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Victoria Morán

Escritura y literatura
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LA SILLA

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Me sentaré a esperarte en cada silla. Un ratito, entre el almuerzo y la siesta. O antes de dormir. No todo el tiempo, no todo el día. La vida urge. Tengo miedo de acomodarme presta y que no vengas, pero lo mismo me sentaré a esperarte en cada silla. Aposentando mis temores gordos aguardaré cantando a tu inapelable ausencia, empinando las puntas de mis pies contra el suelo. Todavía no llegás, amor cien veces dibujado por mis dedos en el aire, pero te espero. No sé tejer, como Penélope, pero me sentaré a esperarte en cada tarde. Mientras tanto, mientras venís andando con el sudor de mil batallas, yo misma le abriré las puertas y los brazos y las piernas a otros soldados de paso, que merecen caricias y saben darlas. No sé tejer, insisto, yo sé esperarte así. Vengo llegando tarde a la castidad, corazón mío. Al curso de dos agujas, también. Pero te espero obscenamente sentada, desnuda y leve, como el alba. Urge el amor, el de los mil colores. Aunque a veces un daltonismo emocional me asalte y no distinga entre verdes y azules. Yo te espero, amor intenso carmesí, pasión azabache. Entre la multitud que se desplaza como mancha de aceite estarán tus dos colores titilando para mí y los veré avanzar, iluminándome. Estás viniendo, lo sé. Una especie de medusa me nada en el estómago. Hay descargas eléctricas en mis rodillas y por las noches, escucho el canto de un tero que pasa hacia el este. Todo me parece una señal de tu inminente llegada. Una canción en la radio, un hilo negro que se me abroja al jeans, una mancha de tuco que vaticina tu perfil de moneda. De silla en silla por la casa, me sentaré a esperarte, mi Odiseo. A vos, que no sostuviste una espada en tu vida pero diste pelea en cada esquina de dolor que te dobló en la cara. Del otro lado del tiempo estás marchando a mi encuentro. En esta parte del mapa estoy sentada esperándote, con una cruz gigante pintada en el pecho. La espera se hace larga, mientras los caballeros entran y salen luciendo besos hilvanados con descuido. Tampoco sé coser, amor mío. Ni bordar. Yo sólo sé esperarte, sentadita. No todo el tiempo, no todo el día. No uso reloj pero cada minuto que pasa me estremece porque acerca tus pasos hacia mí. No te demores, mi bien, la vida es un chasquido. No te entretengas mucho en tu retorno, tomá atajos. Ya no somos criaturas, ahora coleccionamos cicatrices. Vení al galope largo, amado mío. Tengo sueño, me duermo aquí sentada. Todas las sillas son iguales a la hora de esperarte, menos la espera. La espera nunca es igual, porque el amor la alienta. Pero el amor, mi cielo, es veleidoso y a veces un poco absurdo, como la muerte. V.M. (c)
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