tenazas sedientas de tacto, de piel, de la mayor cercanía posible.
Cuando de la nada me tomás la mano mientras manejás y me besás los dedos con un amor que me emociona todo el viaje.
Yo, malquerida y desconfiada, me vengo chúcara ante este amor tsunami. Muchas de las costumbres aquí narradas bordean mi irritación, de hecho. Pero es tanto el amor genuino que recibo, sin máscaras, así, brutalmente escorpiano por honesto y desmesurado, que lo tomo en mis brazos llorando de alegría, como una niña acuna su muñeca nueva en la mañana de Reyes.
Yo, que en el amor, había dejado de poner pastito y agua hace rato, creyendo que mis zapatos no servían de pronto vuelvo a creer en la magia de los astros y siento que una estrellita nos guía en medio de tanta oscuridad.
Una noche de noviembre de 2021, atiborrada de estrellas, en lo más alto de Tafí del Valle, cayó una luz radiante a la que le pedí con una claridad supina: “Quiero un hombre que se ame a sí mismo y esté en camino de sanación”.
Quién sabe, tal vez aquella lucecita impulsó este milagro de amor que hoy nos sostiene de ambos lados, como un amoroso puente.
Podría decir aquí mismo que en realidad, el Amor son los Padres y estaría diciendo una gran verdad. Freud se haría una fiesta con esta aseveración.
Cuando creía que mis zapatos no eran aptos para ser retirados por las majestades, anduve noches descalza, montando en pelo a la vida, maldiciendo a los que creen, poniendo toda la fe en mí misma. Autocuidado, autoestima, automasaje, autoestímulo, autoboicot, autocontrol.
“Hágalo Usted misma”. Y lo hice. Y me autoconocí hasta el tuétano. Con horror, con dolor, con valentía, con culpa, con llanto. Mucho y a solas, conmigo. Hasta que el ave fénix alzó vuelo y desde arriba le hizo vaffanculo a la realeza, a los zapatos, a los padres y a la que fui cuando no me amaba lo suficiente.
Este amor del estribo es mi semilla al viento. He cuidado mi tierra, aré, desmalecé, regué. Este amor que crece y crece en cada beso nos da los frutos más sabrosos. Fruta madura que comemos de nuestras bocas sedientas y jugosas. Amor maduro. Sano y bien plantado. Lo cuidamos juntos. Lo saboreamos juntos. Libres y diferentes. Cómo lo gozamos, amor... Cómo lo gozamos.
V.M. (c)
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