Como el curita aquél, unamunesco,
Miro en el lago la existencia misma.
Desnuda como Eva, frágil prisma
Me irradia el pensamiento novelesco.
Se rinde ante lo azul mi desconcierto,
Frente a tanta belleza revelada.
Extrañamente, no cuestiono nada:
Las manos mudas, el vigor despierto.
También soy lago azul en la postal
Envuelta en clara luz amanecida,
Sin embargo, en la hondura de mi vida
Yace expectante un pánico ancestral.
Nahuelitos de horror danzan hambrientos,
Mordiéndome la risa en un descuido,
Arrastrando mi espíritu aturdido
En la corriente atroz del desaliento.
Sobre las aguas mansas sopla el viento
La brisa del presente redimido.
Pero, ¡ay, con el ayer enrarecido!
¡Ay, con las brumas del presentimiento!
Algo me dice que esta vista añil
Se desvanece turbia lago adentro,
Huelo el agror de un fiel remordimiento
Acobardado en la memoria hostil.
Y como don Manuel, pienso en la Muerte
Y en el Amor, que es cruz de aquella cara,
Cuando de pronto un beso se dispara
Sobre mi espalda, que gira para verte.
Y son tus ojos dos lagos de lumbre,
Y son tus besos, los espantamiedos,
Cálices rojos en donde mis dedos
Mojan su sed de abierta mansedumbre.
Entonces el paisaje se agiganta
Cuando tu piel se encuentra con la mía.
¡Mi voz quiere cantar su algarabía!
¡Toda la dicha cabe en mi garganta!
Y ya no soy una mujer que canta,
Mirando el lago, ida de su mente.
Soy esta que se entrega mansamente:
La que en tus brazos sus males espanta.
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